Mi segunda comunión

por Mayra Nebril

Mi madre murió cuando yo tenía siete años. Recuerdo que a los dos días del entierro, en medio de las cajas con su ropa, sus cremas y sus zapatos, le pregunté a papá dónde se había ido mamá.
“Tal vez sea más fácil decirte que se fue al Cielo, pero no es verdad. No hay Infierno, ni Paraíso. La única vida que tenemos es hoy y acá. Lo demás son consuelos para bobos.”
Él necesitaba salvaguardar su descreimiento. Yo era el único presente para escuchar. Lo odié. Y por eso, de tanto en tanto le preguntaba dónde estaba mamá. Su fastidio aparecía primero en los dientes que le mordían el labio inferior. Luego, los orificios de la nariz se le agrandaban, como branquias de pez fuera del agua, para hacer una inspiración profunda y sonora antes de responder, con pequeños giros de matiz, lo mismo: “en tu recuerdo y en el mío”.

—No alcanza. ¿A vos te alcanza, papá?

No se bien con quién se enojaba pero, una vez que comenzaba a putear, sólo se calmaba encerrándose en su cuarto. Aullaba hasta que se le cascaba la voz. Antes de dormir gritaba: “¡No quiero hablar más por hoy! Hasta mañana”.
Me sentía culpable al provocar su ira, pero no podía dejar de hostigarlo.
El viejo resistía, se levantaba temprano, me preparaba el desayuno y, mientras me vestía, dejaba escapar un “perdoname. Té con leche y grisines con azúcar, para compensar.”

Mi abuela y mi tía empezaron a llevarme a la iglesia, y me enseñaron a rezar. Me regalaron un rosario de nácar, reliquia familiar que aprendí a ocultar de mi padre, atándolo a la primera tabla de la parrilla de mi cama. Después de sus exabruptos, principalmente cuando ponía en boca de mi madre su teoría de que uno es dueño de su destino, y que de grande se lo iba a agradecer; desataba el rosario, me aferraba a cada una de sus cuentas, y entre avemarías y padrenuestros, lloraba por él y por mí. Avanzada la letanía del rezo, lograba insuflarle vida a mi madre. Ella, él y yo volvíamos a ser una familia simple, casi aburrida. Hasta que el sueño me secuestraba de una paz que sólo en pensamientos se puede lograr.

Habían pasado más de nueve meses, pero no terminábamos de parir el dolor.
Visité la catedral con la abuela. Estaba por comenzar el curso de catequesis. Le pedí para quedarme. Y, al salir, le dije que quería volver. Todos los sábados me pasaba a buscar por casa y me llevaba a la iglesia. Al regresar, le inventábamos a papá detalles de algún paseo. En otoño idas al parque, en invierno al cine o al teatro, en la primavera la rambla, o el Parque Rodó. Por suerte no preguntaba demasiado, alcanzaba con descripciones vagas que no nos interesaban a ninguno de los dos.
El día antes de mi comunión tomé coraje para contarle a mi viejo. Me senté a su lado en el sillón, para evitar sus ojos durante la charla, esperé la tanda del informativo, inspiré como hacía él para alentarme, y hablé.

—Mañana tomo la comunión en la catedral.
—¿La comunión?
—Sí… Por favor, no te enojes.
—¿Qué te tengo dicho de las iglesias y los curas?
—Lo quiero hacer.
—Tu madre no creía en esas cosas.
—Para mí es importante, papá.
—¿Qué es importante?
—Que mamá viva en algún otro lugar, además de en mí y en vos.
—¿Para qué?
—Nosotros casi no hablamos de ella.

Y fue. Me acompañó y se sentó en la primera fila, junto a mi abuela. Invitó a unos amigos míos a casa, compró panchos, coca, masitas y alquiló un video. Me abrazó dos veces porque sí, y me revolvió el pelo sonriendo, como hacía antes. Yo le dije “¡Salí, pesado!”, y él se rió de veras.
Cuando nos quedamos solos, me sentó sobre el pasaplatos, me miró callado por unos segundos, como queriendo elegir bien las palabras y me preguntó:

—¿Qué es lo que más extrañás de mamá?
—Todo.
—Yo también, pero, ¿qué te haría sentir, al menos por un rato, que ella está de vuelta?
—Llegar de la escuela y desde la puerta sentir el olor de manzana y canela.

Abrió el cuaderno de recetas en la hoja que se leía Strudel. Tenía manchas de grasa que transparentaban la página de atrás: Buñuelos de banana, otra especialidad de mi madre.
Sobre tres papelitos blancos, mi padre copió:

Strudel Carolina
(salen dos arrollados)

Batir un huevo entero durante cinco minutos. Agregarle dos cucharadas de aceite y tres cucharadas de leche. Luego incorporar harina hasta obtener una masa de consistencia blanda. Dividir en dos mitades. Estirar hasta obtener dos discos de treinta centímetros aproximadamente. Esparcir sobre la masa: rodajas finas de manzana verde pelada, cubitos de manteca, canela, azúcar, pasas de uva. Enrollar. Hornear a ciento cincuenta grados, cubriendo la masa cada cinco minutos, con el jugo que va desprendiendo el calor.

Quería preguntarle qué era lo que estaba haciendo, pero una mezcla de temor y vergüenza, al verlo tan eufórico, prolongó el silencio hasta que, al fin, habló. Me dijo que preparaba otra comunión, una comunión nuestra y familiar.
Caminamos hasta la escollera Sarandí. De su mano colgaba una bolsa de papel que sonaba a vidrio. Nos sentamos al final del muelle. Las olas se hamacaban con suavidad, algunas gotas mojaban los zapatos de papá que, sumergido en su ritual, parecía no notarlo. Sacó tres botellas de vino pequeñas, las alineó sobre el hormigón y descorchó la única que estaba llena. Sirvió un vaso de plástico hasta la mitad y me lo dio. Con la botella en alto brindó por mi madre, por nosotros y por sentirnos juntos y bien. Tomó del pico, sin respirar, hasta que se terminó.
Yo tragué el primer sorbo, sabiendo que aguantar el calor en la garganta era mejor que defraudar a mi padre.
En cada botella introdujo una copia de la receta de mamá. Luego se demoró un buen rato, en sellar las botellas con los corchos.

—Tiralas al mar. Te prometo que tu madre va a sobrevivirnos.

Aquel día algo cambió. Papá volvió a ser parecido al que era antes de que mamá se fuera. Yo dejé de sentirme alguien digno de compadecer. Con altos y bajos, aprendimos a extrañarla en voz alta. Dejé de ir a la iglesia, pero de vez en cuando aún desato mi rosario y me pongo a rezar.

Ayer, en la pizarra del Café Bacacay y Buenos Aires, ofrecían Strudel Carolina a sesenta pesos la porción. Mientras lo degustaba, con los ojos colmados de recuerdos, escuché a mi madre susurrar que “con ciruelas pasas queda mejor”.

FIN

El lugar común

por Elianna Pascual

Seguro es por deformación profesional, a los profes nos encanta cerrar cada año llegando a estas conclusiones que, a decir verdad, no porque una las piense dejan de recalar en el primer lugar de los lugares comunes, en el metalugar o en el lugar metacomún, es decir, que son frases hechas que como tales dicen menos, mucho menos de lo que en verdad una quisiera que quisieran decir, y que quisieran decir tantas cosas… Yo soy una de esas personas. Me gusta agradecer por lo aprendido. Así que en esta carta no voy a dejar de hacerlo. Les agradezco en primer lugar a Mayra, Cecilia y Paola, compañeras de rutas (varias rutas), por estar, sostener, compartir sabiduría, propiciar risas, interrogantes, lecturas, escrituras y hasta por los consejos que me han dado para esta etapa de mi vida, que empezó hace cinco meses y que, desde entonces, atraviesa cada pensamiento, cada libro, cada tertulia, cada charla, cada sueño y cada despertar. Gracias. 
Y para no salirme del lugar común, ya que elegí ser la última en escribir esta carta, voy a dedicar a los lectores un minucioso agradecimiento aunque, por miedo a olvidarme de alguien, preferiré evocarlos como un colectivo y no desde la singularidad de cada nombre. Varias veces a lo largo de este trayecto me pregunté si era pertinente publicar lo que uno escribe, si es que eso en verdad aporta algo, a quién, para qué, en dónde. Y muchas de esas veces terminé por concluir que la escritura suma, y suma en varias direcciones: suma en primer lugar para quien escribe, porque someternos al ejercicio de la escritura nos proporciona un pensar intensamente reflexivo que, aunque no podamos transmitirlo al papel, pasa por nuestras cabezas dando al pensamiento un vuelo interesante. Pero también suma cuando otros nos leen y nos devuelven pareceres, nos muestran otros caminos, nos acercan a otras geografías por las que nunca andaríamos si no nos prestáramos a la aventura de compartir nuestras letras. No es fácil escribir, pero es una liberación. No es fácil compartir lo que uno escribe, pero es una aventura. Y en esa aventura hemos estado acompañadas cada vez que ustedes, amigos lectores, nos han dejado un comentario. "Existimos porque alguien piensa en nosotros, y no al revés", dijo la protagonista de una de mis películas preferidas de Fernando León de Araona. Quizás, en esa misma línea de pensamiento, podríamos decir que la esencia de quienes decidimos escribir y mostrar lo que escribimos reside en cada uno de los potenciales y después actuales lectores que ese texto tiene. Y en ese entramado de letras escritas y leídas, reescritas y releídas, pensadas y repensadas, allí existimos nosotros. Un abrazo agradecido para todos.

