El estilo es el hombre

Por Elianna Pascual

Bárbara caminó despacio hacia la puerta, no quería que los demás, más allá de aquel que apareciera del otro lado de la hoja, se percataran de sus movimientos. El estilo puede tener que ver con dar el nombre del personaje al principio, darlo después, o dejarlo en el anonimato. Y los comienzos tienen un orden canónico, pero también ya es canónico que ese orden se altere. Todo estaba bastante tranquilo: no se escuchaban bocinas, pocas luces en la cuadra, no había perros ladrando. La forma en que se describe la escena, si se opta o no por el copretérito, también compete al estilo. Cerró con llave, por fin son las nueve, volvió al sillón y encendió, con el control remoto, la tele en su programa favorito. El estilo directo libre queda, por lo general, solapado entre las palabras del narrador. Empezaba a sonar la cortina musical: I´ve lived a life that´s full, travelled each and every highway... Ay, Frank querido, ¡cuánto te admiro! Sin reparar en la rima, tomó un par de almohadones y se acomodó en el sillón. Pero había una mancha en la pantalla de la tele y eso empezó a incomodarla un poco, primero la desconcentró, después la irritó, por último la obligó a pararse y dirigirse a la cocina  en busca de la rejilla de lavar los vidrios y el frasco de alcohol. (El estilo puede ser un poco obsesivo a veces.) Frotó, testaruda, la pantalla, hasta que pudo diluir el pegote; el presentador empezaba a hablar, así que volvió apurada a la tele, aún abrumada por aquel paréntesis.

Bárbara solo podía recibir visitas dentro de los horarios y los días estipulados por la dirección. Perdón: La Dirección. El estilo puede ser subversivo, pero últimamente Bárbara prefería acatar las normas institucionales para no recibir más sanciones. “Hay que obedecer una lógica que al parecer trasciende a lo que nosotros queramos o dejemos de querer”, dijo en estilo directo y para nada libre, y, conforme en todas las acepciones del verbo que sigue, se reacomodó, pacífica, pasiva, impasible, frente a la pantalla. Por suerte el estilo a uno lo acompaña siempre, pensó a continuación Bárbara, y no es una cosa que se aburra y se vaya: aunque se aburra de uno, no se va. (Sus amigos, en cambio, se habían ido hacía ya un par de horas, y no habían prometido volver sino hasta el próximo cumpleaños.) El narrador podía haber hallado una mejor suerte para Bárbara. ¿Podía? ¿Elige el narrador el devenir de sus personajes? ¿Es ese un tema de estilo?: ¿puede o podría el estilo del narrador hacer algo por Bárbara? ¿Quién será el artífice de quién, en esta historia?

Bárbara miraba El show de Frank, religiosamente, todos los domingos de noche. ¿Será que el estilo va de la mano de las rutinas? A mayor organización, mejor estilo, repetía para sí misma, y así la semana transcurría hasta que llegaba, lentamente, el final. Sus pensamientos no siempre la convencían, pero, eso sí: estaba segura de que la rutina la ayudaba mucho con la evolución positiva de su tratamiento: levantarse siempre a la misma hora; tomar cuidadosamente las seis pastillas con el desayuno; colaborar con las tareas del jardín de diez a doce; dormir media hora después del almuerzo, caminar dos veces alrededor de todo el patio los días agradables, y ocho veces de una punta a la otra del pasillo cuando llovía; así cada momento puntualizado sucesivamente hasta la hora de dormir. La monotonía era algo que se necesitaba para alcanzar un estilo de vida deseablemente normal.

Pronto el presentador dio paso a algunos anuncios; qué estilo tan distinguido, calculaba Bárbara, mientras analizaba, junto con la voz en off, los detalles más extravagantes del traje, los accesorios y el peinado. Me vistió Fulano, me peinó Mengano. Qué elogio de la frivolidad, pensó también, aunque hipnotizada por los adefesios. El presentador retomó su discurso, quién sabe si estaba leyendo pero hablaba muy bien: elegía oportunamente las palabras y no titubeaba cuando tenía que improvisar. Eso era lo que más le gustaba, a Bárbara, de Frank: aquel halo de elegancia que le daban la buena voz y el hablar exquisito. “Un refinado hombre de la televisión”, dijo en voz alta, sin reparar en el oxímoron. Pero sí se detuvo en el enorme parecido que había entre este hombre y su amado Frank Sinatra, ¿serán adrede el frac y la moña negra? Entonces pensó primero, un tanto decepcionada, que la imitación le quitaba originalidad: Bárbara hubiera preferido no haber visto nunca a Sinatra para no terminar por creer que el presentador era, ahora, un hombre tremendamente mundano. Así fue y vino en su pensamiento varias veces, lo cual también formaba parte de un estilo indeciso que terminaba por enlentecer sus razonamientos. Bien podía decirse que el presentador, a pesar de ser un burdo copista, tenía una manera propia de desenvolverse en el escenario, de sonreír a los participantes, de cautivar al público y de persuadir a los espectadores. Al fin y al cabo, también es cierto que, sea en cuestiones de estilo o más allá de ellas, todos tenemos derecho a querer parecernos a alguien. Podría quedarme con la idea de que él es Frank, calculó Bárbara, y rápidamente resolvió la situación con una escena de lágrimas ante el descubrimiento, sabía que no me habías dejado, querido, y no paró de mirar el show de su Frank plenamente embelesada, hasta el final. Porque, aunque nos cueste verlo o demoremos en decirlo, el estilo siempre tiene algo inexplicable, hasta delirante, esa manera pretendidamente subjetiva en que nos apropiamos de las palabras, en que elegimos las formas del decir; y la emoción que le ponemos a cada frase.

Ahora el presentador se despedía, agradecido, de su público fiel, a todos en general muchas gracias, pero la cortina musical no empezó ahí: esta vez Frank optó por detenerse en su amada Bárbara, feliz cumpleaños, esta canción es para ti, y tras el preámbulo del epílogo del programa espetó un intenso I´ve loved, laughed and cried. I´ve had my fill, my share of losing... no, oh, no, not me, I did it my way, compenetrado vehementemente con la música, palabras que tanto caracterizaban el más apasionante de sus estilos.