Queridos lectores


“Creo, en defintiva, que la única luz que se encontrará en estas páginas será la que les preste el lector.”
Mario LEVRERO, La Novela Luminosa


Hubo un momento en el que la imposibilidad de escribir en el papel lo que se escribía en mi mente bajo la forma de pensamientos se tornó inquietante, frustrante y otras veces —las menos— un desafío.

Hacer, por ejemplo, un viaje de una hora en ómnibus hilvanando frases que sonaban perfectas, hermosas, coherentes, que estructuraban todo un trabajo sobre tal o cual tema, y luego no poder capturar en el papel salvo algunos retazos que quedaban en la hoja desparramados y sucios como los vasos, platos y copas después de una fiesta, era deprimente.

Decidí entonces poner en práctica algunos métodos sencillos para intentar pescar.

Jamás iba a lado alguno sin una libreta y una birome. Amigas mías se sumaron al emprendimiento y me regalaron coloridas y prácticas libretas, sencillas de transportar por su tamaño pequeño, de tapas duras para poder escribir sin apoyo si era necesario.

Una vez muñida de esos artículos de primera necesidad, me consigné que, estuviera haciendo lo que estuviera haciendo y en caso de ocurrírseme algo, tenía que abalanzarme sobre la libreta. Se sucedieron así situaciones inverosímiles, incómodas, ridículas y graciosas también.

Capturar “ese momento”,  en el que la frase irrumpe, se nos presenta, como cuando sostenemos una pelota de goma hundida en el agua y de pronto la soltamos, se tornó una obsesión. Así, el espacio del blog se convirtió en un lugar en el que todas aquellas cosas que me sucedían en relación con la escritura podían organizarse y convertirse en —al menos— una serie de oraciones. Y ustedes, lectores, se convertían en la excusa para sostener el desafío.
Luego llegó el momento de tener noticias acerca de vuestro trabajo, del trabajo del lector, bajo la forma de comentarios, inaugurándose así el tiempo de la interlocución. De ese modo ustedes, lectores, pasaron a ser menos hipotéticos y más apalabrados.

La interlocución —para mí— no es un punto de partida, es un punto de llegada e implica una relación honesta y de plena confianza en la que las interrogantes, más que las respuestas, se convierten en la condición misma de esa relación.

Muchas gracias a todos los lectores que se acercaron a Langue Lengue en este 2012, a los que se animaron a dejar comentarios y a los que no, a quienes tuvieron la paciencia de leer alguno de los artículos, y a los que los abandonaron por la mitad, a los que entraron una vez y no volvieron más, a los que nos dieron una segunda oportunidad…

¡Gracias totales!

Paola

Querido lector

por Mayra Nebril

Toc Toc Toc

—¿Quién es?
—Un querido lector.
—¡Qué suerte! Adelante. Tome asiento.
—Lindo lugar, eh, cómodo, luminoso. Naranja y violeta. ¿Estamos adentro del logo de Langue Lengue?
—No sé dónde estamos. ¡Pero, qué alegría que esté acá conmigo, querido lector! Sabe que tengo que escribir una carta, y no sabía cómo empezar o qué elegir para decirle.
—¿Y para qué iba a escribirla, entonces?
—Bué, es una buena puntualización la suya, querido lector, quería escribir una misiva, pero vio lo difícil que es lidiar con lo que uno quiere.
—¿Y para qué es la carta?
—Está terminando el año. Y con diciembre llegan los cierres, los balances, los agradecimientos, los saludos.
—¡Hubiera sido mejor que organizaran una buena despedida de año!
—Estoy de acuerdo con usted, querido lector, pero decidimos hacer cartas, somos cuatro para resolver, democracia que le dicen, y resulta que la carta fue lo que consiguió más cuórum. Y bué, ¡yastá! Escuche esto que voy a decirle, decidimos también darle una buena bienvenida al 2013, con unos fabulosos talleres sobre Levrero, a los que desde ya lo estamos invitando.
—¿Mario Levrero?
—Sí, Marito para los íntimos. Nos encanta. Nos hace pensar un montón en la escritura y en psicoanálisis. Además, el hombre tiene una peculiaridad, ¿sabe?
—¿Cuál?
—Nos hace escribir. Es como un encantamiento. Lo leemos y escribimos. Magia. Pruebe en el verano, querido lector.
—Voy a probarlo y le cuento. Pero sigo sin entender para qué me precisa acá.
_¿Está apurado? Me gusta que esté acá, lo quiero conmigo para inspirarme, para hablarle a usted, a alguien que, como ejemplo, me permita salir del abstracto.
—¿Qué dice? ¿Es que Yo no existo, acaso?
—Espero que sí, querido lector, espero cada vez que usted esté allí, pero...
—¿Allí?
—Allí, aquí. Su Yo, mi Yo. ¿A quién le escribo? No nos enredemos en esos avatares existenciales de los que saldremos deprimidos. Yo le digo a usted. Punto. ¿Entendió? Sí, a usted, a usted.
—Diga de una vez, mujer. ¿A usted le parece que esto avanza?
—Silencio. Por favor. Querido lector: He disfrutado mucho escribiendo para Langue Lengue.
—¿Me voy?
_¡Pero no, hombre, quédese!
—Hábleme entonces mirándome a los ojos. ¿Y podés tutearme?
—Lo intento. Acá voy… Querido lector, sí, a vos, a vos quiero contarte que me gustó mucho trabajar cada tema con mis compañeras de viaje, que me encantó debatir cada tópico como si de esa conversación dependiera el fin del mundo, que cada artículo surgió como producto único de un pensar colectivo. Y sobre todo, que a lo largo del año, el devenir de Langue Lengue me ha mantenido leyendo entusiasmada y amalgamando mis interrogantes a las de Paola, Elianna y Cecilia. Agradezco haber construido un espacio con otros en el que decir y sostener lo que digo, en el que leer y pensar y repensar lo producido.
—¿Hablás o escribís?
—No lo sé.
—Suena a escrito y leído en voz alta.
—Es que me pidieron que hiciera una carta. No me interrumpas, querido lector.
—Seguí. Dale.
—Ya no sé qué era lo que decía.
—Contame de qué hablan en las reuniones.
—Hablamos de psicoanálisis, ¡qué lindo es hablar de psicoanálisis!, hablamos de literatura, ¡qué pasión nos despiertan algunos autores, libros, temas!, y además hablamos de ustedes.
—¿De quién? ¿De mí?
—Nos preguntamos si hay otros leyendo. Y quiénes son. ¡Qué alegría nos inunda cuando alguien lee y comenta alguno de los artículos, cuando la pregunta nos permite abrir ventanas, cuando juegan y nos dan ganas de divertirnos con otros cuyos temas y derroteros son similares.
—… ¿Ta?
—Una cosa más y redondeo.
—Dime.
—Lo más importante de todo.
—¿En serio?
—¿Te da curiosidad?
—Sííí. Estoy intrigadísimo.
—¡Qué alivio contar con tu curiosidad! ¿O estabas siendo irónico?
_ Si te escuché hasta ahora, quiero saber cuál es el nudo del asunto.
_ Tengo suerte, entonces. Cada vez creo más necesario el encuentro con interlocutores que uno valide y que permitan que uno siga andando enlazado a determinadas preguntas, apasionado e ilusionado. De eso finalmente se trata esta carta para mí. De agradecer a cada uno de los que estuvieron de este o de ese lado, conmigo, sosteniendo un precioso año de trabajo.
—De nada.
—Déjeme, querido lector, que les ponga nombre y rostro a los que conozco.
—Diga nomás.
—En primer lugar a Paola, Elianna y Cecilia, mis socias y compinches de lengua, lectura, escritura, estilo y madejas de conversación. ¡Qué nunca falte!

A Gerardo Arenas, la primera persona que dejó caer un comentario en el blog, y nos llenó de emoción con su comentario.

A Gabriela Misa, la amiga que acompañó aquel primer artículo con un comentario que no lo dejó crecer huérfano, al pie de ¿Qué mundo creaste con esas palabras?

A Mariella, la lectora incondicional, cuya ausencia de comentarios marcaba un silencio ansioso y expectante.

A María Noel G, que dejó escrita una pregunta que nos implicó a ambas. A Paola B, que nos trajo al entrañable Felisberto. A Ad, que me enseñó el sentido de la palabra colúmbida. A Quique de Lucio, que tan bien sabe hacer decir a Lacan. A Juan, que me hizo saber que tengo que profundizar la pregunta sobre el trazo unario. Al Anónimo con el que me sigo interrogando si el oficio de psicoanalista versa sobre una lectura con tantas posibilidades de interpretación como un buen libro. A María Paz, que nos sopló con auténtica cadencia shilena, una poesía de Nicanor. A Javier, Marcelo González I, Natalia Acosta por compartir nuestros artículos, Juan k, Roberto, Ruth, Silvia, Leo, Mary, Marta, Mariana, Silvana, Laura, Daniel, Marcela, Ruben, Mariana, Sebastián, Cristina, Yo Ludico, Ana Inés. A Clarice, que escribió y dialogó con los artículos.

A Peti, Vivi, Laura, Mónica y Flavia, Raquel, Silvia y Natalia, amigas que a veces nos leen y otras saben mentir de buena manera para alegrarme. ¡Por suerte lo logran!

A Ricardo, Serri, Guada, por jugar, divertirse y hacernos propaganda en escuela, liceo y ambiente laboral.

A Pablo, Franchu, Fede y Pedro por convertirnos en interdepartamentales jugando con nosotras.

A todos los que anónimamente han dejado comentarios y leído el blog.

Sé que podría haber abreviado, pero esto no es el Oscar, y no suena la musiquita, y quiero nombrarlos de uno. Al igual que, de a uno, nos gustaría invitarlos a escribirnos cartas, o hacernos llegar textos en torno a los temas que nos competen, artículos que puedan circular dentro del blog, junto con los nuestros.

Brindo por buenos encuentros en el 2013.
Felicidades. Chin Chin y Salud.




Carta a nuestros lectores

por Cecilia Fernández Costa

Mambeado by Onda Vaga on Grooveshark

Pasaron varios meses del principio de este emprendimiento; se acerca fin de año con su cansancio y su costumbre de acabar lo que se daba, y dejar vacío lo que hasta ese entonces estaba ocupado, y a una se le da por pensar –las circunstancias la llevan de las narices, no es que una ande desesperada por seguir moviendo la sesera. Yo por ejemplo, preferiría no pensar nada, y tirarme redondamente a pachorrear en Cabo Polonio con la luna omnipresente, los amigos que nunca falten, las risas, el canto a sol y sombra, velitas para donde uno mire (más por onda que por necesidad), y esta canción Vaga que comparto con ustedes (den play) porque es mi paraíso personal, de emoción diáfana. ¡Eso es vida!–.

No sé si es la altura del cansancio (del año), o de la cura, pero cada vez siento más ganas de lo liviano, de lo que se desliza o fluye sin esfuerzo, y toca mis emociones sin importar demasiado, y va y viene, y me mueve, así, como el viento del Polonio y estos acordes. Así, como al descuido, sin importar. Lindo, simple, flojo.

Me gusta mucho pensar, me apasiona diría, pero entrando y saliendo. Me gusta mucho escribir, me apasiona diría, pero entrando y saliendo. Me gusta mucho leer. Charlar. Cantar. Pero entrando y saliendo. Escribir es lo que más me gusta. Escribir literatura. Pero también, entrando y saliendo. Por momentos. De a ratos. No siempre. Lindo, flojo, simple. No soporto la trascendencia, me pesa como un muerto.

Es por eso que escribo sin darle largas al asunto. Escribo cada tanto. Escribo sin pensar demasiado. Escribo para crear. Escribo para mover mi avispero. Escribo cuando pinta. Escribo y paso a otra cosa. Escribo sin demasiada red, porque no quiero sentir a la escritura como un riesgo de muerte. Escribo quitándole siempre trascendencia a lo que digo, al hecho de decirlo, escribo haciendo de cuenta que se lo lleva el viento. Necesito esa liviandad para andar el mundo. Si no, no puedo. Me quedo inmóvil. Me paralizo. Me falta el oxígeno. No quiero, no quiero, no quiero.

Una vez, hace un tiempo, me di cuenta de algo que sorprendió a mi razón, por la evidencia de su sinrazón: la extraña convicción de que escribo desde siempre, como verbo intransitivo, escribo; cuando en verdad, ante la pregunta “ah, ¿y vos qué escribís?”, quedo en blanco. Es que para mí la escritura es como hablar, es más fácil que hablar, es como…, no sé, como yo misma. No está separada de mí. No sé cómo explicarlo. No pienso que sin escribir me muero.

Quiero decir que la escritura está ahí, hasta cuando no la ejercito; no pienso mucho en ella. La necesito liviana para que me aporte alas y no pies de plomo. O por lo menos que no estorbe.

Una vez recibí un comentario en este blog del que interpreté algo así como que tendría que haber pensado o trabajado un poco más antes de publicar el artículo del que se trataba, porque escribir no es lo mismo que hablar, y la escritura debe parirse cuando todo lleva a eso. Recuerdo mi primer sentimiento ­–pelota en el estómago–: “ay, ¡¿qué hice, qué escribí?! ¡Me quiero matar!”. Minutos después, un compañero de Letras, por chat, me rezongaba por el mismo artículo. El artículo había sido escrito de un tirón, el día antes de publicarse, con las ideas que venían danzando en mi cabeza los días previos, y se concretó sobre la marcha, es decir, sobre la escritura, es decir, en el correr de una tarde. Tenía la necesidad de agarrar de una puntita por lo menos esas ideas locas, para que no se fueran flotando por ahí. ¿No les pasa, a veces, de sentir una nube de pensamientos en ebullición en sus cabezas, y que algo está a punto de articularse, –sienten su presencia ahí, en estado gaseoso–, pero para eso tienen que agarrar las partes casi de los pelos, no importa mucho cómo, y así al boleo, cambiarlas de estado? Claro, me dirán "¿por qué nos tenemos que fumar nosotros tus ideas en fuga?" Y no, no tienen por qué. Y eso también es liviano. Tengo la ilusión de que me pueden perdonar los decires mal logrados, confusos, los traspiés, sabiendo que otras veces soy adorable.

Hoy venía para el trabajo pensando que la escritura para mí es un acto espontáneo, de puro presente, tan diferente a como se la suele sentir. La escritura en este blog no es para mí tan distinta a pensar en voz alta, con la presencia de otros que me pueden decir: “no entiendo lo que decís” y yo que puedo contestar “quise decir esto”, y otro que me puede aportar “no estoy de acuerdo en ese ‘esto’” y yo que pueda decir “creo que tenés razón”, o todo lo contrario, o ni una cosa ni la otra, o “¿pero y si lo pensamos así, no podría ser?”.  ¿Nunca se les dio por pensar que si el texto X que arrancaron a escribir a las tres de la tarde, lo hubieran arrancando a las diez de la mañana, o el día anterior, o el siguiente, sería otro texto? En mi caso cuando empiezo un texto nunca sé bien qué va a decir, por dónde va a rumbear. Tengo ideas vagas, y es la primera frase la que conduce al resto. Por supuesto que mis pensamientos no son tan ciclotímicos, pero se articulan como quieren y en la articulación, cambian, y me hacen dudar de lo que primero decía. Creo que tiene que ver con esta liviandad que necesito. No puedo pensar la escritura como algo definitivo, porque no tengo seguridad sobre lo que pienso en ningún terreno. Nunca estoy segura de lo que digo, de lo que pienso, de lo que percibo, de lo que siento. Sólo puedo dejar huella de un momento, el momento en el que escribo/hablo, pero mi escritura sigue, como mi habla, y cambia. Y tengo que dejarla ser. Así, liviana.

Por eso me es tantas veces incómodo escribir desde la teoría, desde cualquier campo del saber. Por eso me ven oscilante en mis artículos, probando cómo sentirme cómoda insertándome en un saber que trasciende, tratando de hacer de cuenta que no, que no trasciende. Que todo saber está agujereado, que vale dudar, hasta cuando uno se muestra muy categórico. Vale mostrarse categórico, porque tras cartón uno puede mostrarse categóricamente contrario a lo que primero aseguró. Y así vamos, de entrevisión en entrevisión.

Por eso amo la literatura. Por eso odio que se la sacralice. Odio el pedestal en el que se pone a escritores y textos. Escribir literatura es liviano, es lindo, no importa, no sirve para nada (por suerte no sirve para nada en este mundo tan patas para arriba) no hay verdad colectiva por sostener, o destruir, o cuestionar No hay quien me diga que tendría que haber pensado más antes de escribir. Yo escribo dejando salir de mis dedos las palabras, autoconvenciéndome de su levedad, con miedo de su permanencia, creyendo que no importan, que mis palabras no me atan, no son yo, son mis palabras voladoras, poca cosa, que es mucho: “qué lindo que es estar en la tierra después de haber vivido el infierno; qué lindo que es poder amarte y mirarte otra vez, después de estar tan enfermo, qué lindo corazón que estás acá y acá latiendo, y me desenredes los ojos. Y si por ahí el miedo me viene a buscar de nuevo, voy a recordar lo que cantamos una vez mirando el cielo: cantale a la luna y al sol, cantale a la estrella que te acompañó, cantale a tus amigos con el corazón… Yo no sé por qué a veces me pierdo, los ojos se me dan vuelta y me muero por dentro, y me encierro otra vez y no puedo salir. No puedo ver lo lindo de cada momento. Es que a veces no me le animo al niño que llevo dentro. A veces pienso que están mal algunas cosas que siento. Pero más allá de eso echa pa fuera y bye bye go. No tengo tiempo ahora de eso. Estoy en otra canción. Se acabó.”

Metamorfosis de una anécdota



por Mayra Nebril         

1) Los hechos

Un viaje a Europa en pareja. Los sentidos despiertos. La máquina de fotos al cuello. La decisión de no visitar el museo del Louvre por dentro, pero desear una fotografía de la pirámide de vidrio. El pedido a unos jóvenes, con trípodes y cara de expertos, de retratarnos. La foto y una serie de carcajadas. El ofrecimiento de cortesía, de sacarles a ellos una fotografía. La visita a los museos de Orsay, y al centro Pompidou. La emoción de ver originales después de tantos años de copias. La puerta del baño grafiteada. La reflexión. La idea del cuento escrita dentro de la libreta. El regreso a Montevideo con varias imágenes y relatos. Las ganas de parir un cuento. La posibilidad de desenredar una idea de la madeja de pensamientos. La decisión de prestarle tres cuerpos a la misma alma.

2) Cuento 

El viaje había sido planificado a lo largo de todo un año, qué ciudades visitar, cuáles eran las mejores opciones de alojamiento para cada destino ¿hotel, apartamento, hostal?, qué paseos deseábamos realizar y de cuáles podíamos prescindir, incluso en qué barrios nos entregaríamos a la voluntad de las piernas.