Pletórica, Bárbara se levantó del sillón y caminó hacia el control, que había quedado sobre la tele. ¿Puede alguien definir el estilo de una persona? ¿Y el potencial estilo? ¿Y el potencial control que cada uno tiene sobre su estilo o sobre su potencial estilo, es definible acaso? Apagó todo, así solo ella y nosotros, cómplices, sabríamos de su llanto, y, lindando un poco con el estilo cursi, entre la confusión, la hipérbole y la redundancia, caminó despacio hacia su habitación, se recostó sobre las sábanas y susurró, entre sueños y en estilo indirecto más por las circunstancias que por la gramática en sí, gracias, querido, igual que aquel día.
Regrets, I´ve had a few
but then again, too few to mention.
I did what I had to do
and saw it through without exemption.
I planned each charted course,
each careful step along the byway.
And more, much more than this,
I did it my way
Frank Sinatra

Hormigas contadas

1.

es negra, diminuta -¿o será la presbicia?- y se desplaza a una velocidad muy superior a la esperable, ondea entre la maceta del ficus y el extremo más lejano del diván; la sigue otra, a pocos centímetros, ¡otras!, dos, seis, nueve, en procesión, ¿hacia dónde?

fue un momento tremendo, de los peores del último tiempo, desapareció, sí, así de la nada, no sabía qué pensar, ni cuándo

suben por la pared color mostaza, se han acercado unas a otras, son una lombriz serpenteante, ¿tienen un destino?

no lo sé, es verdaderamente incierto, ¿acaso alguien se atrevería a afirmar tal o cual desenlace?, él habla por hablar, eso es sabido, no soporta las esperas

están sobre el cuero del diván, remontan la suela de la sandalia del pie derecho, una goma gruesa  antes de la piel, desaparecen bajo el arco pronunciado del empeine

¿cómo resolver?, ¿me lo saco de encima?, quisiera, claro, eso - la voz sacude los brazos y la pierna derecha, la pantorrilla tiembla con el esfuerzo, ¿volaron? – digo, fueeera, fueeera bicho, ¿y listo?, …no es así, no puedo hacerlo desaparecer, ¿o sí?

¿lo hizo sin saberlo?

Dejamos por acá. Te veo el viernes.

2.

¿movió el diván?... está más alejado de la pared, y éste árbol está mal, tiene demasiadas hojas secas, ¿está enfermo?... lo tiene desde que empecé a venir, ¿diez años?, sí, en marzo hizo una década, ¿cuánto vive un arbusto de éstos?, ¿averiguó?, nunca vi ni supe de una planta que muriera de vieja, pero debe de suceder, siempre llega el momento en que se termina …¿cómo nos daremos cuenta?, quizás ya esté acabada, pero hasta que no caiga la última hoja, ¡no lo sabremos!…. ¿qué va a hacer, usted, cuando ya no esté?, el consultorio va a quedar tan vacío sin ...va a sentirse un agujero raro, pero no me gustaría que traiga otro y lo ponga en el mismo lugar. – Hay tres hormigas trepando en fila por una pierna de su pantalón, las observa, las deja avanzar, cuando están a la altura de su abultada barriga les ofrece la mano, ellas trepan, con el dedo índice las aplasta una por una, tiene tres insectos muertos sobre la palma, exhibe los tres cadáveres, -¿los ofrenda?,- está viendo qué hacer con ellos, ¿está escrito?, no lo sabe, por eso decide, lanza los cuerpos a la tierra que abona la gran maceta. Todo dentro de la habitación permanece estático por un breve lapso de tiempo. ¿Muerto? - Quisiera irme ahora, ya fue suficiente, …al menos por hoy.

Estamos de acuerdo.

3.

¿en éste consultorio hay que soportar las hormigas?, ¿es algo terapéutico? …¡¿entendés que me picó?! Mirá, acá – la pierna sube y se dobla, qué flexible es, hay una roncha abultada en el empeine, - ¿no podés matarlas?, o ¿es que estás en contra de la muerte animal?, no me digas que sos de esas; soy alérgica, vos lo sabés, ¿entendés?... allá hay otra, caminan olímpicas por todas partes, tenés el consultorio invadido, ¿sabías?, no puedo creer que no digas nada, que no hagas nada, es insólito, una falta total de consideración para el que viene acá a hablar contigo

en el posa brazos del sillón de la que escucha también hay unos ejemplares atrevidos, ¿qué más podría hacer para eliminarlas?, cuántos bichos viviendo en ¿dónde?… deben vivir dentro del diván, detrás de los zócalos, en los libros abandonados, dentro de los ductos de electricidad, sí, salen de la tapa de la luz, ¿cuántas en un día?, cientos, me canso de contar, me pierdo, también me gusta escuchar lo que dicen los acostados

¿siempre hay que soportar algo?, ¿de eso se trata?, - se rasca el empeine y otra picadura junto al tobillo- mirá, la primera vez que vine, a decir verdad, me quedé por el ficus, … sabés que no quería analizarme, detestaba la idea de ir al psicólogo, pero cuando entré …me pareció un consultorio bosque, es toda una desproporción tener un árbol dentro de un espacio tan pequeño, ¿lo sabés?, me pareció que tenía algo de encantado el lugar y por ese motivo decidí empezar, seguí porque gustaba de estar acá…

 4.

¡cuántas muertes! – el piso brilla alrededor de la gran maceta, el ficus está transpirando una sustancia viscosa, o tal vez sea el nuevo pesticida que luego de un rato exhala esa pátina sobre la que se adhieren los cuerpos quietos- ¿está combatiendo las hormigas? - Sí. -Los venenos en polvo, son fuertes pero no son eficientes, causan irritación en la piel y en la garganta, - se levanta y abre la cortina para que circule más el aire, unas breves gotas mojan la pila de libros junto a la lámpara, los mueve, suspira, ¡está harta de las hormigas!- lo digo por usted, que está el día entero respirando este vaho. Si quiere exterminarlas… -Dígame. –El hombre se incorpora, se mueve hacia el extremo del diván donde se ven los insectos muertos; busca algún ejemplar vivo, en el día de hoy no es sencillo, … sobre el color mostaza se distingue una, se mueve lento, en zigzag.- No son hormigas, esto es una plaga de pulgón, ¿sabe la diferencia entre las hormigas y el pulgón? –Dígame. -El pulgón es un insecto que chupa la savia de las plantas y segrega este líquido que usted tiene acá en el piso, ¿ve este pegote? -. -Ahí tiene la evidencia innegable de que se trata de pulgón. … ¿Quiere que le diga cómo combatir el pulgón? –Dígame.- Hay pesticidas, por supuesto, pero un modo más natural es traer mariquitas. -¿Cómo dice? -Las mariquitas, ubica usted a ¿las mariquitas? -Se refiere ¿a los san Antonio? -Sí, sí, no sé porque dije mariquitas… no vaya a … será por mi hija, vio que en los dibujitosno sé qué más decirle…-Dígame…- pero el silencio se instala, la mujer quisiera que el hombre se enfoque en el pulgón, ¡una vez que encuentra un experto!, pero calla leal a su función; cada uno flota en sus imágenes, ¿sí?, en una de las cabezas, quince insectos a lunares recorren el tronco del ficus y sus hojas, exterminan la plaga, crecen de tanto comer pulgón, provocan un genocidio de pulgón, las supermariquitas se reproducen, son una centena, ¿y después?, qué tremendo el pavor de los finales; en la otra película, no voy a inventar nada, sólo trabajo con realidades, ficciono hechos verdaderos, pero no miento, ¡ella tampoco!, así que no tenemos manera de saber qué sucede en la cabeza del analizante experto en insectos, desde acá dentro no se ve nada

5.