París soportaba dos décadas de expectativas. El Sena, sus canales y puentes, la Torre Eiffel al atardecer, el barrio latino, la casa de Lacan, Montmartre, el lugar en el que vivió Van Gogh, la que sirvió de morada al Ulises de Joyce, Amelie, la música, las palabras risueñas del francés, el vino, el queso, los crepes. Pero el museo del Louvre no nos interesaba. Habíamos visitado Orsay y en él a los impresionistas y a Van Gogh, luego en el Centro Pompidou nos habíamos deleitado con los surrealistas y los dadaístas; y entonces realizamos la ecuación tiempo sobre ganas, y el resultado fue pasar por alto a la Mona Lisa, sí, ella podía esperarnos otros ¿cinco? años. Pero la arquitectura del museo, su pirámide de vidrio, el palacio, los jardines que lo enmarcan, de eso no queríamos privarnos y por lo tanto el quinto día en la ciudad luz, nos dirigimos hacia la Rue de Rivoli hasta que desde lejos dimos con el lugar.

Nos acercamos caminando por la diagonal de las Tullerías escoltados por cipreses y pinos, sobre el pasto, suave colchón verde, los cuervos se paseaban al sol entre alegrías y rosales florecidos. El bullicio iba en aumento, un murmullo, un goteo, un zumbido. Al cruzar la avenida que nos separaba de la famosa pirámide de vidrio, fuimos dos hormigas en el hormiguero gigante del Louvre. Una fila de doscientos metros serpenteaba viva, gritos en varios idiomas, risas, flashes. Algunas personas se trepaban a cubos de cemento para ser estampadas en poses extrañas, otras gatillaban la máquinas, con brazos-ojos extendidos que veían lo que el fotógrafo no podía observar, otras pulsaban el botón sin mirar o que estaban retratando y sin detener la marcha. Nosotros dábamos vueltas aturullados, sin saber qué hacer o decir frente a la pirámide tantas veces vista y ansiada.

¿Era linda? Y a la vez la pregunta se tornaba tonta. ¡Era el Louvre! No importaba su belleza, ¿o sí? Era un emblema, una marca registrada. ¡Tan obvio como el furor del hormiguero!

–Vamos a pedir que nos saquen una foto en la que estemos los dos. Sólo tenemos una juntos, y está espantosa. –Propuse, queriendo salir del agobio.

Siempre sucede igual en los viajes de pareja, una o dos fotos de los dos integrantes, la del portarretratos obligatorio, y en las demás uno u otro de la dupla posando para que el paisaje sea testigo de la presencia de esos seres en ese lugar. ¿Lo importante debería ser el paisaje? A mí me aburren las fotos sin los viajeros, quiero verles la expresión en el rostro, tal vez descifrar cuáles eran las emociones en juego en ese momento, y muchas veces me pierdo de lo supuestamente esencial, del lugar que hace importante que esa imagen sea elegida.

Levantamos la cabeza y la dispusimos al servicio del jolgorio, acordamos que orientales no serían los escogidos para tomarnos la foto, nuestra especia de inglés y la de ellos es muy distinta, no nos entendemos, ¡sería tan bueno dar con españoles o latinos!, pero nadie hablaba castellano. Busquemos europeos, con ellos nos entendemos rápido la media lengua.
Al menos siete veces me atravesé en fotos ajenas buscando a nuestro fotógrafo. ¿En cuántos álbumes estará mi imagen? Japón, China, Corea, India, Ucrania. Mayra imagen vivirá en continentes que no conozco, visitará tierras que no añoro, tal vez morirá pronto, pobre imagen mía, tan joven para perecer.

Un grupo de jóvenes con máquinas fotográficas portentosas mide el lugar desde el cual la pirámide luce mejor, o al menos eso imagino detrás del trasiego de lentes y caminatas apuradas.

–Would you please take us a photo?

Los tres muchachos se miran entre sí y ninguno extiende la mano para tomar nuestra cámara. Pequeña, discreta. Sonríen y cruzan miradas. Elijo al mayor de ellos, un joven rubio de armónicos rasgos, ojos de un celeste translúcido, nariz recta y masculina, quijada delineada. Le acerco la máquina y le indico el botón de metal que debe pulsar. Nos retiramos unos metros para sonreír falsamente frente a la pirámide. El hombre se aleja unos pasos, observa el aparato y empieza a toquetarlo.

–Es un experto, o un loco –dijimos con la impunidad que nos da la lengua materna.

Click. Una. Otra. Otra. Nos pidió que nos moviéramos a la izquierda, obedecimos como niños. Otra vez la pose. Nos enderezó. Click. Click. Sesión fotográfica. Esperaba que alguna sirviera para el marco de mimbre que compré en la feria callejera de Saint Germain.

–Gracias. Thank you. Merci.

Y entonces me ofrecí para fotografiarlos frente a la pirámide o donde quisieran. Es lo que se estila en esos casos, al menos eso indica mi austero manual de protocolo. Nuestro fotógrafo asintió. Me entregó la máquina que tenía colgada de su cuello, pesaba, me explicó cuál era el gatillo y se dirigió al lado de sus amigos que reían con grotescas carcajadas. Se abrazaron. No paraban de reírse y moverse. Los estampé, pero se escaparon como diez fotos. El hombre me indicó con la mano que sacara otra. Y fueron otra decena de disparos. Luego me pidió, aunque no sabría repetir las palabras con las que lo dijo, que fotografiara el Louvre. Disparé a la pirámide, al palacio, a la gente. Le entregué de mal modo la máquina, aburrida de la mala educación de los burlones amigos.

Sobre la estufa a leña de mi casa reposa uno de sus retratos, nada del otro mundo, mi exceso de peso está a la vista y las bolsas debajo de los ojos de mi marido también, aun así es la mejor foto juntos que tenemos de París.

Quiso la casualidad que dos años después a raíz de una cadena de sucesos que no vienen al caso, coincidiéramos con un amigo, experto en fotografía, en una muestra de las mejores fotos de los últimos años, una exhibición imprescindible para los que tenemos cierta lujuria con la cultura.
Un fotógrafo croata había sido el ganador en el 2010. Una fotografía de París, de la pirámide del Louvre. Movida. Mal encuadrada.

–¡Es genial! - Dice el entendido que nos acompaña, previo a una catarata de detalles acerca de dónde habitaba la originalidad de la imagen.

La miro con mayor detenimiento. Luego enfoco la imagen junto al nombre del autor. Eran tres hombres a las carcajadas. ¿Ya es obvio? Sí, eran dos de las fotografías que les saqué junto a la pirámide, fuera de foco, y con el Louvre cortado y torcido.

–Esta foto la saqué yo –proclamo.

Soy exagerada y tengo inclinación por las ficciones, lo sé, por eso no me creían. Se agarraban la barriga para reírse.

–Ricardo, mirá a los tipos de esta foto. Son los que nos sacaron la foto. ¿Te acordás? ¡Fijate!

La sorpresa lo dejó quieto frente a la imagen. Todos hicieron silencio.
¿Había ganado el premio a la mejor fotografía, o es que ese retrato tenía valor porque él era el autor?

Recuerdo la puerta de un baño del museo de Orsay, en la que está escrita una frase entre suspiros de verdad: Donde todo es arte, nada es arte. 
En el baño montevideano donde se exhibió la muestra de las mejores fotografías de los últimos años dice: Donde nada es arte, ¿si el artista tiene un nombre, todo lo es?

3) Reflexión

Vivo en un lugar en el que el acceso a los originales es casi imposible, las muestras itinerantes no llegan a mi ciudad y por lo tanto los libros de arte, o las fotocopias de los libros de arte, son la manera de tener contacto y acceso a la pintura. Ir al viejo continente era, entre otras muchas oportunidades, el momento de llegar a los ansiados originales. Ver por primera vez un Van Gogh, un Duchamp, un De Chirico, un Dalí, un Bacon. Me preguntaba si sería distinta la emoción. Y sin duda que lo fue, pero me vi frente a cuadros tantas veces observados preguntándome ¿por qué me emociono tanto más que frente a las copias? ¿Será porque llegamos a ver la mano detrás del trazo del pincel?, ¿o porque vemos el ojo de Vincent y su angustia desde más cerca?

El cartel con el nombre del artista es diez veces más grande que los datos del cuadro en exhibición. ¿Por qué? ¿Es más importante el autor que su producción? El creador se convirtió en marca registrada por crear lo que creó. La obra trascendió primero, y fue por ese motivo que el nombre fue marca. ¿O no? A la vez, luego de que hizo lo que hizo, ya sólo importa quién es, y ¿haga lo que haga estará en exhibición con un gran cartel con su nombre, y uno más pequeño para su obra?

¿Qué se busca en las visitas a los museos? En los museos se busca lo que ya se conoce, y rara vez, ya que son monstruos que se tragan el tiempo y el espacio, uno se adentra en salas de quienes no conoce. Como si uno fuera ahí, muchas veces, buscando testimoniar y certificar lo que ya ha visto y leído.

En el baño de hombres del museo de Orsay en una puerta dice: Donde todo es arte, nada es arte. Es cierto. El aburrimiento puede llegar de pronto, cuando la belleza es la monotonía posible.

Breve


por Paola Menta

En LangueLengue los temas que finalmente nos sientan a escribir, los tramamos entre las cuatro. Así, durante las semanas previas a la publicación de cada uno de nuestros artículos los mails hacen fila en las bandeja de entrada. En ellos los temas crecen, engordan, se ejercitan y en cuanto se tornan ágiles y musculosos, los dejamos salir…¡manías!

En uno de esos tantos mails, Cecilia recortó y pegó estas palabras de Michael Foucault:

"La palabra de la palabra nos conduce por la literatura, pero quizás también por otros caminos, a ese afuera donde desaparece el sujeto que habla. Sin duda es por esta razón por lo que la reflexión occidental no se ha decidido durante tanto tiempo a pensar el ser del lenguaje: como si presintiera el peligro que haría correr a la evidencia del 'existo' la experiencia desnuda del lenguaje".

La experiencia desnuda del lenguaje…¡¿la experiencia desnuda del lenguaje?!!!…me quedé pensando durante semanas. No sin cierta reticencia y obligada por un sinfín de circunstancias, he aprendido a no comprender rápido y a tolerar la incertidumbre, así  dejé que la frase trabajara en mí.

Un día, “la” frase me despertó en medio de la noche: la experiencia desnuda del lenguaje, repetí como un zombi.  Segundos después y como una exhalación la siguiente frase se lanzó al aire saltando del borde de mis labios a la oscuridad de la habitación: ¡qué necesidad de andar quitándole el alma a las cosas! La carcajada fue tan instantánea como el alivio que trajo consigo. Me recosté calmada sobre las almohadas y el sueño silenció algún otro pensamiento que ya comenzaba a agitarse. 

Inseparable del acto de leer,  percibir el estilo de un escritor, es descubrir ese “nowhere land” donde mora su alma. Es por esa razón –me gusta imaginar- que cuando somos tomados por la lectura, cuando la encarnamos, un fuerte sentimiento de comunión nos une con ese otro cuyas letras palpitan ante nuestros ojos. 
Y nos suceden cosas, como por ejemplo, preguntarnos en voz alta: ¿quién es éste?!, mientras damos vueltas el libro de un lado a otro, hurgamos en las solapas, contemplamos la fotografía, analizamos los sucintos datos biográficos con el ceño fruncido, ávidos de algún santo y/o seña de ese otro mortal capaz de hacer producir a la pluma semejantes palabras y a nosotros semejantes sensaciones. 

Encontrarnos de pronto en la estúpida situación de aplaudir una página, un párrafo, un final…llorar ante un párrafo o página como ante un milagro o jurar también a voz batiente y con desesperada rabia: “¡no escribo nunca pero nunca más!”

¿Dónde está el estilo, entonces? ¿en las palabras que ese escritor utiliza?,¿ en el ritmo de la prosa?, ¿en la concatenación de acontecimientos?, ¿en la construcción de la trama?, ¿en los temas que aborda?, ¿en la cantidad de sustantivos, adjetivos, metáforas, hipérboles…que utiliza?... podríamos decir que está en todas y en ninguna de esas cosas.

Prefiero pensar en el estilo de un escritor como el efecto de la férrea batalla de un hombre al barrar al Gran Otro, en el intento de trazar su propia huella, de imprimir su propia marca y ser -a su vez- marcado por ella.

Que esto se emparenta con el psicoanálisis, sin duda. Para mí, analizar está asociado  con experimentar esa batalla y asistir al  peculiar armado de la estructura, condición del advenimiento del sujeto. 

ya comprendo la verdad
estalla en mis deseos

y mis desdichas
en mis desencuentros
en mis desequilibrios
en mis delirios

ya comprendo la verdad
ahora
a buscar la vida

Alejandra Pizarnik.

Imagen: Inge Look, "Fiffi and Anni".

Mi estilo me condena

por Cecilia Fernández Costa



“El estilo es el hombre”, dijo Elianna que escribió Buffon en el siglo XVIII. ¿Cuál de todos?  Los estilos, digo. Porque hombres hay muchos, y estilos, puf, ¿tantos como hombres? Está llenito de estilos. Como de hombres, aunque algunos se parecen. Los estilos, digo. ¿Y los hombres?

Hablar así de un tema serio o académico (¿será lo mismo?) ¿será mi estilo? ¿Qué carancho quiere decir que el estilo es el hombre? ¿Qué corno es el estilo? Como categoría “el estilo” se me figura como una ensalada. La polisemia funcionando a mil bajo este concepto, noción, metáfora o imagen. Un mismo autor utiliza el término con distintas acepciones, y no sólo en textos distintos. ¡Así no se puede pensar con tranquilidad!

Quién iba a decir en estos tiempos que corren que, desde la antigüedad greco-latina (al menos desde la Poética de Aristóteles) hasta la aparición del romanticismo europeo –ayer nomás, a la vuelta de la esquina de la Historia–, el valor artístico iba a recaer exclusivamente sobre la mímesis. Para Aristóteles el arte era imitación de la realidad. “¡La pucha, que me quedó igualito, igualito!” diría, con estas palabras u otras, el poeta horaciano, feliz de la inspiración divina y de su trabajo, a través de los cuales su relato, cargado de verosimilitud, se parece a la realidad, es una casi indiferenciable imitación de las acciones humanas.  Pura poiesis, creación. Con el Ars Poetica de Horacio, ya por el siglo I DC, pilar insoslayable del clasicismo del medioevo (parece que la Poética estuvo perdida por siglos, hasta casi finalizada la Edad Media, pero Horacio había estudiado en Grecia, conocía bien la concepción estética de Aristóteles y en buena medida la incluyó en su texto) el talento y la inspiración divina son elementos importantes de la creación. El poeta como médium, por un lado (en cuanto a  la inspiración), pero por el otro, como valor fundamental, su trabajo con la fábula, trabajo en el que el/los dioses no participan. Su estilo viene dado por los recursos con los cuales consigue su propósito mimético (el ritmo, el lenguaje y la armonía, para Aristóteles medios de toda creación artística).  Todo está tabulado. Cómo hacer buenas descripciones, cómo organizar y cuánto deben durar las acciones para conseguir una buena tragedia con su objetivo sine qua non: producir temor y compasión en los espectadores a los efectos de lograr una buena catarsis (sin eso, no se consigue una tragedia como dios manda, y nones, no hay tu tía ni estilo que valga; a llorarle a los dioses del Olimpo –si uno era un poeta griego AC–, o al Uno –si uno era un poeta DC).  El hombre era tan otro en aquel tiempo, estructurado por una cosmovisión que cuesta pensar sin la tentación de hacer encajar a prepo la nuestra. En aquel tiempo el estilo no era el hombre. Acaso sí el trabajo del hombre –el de la pluma, el martillo, el cincel, siguiendo en las letras las prescripciones establecidas por los manuales de retórica.

Díganselo a Buffon, si lo llegan a ver. Nada que criticarle, no vayan a creer, al final y al cabo este conde era un digno habitante de su época: el siglo XVIII en Francia ya es otro cantar. El  sistema político-económico cambia radicalmente, ergo, cambio inevitable de ideología en puerta. El romanticismo inicia un quiebre de conciencia, en un proceso de rupturas y continuidades que llega hasta nuestro presente. El poeta romántico es el genio creador, no un médium, su subjetividad es la que vale, el genio está dentro de sí (los secretos de la naturaleza, Dios), el arte no es un acto creativo sino de expresión, reflejo de sus propios sentimientos, de su conciencia resquebrajada, de su sufrimiento.  El genio se hace hombre, su nombre propio se vuelve importante. Aparece la noción de literatura (recuerdo borrosamente cuando en una clase de teoría literaria me vengo a enterar de que el concepto de literatura como lo entendemos hoy es tan reciente que da impresión; recuerdo mi descubrimiento de Madame de Staël como uno de los hitos en la aparición del término, con su libro publicado en 1800 Acerca de la literatura considerada en sus relaciones con las instituciones sociales. ¡¿1800?! La mandíbula me llegó al piso y me la tuve que levantar con la mano –ahora uso un estilo hiperbólico. ¿Lo uso o lo soy? Vaya uno a saber). 

Con esta nueva forma de conciencia que se inaugura en ese momento histórico, con la subjetividad puesta de relieve, la singularidad empieza a aparecer como valor estético. Y con ella la importancia del autor,  la categoría “vida y obra” tan preciada en la crítica literaria de los últimos siglos (ya hace un tiempo cuestionada, pero aún hoy operativa, aunque el perro tenga distinto collar). La presencia de la persona empírica adquiere una importancia frente a la cual cualquier griego o poeta del medioevo quedaría estupefacto. Con las dos manos se levantaría la mandíbula del piso –y esta vez sin hipérboles. El arte era en buena medida anónimo, por lo menos en relación a la identidad “nombre propio de persona física  = nombre de autor”. Pensemos, sin ir más lejos, en Homero.  ¿Fue un sujeto de carne y hueso? ¿O fue un nombre que se le dio a un conjunto de textos que tenían por objetivo salvar del olvido ciertos sucesos pasados, verdaderos o legendarios, más allá de las plumas que los materializaran? ¿Importaba mayormente quién o quiénes portaban la pluma? ¿Desvelaba a algún griego o latino saber este dato? ¿Podríamos hoy soportar tener un Homero sin desesperarnos por saber quién o quiénes están detrás? 