¡qué rico olor! manzana, ¿manzana y canela? –Exacto- pusiste un perfumador, me gusta, siempre fui buena para los olores, los descifro con facilidad, cuando estaba embarazada ¡no sabés lo que era!, hay tantos … vivía haciendo arcadas, huele tan feo…
veintiún cadáveres sobre las cerámicas color beige, ¡qué efectividad el nuevo veneno!

el olor a guiso era el calvario, no sé por qué motivo, vomitaba, dejaba las tripas en el wáter; me dieron aquel remedio para las naúseas, ¿te acordás?… pero me gusta la comida de olla… -¿Qué estás pensando?- … ¿tenés un pañuelo?, lloro, ves, me pongo así, tan triste
¡una fila de hormigas rodeando la mesa de la lámpara y los pañuelos! Se están mudando, vienen para este extremo del consultorio, caminan más lento, están abombadas por… o es una expedición de reconocimiento. – Tomá, servite.

es como acá que hay otro olor debajo de la manzana y la canela, una acidez nauseabunda, un… olía tan mal mi casa en aquel tiempo, yo lo sentía, nadie más parecía notarlo, una cosa quería tapar la otra pero no sé … ¡qué asco! me estoy descomponiendo acostada en el diván, me voy a sentar, …gracias, sí, ahora sí corre una brisa linda
un cementerio sobre el piso, a dos baldosas de sus pies, murieron cincuenta más en media hora

qué distinto se ve todo, ya me siento mejor, gracias, es lindo mirarte…¿a qué olía tu casa? …a veneno; era… ¡qué sé yo! nos íbamos envenenando de a poco, comiendo el guiso y los rencores, en medio de un silencio educadito rascábamos la olla

6.

Hay tres venenos de alto calibre sobre la mesada de la kitchenette - contra hormigas y pulgón- en polvo, en spray, y líquido. Es el arsenal que usará antes de su licencia, para que dentro de quince días el exterminio sea un hecho.
Tiene la ventana bien abierta, mientras rocía con los guantes puestos, todo lo que la rodea. Pasa un paño de piso embebido. Unta el diván, pulveriza los sillones y almohadones, trapea la maceta,  las paredes, dispara dentro de las tapas de luz y del zócalo, separa los muebles para dar la vuelta envenenando el consultorio.

El aire es irrespirable.

Cierra la ventana, y la puerta de la habitación.
no creo que logre exterminarlas, ¿son inmortales?, ¡nada lo es!, ¡no van a sobrevivir!- suspira, mientras intuye a una legión de insectos al otro lado de la puerta, dispuestos a negociar zonas, estaciones del año, proponiendo incluso trabajar en favor de los análisis que se cometen en ese diván, darán pie a inquietudes, fobias, ascos, demandas, pero ella no cede


resopla mientras ordena los implementos de limpieza, se le transparenta el cansancio en los hombros y en el fruncido de la frente, se lava las manos con paciencia, deja correr el agua un buen rato, hasta que ya no se siente el aroma del veneno ni del perfumador, un pensamiento le endereza la espalda, le abre los ojos, la hace suspirar: sin hormigas, ¿con qué contaré?

Mayra Nebril

Psicoanalistas abstenerse

                                                      
 Se trata de la curiosidad,
esa única especie de curiosidad 
        que vale la pena practicar con cierta obstinación:
no la que busca asimilar lo que conviene conocer, 
sino la que permite alejarse de uno mismo… 
                                                            Hay momentos en la vida en los que la  
cuestión de saber si se puede pensar distinto de como se piensa 
y percibir distinto de como se ve  
es indispensable para seguir contemplando o reflexionando.-

Michel Foucault


                      
Aunque te cueste creerlo, ese hombre era muy poderoso hace cincuenta años. Era otro mundo, y estaba de moda hacerse leer los sueños, ¡te lo juro!, y no se trataba de una costumbre de ignorantes vulgares, no, todo lo contrario, salía una fortuna, y había que esperar hasta seis meses para que te diera turno un psicoanalista. Lo sé porque yo fui, era revelador, tenía un magnetismo que te dejaba en un estupor viviente. En serio, tus propias palabras cobraban verdadero sentido, comprendías el mensaje exacto que tenían encerrado en su interior. No mires así, eso era lo que se sentía, y además estaba alineado con una tradición milenaria. Los hubo en Grecia antigua, en Roma, en China, -en todas las civilizaciones cultas- y también en el imperio capitalista. Después, bue, ya sabés

El viejo encorvado y arrugado –con piel de elefante- se acomodó la manta que tenía sobre los hombros, los dos últimos mechones de pelo plateado le aletearon sobre la calvicie, los labios susurraron vaya a saber qué palabras o rezos, y ambas manos lucharon contra un constante temblor. Los dos dudábamos si el onirotraductor se había convertido en mendigo-y le decíamos así porque la palabra psicoanalista había desaparecido, un manto de olvido la escondía, y por eso cuando se desató de la punta de mi lengua, ambos quedamos asombrados haciendo el ejercicio de traer a la memoria lo que tal vocablo encerraba. En cambio los intérpretes de sueños y de casi cualquier cosa habían sobrevivido en la nueva era, soportaban -en la marginalidad-, los pocos divertimentos que la metaciencia había dejado en pie. 

La frazada sobre su cuerpo, y la soledad añejada en la postura de quien sabe que nadie va a sentársele al lado, nos daba a entender que se trataba de un desamparado, pero su mirada vivaz contradecía la fragilidad. 

Debe tener al menos noventa años, no hay bichicomes de tantos años, no se llega a esa edad viviendo a la intemperie, supongo.