Supongo que cierta acepción del término “estilo”, la más corriente hoy, el “a mi manera” que hacía aparecer Elianna en su artículo en combinación a la "originalidad" en su corriente de novedad, de la que hablaba Mayra en el suyo, es la que está fuera del horizonte mental de un habitante de un tiempo anterior al romanticismo. El estilo recaía en la técnica para lograr la imitación. Sin embargo en su segunda acepción, la originalidad como vuelta al origen no le resultará tan lejana al neoclasicista;  aunque no como vuelta al origen de uno mismo como sujeto, sino a un origen más mítico-universal. El imitar a los clásicos como una vuelta a cierta época de la civilización greco-latina como origen valioso.

El romanticismo introduce una primera gran ruptura con la larga tradición estética. El péndulo oscila hacia el lado opuesto. El valor está en el genio del creador, un pequeño dios. El arte, antes que técnica, es inspiración. No hay realidad exterior que imitar, sino pura subjetividad que reflejar a través del lenguaje, la de los marginados del nuevo sistema económico capitalista, especie de elegidos portadores de los valores supremos, el cisne como metáfora del creador desde Baudelaire, el genio incomprendido arrojado fuera del sistema de producción. El estilo es pura genialidad. El lenguaje es transparente, una mera forma de expresión, de traducción de un contenido interior que le preexiste. Por supuesto, desde el romanticismo, mucha agua corrió bajo el puente y lo que era ruptura pasó con el tiempo a ser tradición. La tradición de la ruptura, que erigió a la originalidad (en tanto novedad), como valor estético supremo, destronando a la vieja mímesis.  Allí y más tarde, vinieron los movimientos de vanguardia a dejar sus marcas  en las primeras décadas del siglo XX (*),  llevando la ruptura a todos los extremos que pudieron imaginar (la ruptura de la mímesis, del contenido, del lenguaje, de las metáforas motivadas, de la lógica clásica, de la conciencia, del sentido).  En el campo del pensamiento fue por la década de los ’60 que autores como Barthes, Foucault, Derrida, Lacan, piensan estas rupturas deconstruyendo la arraigada idea del lenguaje como medio de expresión (reflejo ¿mímesis?) del pensamiento, poniéndola en entredicho, y abriendo la posibilidad de pensar la experiencia del lenguaje no como medio de exteriorizar algo preexistente, un contenido, que sería interior a uno mismo y que sólo debe, por tanto, encontrar la manera de hacerse material para que al otro pueda serle transmitida, “traducirse en palabras”, sino muy por el contrario, como “una experiencia del afuera”, donde no hay contenidos y formas, sino sólo formas que remiten a otras formas, y así sucesivamente, en un myse en abyme donde el contenido no es ya polisémico sino ilusorio, evasivo; y en esa falta, en ese espacio vacío dejado por un contenido último inasible materialmente a través de una forma, es que emergemos como sujetos deseantes, ingresando al humano registro del amor, el deseo, la muerte. El lenguaje no viene ya a expresarnos, sino a construirnos, como un verdadero tamiz que estructura nuestra carne sacándonos para siempre de la animalidad, y constituyéndonos como seres culturales.  El lenguaje viene del Otro, la cultura, cuya primera representante es mamá. Esas marcas que ella empieza a tallar en nosotros, aun sin saberlo, y a las que se suman las marcas del entorno cercano, no son nuestra elección, pero van a determinar en enorme medida nuestra subjetividad, nuestro “mundo interior”. Ese mundo efecto del lenguaje, que de interior tiene bastante poco (al menos eso advertía Lacan con sus bandas de Moëbius y sus botellas de Klein, donde no hay adentro y afuera, porque a poco que uno “entra”, al rato ya está “afuera” y desde afuera vuelve a entrar, y queda todo desorientado, y al final es un relajo y más fácil pienso que hay afuera y adentro y no me complico más, ¡qué también! ¡Estos post-estructuralistas están todos majaretas!).  Ese lenguaje especial que me llega y me habita, que no es igual que el que le llega y habita a otro, incluso si ese otro es mi hermano, organiza la manera en que veo el mundo, en que lo siento, en que lo habito, en la que le doy sentido y en la que no puedo dárselo y vivo la experiencia de lo inefable. Me llegan ritmos de la lengua de mi casa, me llegan cadencias, me llega sintaxis, mundo léxico con asociaciones entre palabras que son propias de mi universo vincular con el Otro de mi infancia, con su deseo, todo un mundo connotativo, rítmico, sonoro, imaginario, todo un sistema particular de signos con su valor diferencial, irrepetible, sólo mío, semejante sólo en parte al de mis familiares, porque se anuda a mi carne de una manera especial, intransferible, efecto de cómo fui hablado por el Otro, cuando devenía sujeto. No sé dar cuenta de ese lenguaje, pero él me habla en cada cosa que digo, y sólo soy consciente de una pequeña parte.  ¿Por qué elijo usar siempre ciertas palabras, en vez de otras que también conozco? ¿Por qué me gusta tanto la palabra “belinún”, que decía mi madre para referirse no muy amigablemente a alguien? Y así como puedo pensar en palabras que tienen un valor especial en mí, lo mismo podría decir de ciertas sintaxis privilegiadas, o de ciertas maneras de usar la metáfora, o de ciertos tiempos verbales que prefiero antes que otros, para expresar el pasado. Hay todo un mundo valorativo respecto al lenguaje, que está tan unido a mi carne, a mi historia personal, tan atravesado por amor/deseo/muerte, que no sólo me es difícil dar cuenta de él, sino percibir en qué medida afecta a la manera en que recibo cualquier mensaje: sea una charla de alguien, sea una película, sea un texto literario, sea un texto de cualquier índole. Es la parte privada, singular, intransferible, solitaria de cualquier experiencia lingüística, y ¡cuánto más cuando ésta tiene que ver estrechamente con el valor: el arte!.  ¿Por qué me encanta Cortázar y no me pasa lo mismo con Virginia Woolf (por citar dos puntos de diferencia irreconciliable entre las langue lengues)? Hay algo en la sonoridad del lenguaje, en la forma, en las expresiones elegidas, en la forma de la sintaxis, en los temas y el léxico, en los tiempos verbales y su forma de usarlos, en ese mundo particular de lenguaje, en los pensamientos que permite crear, que me despierta todo el interés y el deseo, o  no lo hace. Es la diferencia entre un lenguaje (¿un estilo?) valioso en mi sistema carnal de lenguaje y uno que no lo es. Y eso varía de persona en persona, y de ahí viene el famoso “sobre gustos, hay mucho escrito” (me gusta más en esta vertiente rupturista). 


¿Entonces? (me pregunto yo después de haberme ido por las ramas del tilo) Mejor acudo a Barthes, que siempre me salva de un desbarranque seguro:
La lengua está más acá de la Literatura. El estilo  casi más allá: imágenes, elocución, léxico nacen del cuerpo y del pasado del escritor y poco a poco se transforman en los automatismos de su arte. Así, bajo el nombre de estilo, se forma un lenguaje autárquico que se hunde en la mitología personal y secreta del autor, en esa hipofísica de la palabra donde se forma la primera pareja de las palabras y las cosas, donde se instalan de una vez por todas, los grandes temas verbales de su existencia” . (El grado cero de la escritura). 

¿Persiste en nuestra ideología actual el genio creador del romanticismo?  ¿El estilo es genio que me es dado, o es trabajo? ¿Qué hay de la técnica donde se jugaba el estilo de los antiguos? ¿Y la originalidad qué lugar ocupa? ¿Qué pasa con la mímesis? El péndulo hoy se movió de eje, y parece pasar por un lugar intermedio, donde, con las constantes del lenguaje en mí, como él es en mí, determinismo que es como una naturaleza (cultural) y no un don divino, tengo yo un espacio de libertad para trabajar la forma, utilizar la elocutio proveniente de siglos de tradición retórica, tomar a mis modelos (elegidos según mi forma de habitar le lenguaje), haciendo jugar cierta imitación, haciéndolos míos (incluso contra mi voluntad) a través de similares apropiaciones que las de mi nacimiento como sujeto, identificación tras identificación, y transformándolos según esta ensalada tuya-mía. En una búsqueda de lo que me es propio, de lo genuino en mí, ese es mi genio creador (hecho de otros). Esta libertad es la escritura.

Empiezo hablando como bufón de la corte, termino hablando en serio. ¿Mi estilo es uno solo? ¿Al final qué es el estilo? No sé, pero imitando a Sandino Núñez, cuando, invitado a hablar sobre Zizek habló una hora sobre cualquier cosa menos sobre Zizek, cierro a su manera:  Buffon les manda saludos.



(*) El futurismo, el ultraísmo, el surrealismo, o por citar un ejemplo latinoamericano, el creacionismo del chileno Vicente Huidobro, que tanto desea romper el concepto de mímesis en el lenguaje, que pide que sus poemas no sean leídos en clave metafórica, sino literal, con su propia lógica interna, distinta de la del mundo real, cuando dice por ejemplo: “Mi espejo, corriente por las noches,/ Se hace arroyo y se aleja de mi cuarto.”


El estilo y el corrector de estilo



Con ánimo de continuar profundizando la interesante tertulia que se ha dado en torno a este tema, compartimos, a continuación, las palabras del entrañable José Martínez de Sousa acerca de lo que él mismo entiende por el estilo y la tarea del corrector. Esperamos, como siempre, vuestros valiosos aportes.



"1. Mejor que definir de entrada qué es un corrector de estilo es definir qué es el estilo. En este sentido, entiendo que el estilo es el conjunto de cualidades aplicables a un texto para perfeccionarlo, limpiarlo de interferencias y dotarlo de cualidades de legibilidad desde el punto de vista léxico y gramatical.
2. Ahora ya podemos definir qué es el corrector de estilo, que no es otra cosa que el profesional que tiene por oficio preparar un original destinado a la imprenta desde el punto de vista léxico y gramatical para hacerlo accesible a la intelección del destinatario del texto.
3. ¿Qué problemas presenta la palabra estilo? Lo primero que suele plantearse al hablar del estilo es si este se puede corregir. La respuesta es no. En efecto, el estilo es personal, corresponde a la persona que habla o escribe y nadie puede usurpárselo. Lo que sí puede hacer es sustituirlo, todo o parte, por el suyo o por otro. Pero en este caso ya no hablamos del estilo de que hablábamos y ello puede rozar incluso el terreno de lo legal (por ejemplo, aplicado en demasía, de manera que se deforme la forma o el contenido).
4. ¿Qué sucede entonces con la expresión corrección de estilo? ¿Es correcta? Sí, es correcta. La expresión está correctamente formada y su contenido semántico no se contradice con nada. Por consiguiente, es adecuado hablar de las dificultades de la corrección de estilo, entendiendo por tal, naturalmente, la aplicación de las normas léxicas y gramaticales a determinado texto, siempre con respeto para las preferencias del autor del texto.
5. A veces, por un prurito de corrección no del todo bien entendida, se ha intentado sustituir corrector de estilo por corrector literario o revisor literario. Es un error, porque no se trata de la misma cosa."

Estilo: repetición original


por Mayra Nebril

"La originalidad consiste en volver al origen. De modo que es original aquel que, con sus medios, vuelve a la simplicidad de las primeras soluciones." Antonio Gaudí


Cuando decidimos trabajar el tema estilo en el blog, varias ideas pidieron permiso. Veré cómo hago para darles paso sin que se atropellen ni amontonen.

Empecemos con Roland Barthes en su inspirador libro El susurro del lenguaje, donde nos dice que el estilo es la forma y el lugar en el que el mensaje coge al código por sorpresa; pero escribe también, lo cual llamó mi atención y me acercó ciertas interrogantes, que el estilo son transformaciones bien derivadas de fórmulas colectivas, entonces se pueden detectar buscando modelos, patterns, clichés sintagmáticos, comienzos y cierres de frases, modelos que son depósitos de cultura, repeticiones, estereotipos.

Por lo tanto, y aunque tal vez sea una obviedad, en el estilo hay repetición. El estilo podría pensarse como la repetición de eso único. Algo del orden de la forma que viste al objeto en cuestión (escritura, pintura, manera de jugar al fútbol, forma de psicoanalizar), se repetiría y así se consolidaría el estilo. Y eso único por paradojal que resulte es un sedimento de clichés que podrían permitirnos justamente adivinar, predecir y copiar un estilo. Pasa muchas veces que un escritor, y también otros artistas, una vez que encuentran su estilo comienzan a copiarse a sí mismos, uno los conoce y ya los presiente en su devenir. E incluso eso a veces aburre.

Entonces, ¿el estilo sería la originalidad que se repite?, ¿una copia original de su sí mismo? Se repite y así ancla su subjetividad y se diferencia del resto. Pero, ¿tiene el estilo un valor en sí mismo? La cultura moldea el concepto y mi recorte es el occidental, donde el cliché es que mejor será siempre lo único e irrepetible. Pero, ¿por qué?

Tengo en la memoria un relato que hizo Mario Delgado en un taller al que yo asistía. Resulta que había un sujeto que se dedicaba a escribir al modo de tal o cual escritor y que lo hacía con tal nivel de excelencia que engañaba, acerca de la autoría de los textos, a críticos literarios. Sucede también con la pintura: los plagios requieren de especialistas para otorgar o denegar certificaciones. A veces las copias son más auténticas que el mismo original. Algo de la captación de la esencia tiene tanta fuerza que parece robarle al origen una porción de originalidad. Pero, ¿cómo lo hacen?

¿Cómo saben cómo escribiría Cortázar un tratado sobre avestruces que nunca redactó, o cómo pintaría Dalí una calculadora científica que no estaba siquiera en su pensamiento?

Si el escritor tiene un estilo, hay un mundo que funciona de determinada manera y el lector habita ese mundo en presencia e incluso en ausencia del escritor. Por lo tanto, entrar en ese mundo es aprender a atenerse a su lógica. Y una vez que se captan esas reglas se pueden hacer extensivas a otros temas.

A su vez, en estos sedimentos de lenguaje que condensan el estilo, ¿estaría la esencia del sujeto? Tal vez, sí. De eso estamos hablando. Pero ahora nos metemos en otro lío, ¿qué es la esencia? ¿La marca propia?

El trazo primero del que justamente por ese motivo no se puede dar cuenta, el que instaura al sujeto, lo que en psicoanálisis llamamos el trazo unario. Aquel que, estando por fuera de, permite que la cadena significante surja, se enganche y corra subjetivamente; el trazo que busca la repetición significante cada vez. Repetición nueva, sí, resignificación en el aprescoup, repetición original en el mejor de los casos.

Se intenta repetir eso que escapa, la represión original, lo que marcó al sujeto del Otro, lo que está por fuera del sujeto pero lo constituye. El origen que se re-creará con originalidad, eso que de nuevo remitirá a lo primero, eso que en su vuelta atrás consolidará un estilo, anclará en la implicancia posible esa esencia ajena que nos conforma y afecta. Porque esa traza, esa marca, esa letra afectará a la cosa nombrada, al sujeto en cuestión. Esa nominación, nombre propio, estilo, autoría, firma, sello, originalmente permitirá que, aun sin su nombre en el texto lo reconozcamos y nos diga de su origen.
“La nominación de la cual se trata parte de la marca, de la traza de algo que entra en las cosas y las modifica en la partida de su estatuto mismo de cosas.” R.S.I - Lacan

Estilo


      Imagen tomada del Taller de Estilo y Género de la Ciudad de Puebla

Durante el mes de octubre nos proponemos trabajar el tema Estilo.

Como es ya nuestro estilo, nada mejor que comenzar compartiendo con ustedes un pensamiento elegantemente escrito, en esta oportunidad, del Conde de Buffon –Francia, Siglo XVIII– que a nosotras nos puso a pensar, y mucho. ¿Qué pensamientos despierta en ustedes?

«Escribir bien es a la vez pensar bien, sentir bien y expresarse bien; es poseer a la vez ingenio, alma y gusto». Sólo el estilo puede salvar una obra del olvido, porque los conocimientos y los descubrimientos se transportan con facilidad. «Estas cosas están fuera del hombre, pero el estilo es el hombre mismo: el estilo no puede robarse ni transportarse». Conde de Buffon

Toda esta primera semana estaremos incorporando a la página el material que vaya surgiendo  en nuestras discusiones y trabajos. Esperamos, como siempre, vuestros aportes.





Escribir


por Paola Menta

Intranquilidad y sobresalto fueron las primeras palabras que acudieron a su mente cuando finalmente decidió levantarse. La noche había estado complicada.

Dos sueños y una gotera fueron la causa de su mal dormir y peor despertar casi dos horas antes de que el despertador hiciera sonar su alarma.

Camino del baño, registró que pese a tener los ojos abiertos, seguía padeciendo el influjo de las imágenes del sueño, sobre todo del primero. Deseó, al ritmo del cepillo de dientes, que las imágenes se disiparan y le permitieran, al menos, una jornada en paz, cosa que no ocurrió.  Estas retornaron mientras se peinaba y la interrumpieron el día entero. La ajenidad con la que se viven los sueños siempre le impresionaba, así que para acercar esos sueños un poquito, para apropiárselos, intentó establecer alguna relación entre ellos y la noche anterior.
Sin embargo, por más que buscó y rebuscó, nada revestía especial interés.

Pero eso era decir nada, la memoria es engañosa. Recordó que antes de apagar la luz, había terminado de leer las últimas páginas del Diario de un Canalla de Mario Levrero; “lectura sin particularidades”-se dijo- ; incluso más, por momentos el texto la aburrió, y el bendito Pajarito (personaje central del Diario) llegó a exasperarla. Recordó también cómo se había reído al pensar: ¡Marito querido!, ojalá te hubieras dedicado a la ornitología, porque entre las palomas de la Novela Luminosa y el Pajarito de Diario de un canalla… ¡ufa!
Sin embargo, sabía, reconocía (aunque por alguna razón le resultaba molesto admitirlo) que había soñado con un pájaro que, teniendo envuelta su cabeza en una bolsa de nylon blanco, caminaba enloquecido a lo largo de un muro interminable.

Mientras se dirigía hacia la cocina trató de evitar el recuerdo del sueño: ¿por qué se torna tan molesto a veces, aceptar que ese libro que leímos y que enfáticamente reprobamos y hasta creímos insignificante, nos provoca un sueño? –Se preguntó, no sin cierta turbación. Es casi como si el libro se burlara de nosotros, atinó a pensar antes de que el timbre del microondas la devolviera al mundo en el que se preparaba el desayuno.
Con los primeros movimientos circulares de la cuchara dentro de la taza de café con leche, se sintió cansada y, de no suceder algún milagro, el mal humor terminaría por arruinarle el día.

Con la taza en la mano, se deslizó hacia el jardín. Bebió en silencio mientras contemplaba los signos de la incipiente primavera en el rosal y la madreselva. Sin embargo, no se alegró. La desazón y el desgano comenzaban a mezclarse con cierto dolor, de allí a sentir que la vida resultaba una verdadera estafa era cuestión de un par de minutos, conocía ese camino de memoria y el maldito sueño lo había dejado habilitado otra vez, una vez más. Apuró el café con leche y entró. Sintió ganas de escribir, de acometer el teclado de la laptop que se encontraba arriba de la mesa de la cocina donde la había dejado la noche anterior, después de haber chequeado mails. Era extraño volver a sentir ganas de escribir, hacía mucho tiempo que no le pasaba.