Una mujer atravesó la plaza por el sendero diagonal, con decisión hizo golpetear la madera de los tacos contra las piedras, se detuvo en seco frente al hombre, le veíamos la espalda, estaba erecta, balanceaba la cabeza pero su pelo parecía un casco, no se separaba en hebras, cada tantas sacudidas los brazos hacían algún gesto contundente. El viejo había desaparecido detrás de su cadera, no sabíamos si él participaba del intercambio, o si se trataba de un monólogo, hasta que la mujer tomó asiento en el banco junto al hombre, y otra vez fuimos capaces de observarlos con detenimiento a los dos. Había entre ellos una intimidad distante.

Un fajo de dinero, eso fue lo primero que los vimos intercambiar. Recién ahí el traductor de sueños pareció reanimar ojos, manos y cuello. Se acomodó en el asiento, golpeteó las palmas con sus muslos, estaba muy fría la tarde, 8 o quizás 10 grados celsius, pero la brisa nos hacía castañear los dientes. Teníamos la piel erizada a pesar de haber respetado con exactitud la sugerencia de abrigo que el celular nos ofreció apenas nos despertamos. Esa mañana –sé que no es posible, pero así lo pareció-, el sistema tuvo áreas, exagero, pequeños puntos de falla. 
El hombre se enderezó y giró para enfocar a la mujer.

¿Cómo era eso de la traducción de sueños?
No se trataba sólo de traducir sueños, más bien era un procedimiento de descubrimiento de verdad. Ibas, hablabas sin parar, esa era la condición, decir sin sentido, contar sueños, casualidades, insultos, pedazos de cuentos, vaciarte ahí.
¿Te servía?, ¡me resulta una estupidez!
Mirá, ¡ella lo está haciendo!

La mujer decía, fruncía la nariz, el entrecejo, decía, enfatizaba con las manos, decía, de pronto se largó a llorar, él viejo escuchaba, suponemos, pero no es seguro, asentía, cada tanto subía y bajaba la cabeza con levedad, no se conmovía con las lágrimas, ni con los alaridos. Nosotros nos levantamos y sin acordarlo supimos que debíamos intentar acercarnos. Pasamos por delante de la pareja, el traductor me miró durante dos o tres segundos, dudo que me reconociera, cuando lo veía regularmente tenía veinte o quizás veinticinco años, pero sé con certeza que me observó, sentí su mirada, y la incipiente sonrisa en la comisura de sus labios secos. No había vuelto a pensar en él. Su presencia, aquella que convocaba mis racimos de frases bien hilvanadas, había caído en un pozo de mi memoria, pero al verlo se entibió una zona del recuerdo, esa a la que nos gustaba llamarle lo inconsciente, me dio tanta gracia, ¡lo inconsciente!, creíamos tanto en él, con sólo adjetivar así estábamos advirtiendo que éramos propensos a la revelación. Todos queríamos acceder a esas oscuridades que nos eran ajenamente propias. Por eso pedíamos hora, y esperábamos con orgullo y paciencia. Dimos vuelta por el sendero de pedregullo, queríamos llegar a un murito de cemento y piedra que había detrás de donde estaban la mujer y el traductor.

¿Por qué dejó de existir esa profesión?
Se prohibió, la ciencia descubrió que eran chantajes, estafas, y sugestiones. Cayó en desuso. 
¿Es ilegal?
Al menos cuando estalló el conflicto, ¿2016?, sí, hace medio siglo ya desde que se redactó la ley: Psicoanalistas abstenerse.
¡Qué nombre! ¿Qué hicieron los que se dedicaban a eso?
Algunos fueron presos por ignorar el decreto, otros emigraron. Japón -y algunos otros países de oriente- los recibieron y los dejaban trabajar.
¿El idioma?
Alcanzaba con que la persona que hablaba creyera, y con que ellos fueran capaces de entender el ritmo de esa lengua, podían hacerlo si comprendían dónde interrumpir, era un arte de corte, al menos eso decía mi psicoanalista, el que era hace cincuenta años, y también gustaba decir que No se sabe, lo cual aunque te cueste imaginarlo, era una enorme liberación. 
¡No saber y cortar, qué estupidez! ¿Vos …- ya estaban sentados y no quiso terminar la frase por temor a que del otro lado se escuchara con claridad lo que hablaban. Acomodaron los cuerpos con las orejas orientadas hacia el banco en el que acontecía el encuentro, la mujer hablaba tan alto que no era necesario esforzarse demasiado para saber de qué iba la conversación, el hombre aportaba suspiros que pautaban la cadencia de las frases, no le escuchamos decir nada más, absolutamente nada hasta que veinte minutos más tarde le dijo, Suficiente por hoy, si quiere ya sabe dónde y cuándo encontrarme. La mujer le agradeció, estaba emocionada, agitada, su tono de voz estaba afectado mucho más de lo aconsejable, seguramente estuviera vibrándole el sensor, se paró y deshizo sus pasos por el sendero en diagonal.

Es como hablarle a un oráculo mudo, ¡qué primitivo, y qué tonto!, poner al inconsciente en el lugar de dios, qué extraño entender esa sucesión como un progreso, religión y después psicoanálisis- ese fue el momento en que la palabra resucitó de forma completa para los dos- ¡gente civilizada entregada al ocultismo!, ¿cómo puede hablar sabiendo que no hay nada? ¡Está comprobado, y ella lo sabe! Me indigna. Nos compromete a todos. Sabemos, los experimentos no dejaron margen de error, ¿cómo puede darle espacio a las dudas?

Me disculpé, y me despedí. Esperé unos minutos en la esquina y regresé. 

Fui directo a sentarme junto al viejo, nos miramos, sonreí, él esperó, anhelé los tiempos en los que mi fe me permitía creer en que había algo más allá o más acá, comencé a hablar, tenía ilusiones de que lo inconsciente aún viviera en mí, que resucitara entre nosotros. 
A las pocas frases me envolvió el silencio ajustado del ridículo, me sonrojé, mi voz se quebró, bastó con que él dijera Te escucho, sí, dejate decir, continúa, por favor, para que rasgáramos el presente, y entráramos con naturalidad en aquella ajenidad a la que ahora llamábamos la humana precariedad.


Mayra Nebril

Álvaro de Campos, su poesía

Aplazamiento

Pasado mañana, sí, sólo pasado mañana…
pasaré mañana pensando en pasado mañana,
y así será posible; pero hoy no…
No, hoy nada, hoy no puedo.
La persistencia confusa de mi subjetividad objetiva,
el sueño de mi vida real, intercalado,
el cansancio anticipado e infinito,
Un cansancio de mundo para tomar un tranvía…
Esta especie de alma…
                  Sólo pasado mañana…
Hoy quiero prepararme,
quiero prepararme para pensar mañana en el día siguiente.
Éste es el decisivo.
Tengo ya el plan dibujado; pero no, hoy no dibujo planos…
Mañana es el día de los planos.
Mañana he de sentarme al escritorio para conquistar
  el mundo;
Pero sólo conquistaré el mundo pasado mañana…
Tengo ganas de llorar,
tengo ganas de llorar mucho de repente, desde adentro.