Escribir le permitía delinear los sucesos cotidianos, enmarcarlos. Y así, al ser recortados por las palabras, era posible abrir una ventana. Y al revés, al mirar por esa ventana las palabras daban espesor a los hechos que así se despegaban del plano. Era como montar una carpa de circo. Hombres y elefantes (le gustaba imaginar) jalan al mismo tiempo de los tirantes de la carpa; la carpa comienza a elevarse, tambaleante, embolsada por el viento hasta que logra erigirse. De ese montón de tela informe tendida en el suelo, de ese enredo de tela y cuerdas, contando con la tensión necesaria se logra armar algo habitable. Esa era exactamente la sensación que le llegaba cada vez que se sentaba a escribir, encontrar cierta habitación. Y también era esa sensación la que la mantenía sentada frente al teclado, pese a los momentos de desesperación.

Trabajaba lentamente, el ritmo de la frase la obsesionaba y se le resistía. No le interesaba que la frase corriera, se deslizara y consumiera palabras y más palabras, sino más bien que cada palabra pudiera hacer sus señas a quien en ella su mirada detuviera, y así desplegar su poder.

Las palabras son seres curiosos, se deslizan sobre y entre las cosas, reptan, rebotan, se agolpan todas en un rincón algunas veces y otras se dejan ver ordenadas, limpias y peinadas en los diccionarios, pero, ¿por qué están en todos lados menos cuando más se las necesita? Son caprichosas, vanidosas, exigen paciencia y trabajo para volverse consistentes, para que ganen peso y adherencia.

El ritmo ágil y sostenido de los dedos en el teclado de pronto cesó, la interrumpió un pensamiento de esos que aterrizan mientras se está escribiendo, y que sólo por eso llegan: ¿en qué momento algo se vuelve escribible?; notó la vaguedad del pensamiento, pero no lo descartó, más bien lo intentó precisar: ¿en qué circunstancias algo se vuelve –para mí– escribible?... Se permitió medio giro más: ¿cómo?, ¿debido a qué se produce el recorte que hace que algo se vuelva –para mí– escribible?

El sol estallaba ya en el ventanal de la cocina, habían transcurrido tres horas desde que hubo aceptado el riesgo de sentarse a escribir, tenía que irse a trabajar. Volvió a centrar su atención en la pantalla y en los pocos minutos que le restaban antes de vestirse para salir a la calle (había decidido ponerse lo mismo que el día anterior, con lo cual ganaba unos cuantos minutos) tomó coraje, juntó aire y leyó, en voz alta, lo que había logrado atrapar esa mañana.

Siempre le resultaba extraño escucharse leer, pero más extraño le resultaba imaginarse cómo sonarían esas mismas palabras lanzadas al aire a través de la voz de otros lectores, ¿con qué ritmo, con qué entonación leería cada quien aquel puñado de frases? y ¿qué sentido tenía hacerse esa pregunta, si ella ya no estaría allí para escucharlo?, el ruido de la impresora silenció las preguntas, tomó las hojas de la bandeja las plegó y las colocó dentro de la agenda que a su vez colocó dentro de la cartera marrón, ¡no fuera a ser que se escaparan!, aún no estaba lista para dejarlas ir.


Imagen:  Remix CC de Mike Licht sobre el Vermeer "Mujer escribiendo una carta y criada".

Escribir cada vez


por Elianna Pascual


«… Las sociedades “reescriben”, así sea inconscientemente, todas las obras literarias que leen. Más aún, leer equivale siempre a “reescribir”. Ninguna obra, ni la evaluación que en alguna época se haga de ella pueden, sin más ni más, llegar a nuevos grupos humanos sin experimentar cambios que quizá las hagan irreconocibles. Esta es una de las razones por la cual lo que se considera como literatura sufre una notoria inestabilidad.» Terry Eagleton, Una introducción a la teoría literaria

«El mío es un trabajo que dice algo sobre algo de otro.» Saul Steinberg, Reflejos y sombras




Las palabras del fabuloso caricaturista nos ayudan a condensar, como poesía, el querer sentir de este texto. Porque, de alguna manera, escribir también es decir algo sobre algo de otro. Escribir es una forma de decir, y leer es una forma de decir, de redecir, de reescribir. Intentaremos, a continuación, jugar con algunas palabras ajenas y algunas sensaciones propias, para continuar rediciendo.
Al proponerme escribir este artículo he empezado varias veces y por distintos lugares. Escritura, lo que se dice escritura, es un tema demasiado amplio para decirlo en pocas palabras. Podría haber elegido hacer una reseña histórica sobre el origen de la escritura y una reflexión antropológica acerca de los cambios que ella ha impulsado en las distintas sociedades, o su evolución hasta el día de hoy. En ese caso, claro está, lo literario propiamente dicho quedaría a un lado. ¿O no? ¿Acaso no podríamos preguntarnos sobre las distintas maneras de leer las obras literarias que han experimentado los hombres? Acaso podríamos evocar a Homero, a Cervantes o a Shakespeare, tres intachables de la literatura, y rápidamente podríamos inferir que la forma en que han sido interpretados a lo largo del tiempo no es la misma. ¿Es plausible estudiar las formas en que cada época histórica ha leído a sus grandes escritores? ¿Es esto también literatura? Podemos ensayar intentos, pero ante todo alcanza con que tengamos presente el cambio de perspectiva. Elocuentes son las palabras de Eagleton, a este respecto: «El que siempre interpretemos las obras literarias, hasta cierto punto, a través de lo que nos preocupa o interesa (es un hecho que en cierta forma “lo que nos preocupa o interesa” nos incapacita para obrar de otra forma), quizá explique por qué ciertas obras literarias parecen conservar su valor a través de los siglos. […] “Nuestro” Homero no es idéntico al Homero de la Edad Media, y “nuestro” Shakespeare no es igual al de sus contemporáneos.» Y es que la lectura de un texto responde estrechamente a la ideología de la sociedad que lo lee, como este autor señala en su primer capítulo del libro Una introducción a la teoría literaria. Hay maneras de escribir y maneras de leer, y la combinatoria, cuando estamos ante textos valiosos, es inabarcable (lo cual, a su vez, hace que los textos sean, creo modestamente, potencialmente más valiosos, aún). Me gustó mucho la idea que propone Eagleton de que leer es reescribir, sin duda ambas prácticas, la de la escritura y la de la lectura-reescritura, están intrínsecamente entrelazadas.
También me gustó mucho la forma en que Cecilia abarcó la discusión sobre qué es literatura y qué no lo es, en su sesudo artículo Esto es una escritura (no una pipa).

En cuanto a la crítica literaria, quizás es bueno escuchar a los que han leído antes que uno, seguramente sus opiniones son muy valiosas, pero, como dice Eagleton, los juicios de valor que constituyen la literatura son históricamente variables, y se relacionan estrechamente con las ideologías sociales. No debemos perder de vista que la crítica literaria también responde a factores ideológicos de cada época, y eso sin lugar a dudas  condiciona las lecturas y relecturas que se hagan de un texto. («La estructura de poder (oculta en gran parte) que da forma y cimientos a la enunciación de un hecho constituye parte de lo que se quiere decir con el término “ideología”.» Eagleton, op. cit.)
O bien, quizás algo similar dijo, con palabras más sencillas, García Márquez: «… La manía interpretativa termina por ser a la larga una nueva forma de ficción que a veces encalla en el disparate.» (La poesía, al alcance de los niños. 1981)

En cuanto a la legitimidad de la lectura psicoanalítica que podamos hacer de un texto, yo creo que todas las perspectivas son válidas si el análisis es sobre el texto escrito. En este sentido, podemos intentar ponernos de acuerdo acerca del siglo en que fue escrita La Ilíada, imaginarnos la vida en la Grecia Antigua; podemos intentar psicoanalizar a Don Quijote;  podemos mirar a Madame Bovary con los ojos de la sociolingüística. Me parece que esas miradas suman a la lista de preguntas y respuestas que nos podamos hacer sobre un texto, en tanto texto como universo en sí mismo, y quizás esa lista de reflexiones tiene mucho que aportarle a la literatura. Del mismo modo, el análisis literario de una crónica de los llamados viajes de descubrimientos tendrá puntas útiles a los historiadores y a los cartógrafos. Ahora bien, prefiero quedarme con la posición de que el campo de la literatura abarca la obra y no al autor, en este sentido la interpretación psicoanalítica sería válida para el yo lírico de Horacio, pero no para Horacio; para el narrador del Quijote, pero no para Cervantes; para las múltiples voces que aparecen más o menos solapadamente en Madame Bovary, pero no para Flaubert.


Creo que el estudiar exhaustivamente las condiciones en que una obra literaria fue escrita, las características de su autor, la condiciones sociales en que se desarrolló el texto y aun la manera en que ha sido leído a lo largo de las épocas, son modos que forman la trama de un campo de estudio absolutamente razonable y legítimo; pero no necesariamente tiene por qué coincidir con el de la literatura. En cambio, el decir estrictamente sobre lo escrito, el escribir sobre la lectura–reescritura de los textos cuidadosamente escritos, eso podría llamarse literatura y en ese sentido podemos decir que la literatura se escribe a sí misma permanentemente.

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