No, no quieran saber nada más, es secreto, no lo digo.
Sólo pasado mañana…
Cuando era niño el circo del domingo me divertía
   toda la semana.
Hoy sólo me divierte el circo del domingo de toda la semana
   de mi infancia…
Pasado mañana seré otro,
mi vida ha de triunfar,
todas mis cualidades reales de inteligente, culto y práctico
serán enunciadas por una editorial…
Pero una editorial de mañana…
Hoy quiero dormir, redactaré mañana…
Por hoy, ¿cuál es el espectáculo que repetirá mi infancia?
Lo mismo para que yo compre los boletos de mañana,
que pasado mañana es cuando estará bien el espectáculo.
Antes, no…
Pasado mañana tendré la pose pública que mañana estudiaré
Pasado mañana seré finalmente aquel que hoy no puedo
   nunca ser.
Sólo pasado mañana…
Tengo sueño como frío tiene un perro vagabundo.
Tengo mucho sueño.
Mañana te diré las palabras, o pasado mañana…
Sí, tal vez sólo pasado mañana…

El porvenir…
Sí, el porvenir…



Insomnio

No duermo ni espero dormir.
Ni en la muerte espero dormir.
Me espera un insomnio de la amplitud de los astros
y un bostezo inútil tan extenso como el mundo.
No duermo. No puedo leer cuando despierto de noche,
no puedo escribir cuando despierto de noche,
no puedo pensar cuando despierto de noche.
¡Dios mío, ni puedo soñar cuando despierto de noche!
¡Ah, el opio de ser otra otra persona [portugués: pessoa] cualquiera!
No duermo; yazgo, cadáver despierto, sintiendo,
y mi sentimiento es un pensamiento vacío.
Pasan por mí, trastornadas, cosas que me sucedieron:
todas aquellas de las que me arrepiento y me culpo;
pasan por mí, trastornadas, cosas que no me sucedieron:
todas aquellas de las que me arrepiento y me culpo;
pasan por mí, trastornadas, cosas que no son nada,
y hasta de esas me arrepiento, me culpo, y no duermo.
No tengo fuerza para tener la energía de encender un cigarrillo.
Miro la pared de enfrente del cuarto como si fuese el universo.
Por fuera hay el silencio que tiene todo eso.
Gran silencio aterrador en otra ocasión cualquiera,
en otra ocasión cualquiera en que yo pudiera sentir.
Estoy escribiendo unos versos realmente simpáticos:
versos que dicen que nada tengo que decir,
versos que insisten en decirlo,
versos, versos, versos, versos...
Tantos versos...
Y la verdad entera y la vida entera, fuera de ellos y de mí.
Tengo sueño, no duermo, siento y no sé en qué sentir.
Soy una sensación sin la correspondiente persona [pessoa],
una abstracción de autoconsciencia sin qué,
salvo lo necesario para sentir consciencia,
salvo… yo qué sé salvo qué...
No duermo. No duermo. No duermo.
¡Qué gran sueño en toda la cabeza, y encima de los ojos, y en el alma!
¡Qué gran sueño en todo, excepto en poder dormir!
Oh amanecer, tardas tanto... Ven...
Ven inútilmente
a traerme otro día igual a éste,
al que seguirá otra noche igual a ésta.
Ven a traerme la alegría de esta esperanza triste,
porque siempre eres alegre, y siempre traes esperanzas,
según la vieja literatura de las sensaciones.
Ven, trae la esperanza, ven, trae la esperanza.
Mi cansancio penetra colchón adentro.
Me duele la espalda por no estar acostado de lado.
Si estuviera acostado de lado me dolería la espalda por estar acostado de lado.
Ven, amanecer, llega.
¿Qué hora es? No lo sé.
No tengo energía para tender una mano hasta el reloj.
No tengo energía para nada, para nada de nada...
Sólo para estos versos, escritos al día siguiente.
Sí, escritos al día siguiente.
Todos los versos siempre se escriben al día siguiente.
Noche absoluta, sosiego absoluto, ahí afuera.
Paz en toda la Naturaleza.
La Humanidad reposa y olvida sus amarguras.
Exactamente.
La Humanidad olvida sus alegrías y sus amarguras.
Es lo que suele decirse.
La Humanidad olvida, sí, la Humanidad olvida.
Pero es que, incluso despierta, la Humanidad olvida.
Exactamente. Pero yo no duermo.



Todas las cartas de amor son ridículas

Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen
ridículas.

También escribí en mi tiempo cartas de amor,
como las demás,
ridículas. 
Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.

Pero, al fin y al cabo,
sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor
sí que son
ridículas.

Quién me diera el tiempo en que escribía
sin darme cuenta
cartas de amor
ridículas.

La verdad es que hoy mis recuerdos
de esas cartas de amor
sí que son
ridículos.

(Todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente
ridículas).



Álvaro de Campos, ¡o el opio de ser otra otra pessoa cualquiera!



El 13 enero de 1935, Pessoa envía una carta a su discípulo de Coimbra, el escritor Adolfo Casais Monteiro, en la que habla acerca de la génesis de los heterónimos. Dice Pessoa:

Desde niño he tenido la tendencia a crear a mi alrededor un mundo ficticio, a rodearme de amigos y conocidos que nunca han existido. (No sé, bien entendido, si realmente no han existido o si soy yo el que no existe. En estas cosas, como en todo lo demás, no debemos ser dogmáticos). Desde que me conozco como aquel que defino «yo», recuerdo haber dibujado mentalmente, en el aspecto, movimientos, carácter e historia, varias figuras irreales que eran para mí tan visibles y mías como las cosas que llamamos, tal vez abusivamente, la vida real. Esta tendencia, que tengo desde que recuerdo ser un «yo», me ha acompañado siempre, variando levemente el adagio musical con el que me fascina, pero sin alterar nunca su carga de fascinación.

Y añade unos párrafos después:

Hacia 1912, salvo errores (que de cualquier manera serán mínimos), me vino la idea de escribir alguna poesía de índole pagana. Esbocé algo en versos irregulares (no en el estilo de Álvaro de Campos, sino en un estilo de media regularidad), y lo deje. Se había esbozado en mí, sin embargo, en una mal tejida penumbra, un vago retrato de la persona que estaba escribiendo aquellos versos. (Había nacido, sin que yo lo supiese, Ricardo Reis).
Un año y medio o dos después, un día se me ocurrió gastarle una broma a Sá-Carneiro: inventar un poeta bucólico, bastante sofisticado y presentárselo, no me acuerdo ya de qué modo, como si fuese real. Pasé algunos días elaborando al poeta sin que me viniese nada a la mente. Al final, un día en que había desistido -era el 8 de marzo de 1914- me acerqué a una cómoda alta y tras recoger una hoja de papel, comencé a escribir, de pie, como escribo cada vez que puedo. Y escribí treinta y tantas poesías, seguidas, en una especie de éxtasis del que no conseguí definir su naturaleza. Fue el día triunfal de mi vida, y nunca podré tener ya un día semejante. Comencé con un título O Guardador de Rebhanos. Y lo que siguió fue la aparición en mí de alguien a quien inmediatamente di el nombre de Alberto Caeiro. Perdóneme lo absurdo de la frase: en mí había aparecido mi Maestro. Fue ésta mi inmediata sensación. Tanto que, apenas escritas las treinta y tantas poesías, cogí otra hoja de papel y escribí, inmediatamente, las seis poesías que constituyenChuva Oblíqua, de Fernando Pessoa. Inmediata y totalmente ... Fue el regreso de Fernando Pessoa-Alberto Caiero a Fernando Pessoa-él solo. O mejor, fue la reacción de Fernando Pessoa a la propia inexistencia de Alberto Caeiro.
Aparecido Alberto Caeiro, me puse inmediatamente a buscarle, instintiva y subconscientemente, unos discípulos. Extraje de su falso paganismo al Ricardo Reis latente, le descubrí el nombre y se lo adapté, porque entonces ya lo veía. Y, de repente, y por derivación opuesta a la de Ricardo Reis, me vino a gala impetuosamente un nuevo individuo. De sopetón, y en la máquina de escribir, sin interrupciones ni correcciones, surgió la Oda Triunfal de Álvaro de Campos: la Oda con este nombre y el hombre con el nombre que tiene.

Álvaro de Campos surge cuando Fernando Pessoa siente “um impulso para escrever”, dice que Campos se ubica en el “extremo oposto, inteiramente oposto, a Ricardo Reis”, a pesar de ser también discípulo de Caeiro.

Campos es un ingeniero naval y viajante, es un vanguardista cuya poesía evoluciona con el tiempo. Acerca de los datos biográficos de éste heterónimo deja escrito en una carta:

Álvaro de Campos nació en Tavira el 15 de octubre de 1890 (a las 13,30 (...) y es verdad, porque hecho el horóscopo con esa hora ha resultado exacto). Éste, como usted sabe, es ingeniero naval (ha estudiado en Glasgow), pero actualmente se encuentra aquí en Lisboa, sin ejercitar su profesión. (...) Álvaro de Campos es alto (m.1,75, 2 cm más que yo), delgado y con tendencia a encorvarse. (...) la cara afeitada (...) entre blanco y moreno, vagamente del tipo hebreo portugués pero con el pelo liso y normalmente con la raya a un lado, monóculo. (...) ha recibido la normal instrucción del bachillerato, después fue mandado a Escocia a estudiar ingeniería, primero mecánica y después naval. Durante unas vacaciones hizo un viaje a Oriente, del que nació la poesía Opiário. Le enseñó latín un tío de Beira que era sacerdote.


Fernando PESSOA, "Carta a Adolfo Casais Monteiro”. En TABUCCHI, Un baúl lleno de gente

Pessoa, ¡qué viaje!

Por Mayra Nebril

Algunos fragmentos del Libro del desasosiego nos ponen a conversar mucho en Langue Lengue. Pessoa con sus afirmaciones contundentes, recorta temas que dividen posiciones. En su fragmento 138, del cual hice un recorte a su vez para poner el foco en el asunto que me interesa, deja plantedo: ¿viajar o no viajar?, ¡esa es la cuestión!

Nos obligó entonces a darle cuerpo a las opiniones, a buscar filósofos, escritores, pintores aliados, que nos ayudaran a contraponer, a definir cómo decir, a descubrir por qué nos dejaba frente a reacciones viscerales con sus sentencias, e incluso preguntándonos ¿qué es lo que realmente pienso de esto?

¿Qué significa viajar, y para qué sirve? Cualquier ocaso es el ocaso; no es necesario ir a verlo a Constantinopla. ¿La sensación de liberación que nace de los viajes? Puedo experimentarla saliendo de Lisboa y yendo hasta Benfica, y experimentarla de modo más profundo que quien va de Lisboa a China. Porque si la liberación no está dentro de mí, no está, para mí, en ninguna parte…

Quien cruzó todos los mares cruzó tan sólo la monotonía de sí mismo. Yo ya crucé más mares que nadie. Ya vi más montañas que las que hay en la tierra. Pasé ya por más ciudades que las existentes, y los grandes ríos de ninguno de los mundos fluyeron, absolutos, bajo mis ojos contemplativos. Si viajara, sólo encontraría la débil copia de lo que ya había visto sin viajar…

¿Qué puede darme China que mi alma no me haya dado ya? Y, si mi alma no me la puede dar, ¿cómo ha de dármelo China, si es con mi alma como veré China, si es que la veo? Podré ir a buscar riqueza a Oriente, pero no riqueza de alma porque la riqueza de mi alma soy yo mismo, y yo estoy donde estoy, con Oriente o sin él.

Entiendo que viaje quien sea incapaz de sentir. Por eso son tan pobres siempre, como libros de experiencia, los libros de viaje, valiendo tan sólo lo que valga la imaginación de quienes los escriben. Y si quien los escribe tiene imaginación, tanto puede encantarnos con la descripción minuciosa, fotográfica a modo de estandartes, de paisajes que imaginó, como con la descripción, forzosamente menos minuciosa, de los paisajes que creyó haber visto. Somos todos miopes, excepto para dentro. Sólo el sueño ve con la mirada.    
Pág 147/48 Libro del desasosiego      

Los viajes.
En la última semana hemos hablado mucho de viajes, de los internos y de los externos, de la posibilidad de conocer cosas –nuevas- que nos permitan cambiar de opinión, de perspectiva, de modo de pensar, ¿o no?, ¿no son las cosas?, ¿ni las personas?, ¿todo se trata de y transcurre en el interior de uno mismo?

Pessoa y su ensimismamiento, ¡cuántas interrogantes!

¿Será que no es necesario moverse para que las cosas cambien?, a veces sí, a veces no, o quizás incluso depende de para quien, ¿toda posibilidad de transformación está en uno mismo?, como semilla, quizás, pero ¿qué valor tiene el otro, como otro distinto, ajeno para que la cuestión prospere en un sentido o en otro?, ¿qué valor tiene la experiencia de ir y volver, la experiencia de buscar, la experiencia de pasar por determinados lugares, de pasar por otro/s?, ¿qué lugar otorgarle a lo que encontramos?

Viajar, encontrarse con cosas desconocidas, desprenderse del lugar propio, del lugar común, de las certezas -ficticias o no- de lo cotidiano, descubrir lenguas, sabores, olores, temperaturas, colores, nuevos modos de ordenar las mismas cosas de siempre, asuntos inauditos-inauditos en todos sus sentidos, inauditus- músicas, sonidos callejeros, conocer gente, cambiar el contexto, los pretextos, poner al yo en otras circunstancias.

Me cuesta darle crédito a la pregunta ¿de qué sirve viajar?, porque es obvio que hay un placer en juego, uno viaja y se divierte, también se aliviana, y sobretodo descubre. Entonces, ¿cómo puede Pessoa desconocerlo? No lo desconoce, en verdad dice que esos descubrimientos sería uno capaz de hacerlos sentado en el living de su casa. ¿Tendrá razón?

Claro, de pronto comprendí que ¡esta afirmación tiene historia, éste ha sido un tema para la filosofía desde Aristóteles, pasando por Locke, Kant, Heidegger, hasta Deleuze! Los objetos, los sujetos y los modos de acceso al conocimiento. No soy gran conocedora de filosofía y los pocos conocimientos que tengo están enredados en una nube que enmaraña nombres y tiempos, así que dado el interés que el tema me despertó fui a picotear lecturas en las que se reseñan autores, historias de la filosofía, y síntesis de ese tenor que me pudieran refrescar cómo es que se dividen las aguas acerca de si hay una esencia, una forma a conocer en las cosas, y por lo tanto habría un conocimiento singular a realizar, de ese sujeto con esa cosa en particular, por lo tanto viajar estaría recomendado-es una suposición, claro está- por ejemplo por Aristóteles que podría haber afirmado Venga a Grecia, encontrará la esencia de unas cuantas cosas y ya no será el mismo que antes de viajar.

Pero la pregunta se recortó con más fuerza en la modernidad, ¿todo lo que conocemos y podemos llegar a saber nos llega por los sentidos?, ¿o por estructuras de conocimiento, de pensamiento previas a lo que vamos a percibir?, ¿o será en el intercambio posible entre ese sujeto y ese objeto, en un orden histórico dado, que surja una idea producto de esa experiencia?

Si los objetos no son realidades independientes del que mira, si percibir es una actividad, el sentido estaría en el sujeto no en las cosas, ¡una revolución!, el asunto es lo que el sujeto puede concluir del objeto, entonces ¿para qué va a venir?, ¡quédese, ahorre dinero y energías, concéntrese en descubrir lo que ya está en usted, con eso será suficiente, además no hay más, así que póngalo en su mundo y estese quieto! De hecho dicen que Kant jamás se movió de su pueblo, -a diferencia de Pessoa cuya infancia lo llevó a aventurarse en otras tierras,- se quedó en su ciudad y mantuvo las rutinas como modo riguroso de vida. Kant y Pessoa, con más de 100 años de diferencia entre uno y otro, sostienen que es imposible contactar con las cosas en sí mismas, por lo tanto uno es capaz de descubrir lo que vaya a ser capaz de descubrir sin moverse del living o el sótano de su casa.

Podemos decir también, tomados de la mano de Heidegger, que el ser-en-el-mundo tendrá que lidiar con las posibilidades que se abren cotidianamente para cada quien, posibilidades que definen el sentido de las cosas, posibilidades que tomamos o descartamos, pero siempre teniendo a la vista que una sola posibilidad es absolutamente cierta, ¡la muerte!, la temporalidad. Así que, ¿viajar o no viajar?, ¡viaje!, salga de la mediocridad de la rutina, vaya a conocer otras culturas, elija otras lenguas, el lenguaje es la casa del ser, poetice, descubra lo mismo una y otra vez, lo mismo ¡su muerte! que seguro está ahí, pero es una buena idea tomar esa posibilidad que lo llevará lo más lejos que esté a su alcance, para que sea allí que lo encuentre-si es al regreso mejor, por supuesto-la muerte.

Supongo que puedo también decir, Dele al yo nuevas circunstancias, ¡Viaje a la China!, o porque no explicarle: Póngase en marcha, sólo allí acontecerá eso y no otra cosa, por lo tanto –aun no siendo seguro que el acontecimiento sea placentero-, con seguridad no será el mismo que si estuviera echado en el sillón de su casa.


En conclusión, si es que tal expresión aplica a esta sucesión de párrafos que al mejor estilo Cantinflas, ¡Ahí está el detalle!, ni lo uno, ni lo otro, sino todo lo contrario, puedo asegurarles que aún sin saber bien en cuál de todos los argumentos me apoyo, puedo afirmar que no es lo mismo ir a China que no haber ido, y lo digo sin conocer Oriente, lo sentencio desde el teclado de mi computadora que por ahora está en un rincón del comedor de mi casa.

Metáforas del desasosiego

por Elianna Pascual

“Estas páginas, en las que voy haciendo anotaciones con una claridad que para ellas perdura,
las acabo de releer y me interrogo. ¿Qué es esto, para qué todo esto?
¿Quién soy yo cuando estoy sintiendo? ¿Qué es lo que muero cuando soy?
Como alguien que desde una gran altura intenta distinguir las vidas de un valle,
así yo me contemplo desde una cima y soy, con todo lo demás,
un paisaje indiferenciado y confuso.” (63, pág. 77)

Quiero leer a Pessoa y jugar y reírme, porque Pessoa me hace entrar en esa especie de tragedia que termina siendo una rayuela, si habla él o si habla el heterónimo o cómo definir un heterónimo a partir de él, o cómo definir el Estilo. Quiero hacer como la avioneta del sueño que por fin despega, en el tercer intento lo logra. Acá va mi segundo intento con Pessoa, quiero creer que tendré una oportunidad más con ustedes. Quiero despegarme de Pessoa pero con él, como si por fin reivindicara esta realidad más real y más mediocre de lo que tantos quisieran, pero tanto más coherente por cierto, de lo que algunos otros pudieran aspirar.

Revisando lo leído y subrayado en este primer tercio del libro, me propuse buscar la definición más exacta –para mí, en este hic et nunc-, de Desasosiego. Por ahora he encontrado varias pero voy a tomar arbitraria y subjetivamente dos, una que comporta un párrafo y otra que comporta una imagen.

  • El párrafo
“El cansancio de todas las ilusiones y de todo lo que hay en las ilusiones–su pérdida, la inutilidad de tenerlas, el pre-cansancio de tener que tenerlas para poder perderlas, la pena de haberlas tenido, la vergüenza intelectual de haberlas tenido sabiendo que tendrían un final así.” (68, pág. 81)


  • La imagen que para mí representa una gran definición semiótica del desasosiego, es el título que aparece en el apartado 66 de la página 78                                                                                                                  “ENCOGERSE DE HOMBROS”
Busqué una imagen que mostrara lo que veo yo cuando me imagino una situación tan desasosegante que produce esta conmoción corporal, que aparece antes que la palabra; una expresión tan humana y tan inevitable que cualquiera sería capaz de ver y de entender. Y encontré este dibujo que tomo prestado de http://sp.depositphotos.com/73589553/stock-illustration-comic-cartoon-man-shrugging-shoulders.html


Me gusta leer textos y encontrar figuras literarias. Y hallar el entimema. Me apasiona descubrir los diversos usos que se puede dar a una palabra. El estricto, el figurado. El etimológico, el menos usado, el lugar común. Y tantas posibilidades más. Recuerdo que la primera palabra que me detuvo en la lectura del Libro del desasosiego fue resignar. Era verano y Paola, Mayra y yo emprendíamos nuestras primeras impresiones en torno al texto de Soares. Recuerdo que conversamos mucho sobre el párrafo donde aparecía este término, hasta que Joan Corominas nos iluminó con su sabiduría.











En la búsqueda de resignar, Corominas nos envió a signar, y de allí a seña. Utilizada en un sentido estricto, la palabra es de la época de las carabelas de Colón, quiere decir “anular” o propiamente “romper el sello que cierra algo”. Después de constatar esto, me pregunto cómo fue que terminamos usándola como la usamos hoy en día.
Si intento preguntarme, desde una óptica de la literatura, qué significa esto, creo que debería responderme: esto es un juego. Como la Rayuela. O como armar un puzzle gigante. El desasosiego de Pessoa, lejos de desahuciarnos nos sumerge en un laberinto de sentidos cada vez. Interminable embrollo. Con sentidos exquisitos por cierto.


Las figuras literarias son otro ejemplo, otra manera de jugar. En las cien primeras páginas de Pessoa encontré, hasta ahora, tres distintos arreglos de figuras literarias: aquellas que abarcan un enunciado, las que abarcan un párrafo o más y cuyo entimema es una figura retórica, y las que implican una imagen. Me divierte mucho sumergirme en este desafío cada vez que leo o releo cada párrafo de Pessoa. Y si bien temo equivocarme, voy a compartir, a continuación, algunas fichas de este puzzle que se va armando para mí.

Para terminar, voy a dejarles un link. Es curioso advertir ahora que la oportunidad en que hablamos puntualmente de las Figuras Retóricas en nuestro blog fue para reflexionar sobre El Humor. En esa oportunidad tomamos prestadas las definiciones que proporciona el Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje, de Ducrot y Todorov. El libro del desasosiego es, a partir de ahora y hasta que alguien agregue algo distinto, la prueba de que todo texto en el que se produce humor tiene algún recurso literario pero, no necesariamente todo texto literario produce risa. http://languelengue.blogspot.com.uy/2013/09/elocutio.html

He elegido algunos fragmentos del Libro del desasosiego para proponerles un juego. La idea es que ustedes cuenten qué figuras retóricas ven en ellos. Algunas de las que yo veo son sinestesia, hipálage, y oxímoron… ¡A ver si me cuentan dónde las ven ustedes, también!

  • “En mi corazón hay una paz de angustia, y mi sosiego está hecho de resignación.” (3, pág. 19)
  • “Siento. Tengo frío de fiebre. Soy yo.” (67, pág. 81)
  • “Con lentitud, el pestañar azul blanco de una luciérnaga va sucediéndose a sí mismo. En torno a ella, oscuro, el campo es una gran ausencia de ruido que huele casi bien. La paz de todo duele y pesa. Un tedio informe me ahoga.” (50, pág. 59)
  • “Todo me cansa, incluso lo que no me cansa. Mi alegría es tan dolorosa como mi dolor.” (80, pág. 93)
  • “Una tristeza de crepúsculo, hecha de cansancios y de renuncias falsas, un tedio de sentir alguna cosa, un dolor como de un sollozo detenido o de una verdad conseguida. Se extiende por mi alma desatenta este paisaje de abdicaciones–bulevares de gestos abandonados, altos macizos de sueños ni siquiera bien soñados, inconsecuencias, como muros de boj separando caminos vacíos, suposiciones, como viejos tanques sin surtidor vivo, todo se enmaraña y se visualiza pobre en el desaliño triste de mis sensaciones confusas.” (47, pág. 57)
  • “Con estas reflexiones me consuelo, ya que no puedo consolarme con la vida. Y el símbolo se me funde con la realidad cuando, transeúnte de cuerpo y alma por estas calles bajas que van a dar al Tajo, veo los altos claros de la ciudad resplandecer, como la gloria ajena, con las luces diversas de un sol que ya ni siquiera está en su ocaso.” (73, pág. 87)
  • “Este mar es agua salada. Este ocaso es comenzar a faltar la luz del sol en esta latitud y longitud. Este niño, que juega delante de mí, es un montón intelectual de células–más aún, es una relojería de movimientos subatómicos, extraño conglomerado eléctrico de millones de sistemas solares en miniatura mínima.” (58, págs. 70-71)
  • “Crecen árboles, pero a su sombra hay bancos. En su alineación de cara a los cuatro costados de la ciudad, allí sólo plaza, los bancos son mayores y casi siempre tienen abundancia de poca gente.” (67, pág. 80)
  • “El aplauso llega hasta el cuarto piso donde vivo y choca con el mobiliario tosco de mi cuarto barato, con la ordinariez que me rodea y me humilla de la cocina al sueño.” (54, pág. 65)
“Soy como alguien que busca al azar, no sabiendo donde se ocultó
el objeto que nunca le dijeron lo que era. Jugamos al escondite con nadie.
Hay en algún sitio un subterfugio transcendente,
una divinidad fluida y solo oída.” (63, pág. 77)

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