Psicoanalistas abstenerse

                                                      
 Se trata de la curiosidad,
esa única especie de curiosidad 
        que vale la pena practicar con cierta obstinación:
no la que busca asimilar lo que conviene conocer, 
sino la que permite alejarse de uno mismo… 
                                                            Hay momentos en la vida en los que la  
cuestión de saber si se puede pensar distinto de como se piensa 
y percibir distinto de como se ve  
es indispensable para seguir contemplando o reflexionando.-

Michel Foucault


                      
Aunque te cueste creerlo, ese hombre era muy poderoso hace cincuenta años. Era otro mundo, y estaba de moda hacerse leer los sueños, ¡te lo juro!, y no se trataba de una costumbre de ignorantes vulgares, no, todo lo contrario, salía una fortuna, y había que esperar hasta seis meses para que te diera turno un psicoanalista. Lo sé porque yo fui, era revelador, tenía un magnetismo que te dejaba en un estupor viviente. En serio, tus propias palabras cobraban verdadero sentido, comprendías el mensaje exacto que tenían encerrado en su interior. No mires así, eso era lo que se sentía, y además estaba alineado con una tradición milenaria. Los hubo en Grecia antigua, en Roma, en China, -en todas las civilizaciones cultas- y también en el imperio capitalista. Después, bue, ya sabés

El viejo encorvado y arrugado –con piel de elefante- se acomodó la manta que tenía sobre los hombros, los dos últimos mechones de pelo plateado le aletearon sobre la calvicie, los labios susurraron vaya a saber qué palabras o rezos, y ambas manos lucharon contra un constante temblor. Los dos dudábamos si el onirotraductor se había convertido en mendigo-y le decíamos así porque la palabra psicoanalista había desaparecido, un manto de olvido la escondía, y por eso cuando se desató de la punta de mi lengua, ambos quedamos asombrados haciendo el ejercicio de traer a la memoria lo que tal vocablo encerraba. En cambio los intérpretes de sueños y de casi cualquier cosa habían sobrevivido en la nueva era, soportaban -en la marginalidad-, los pocos divertimentos que la metaciencia había dejado en pie. 

La frazada sobre su cuerpo, y la soledad añejada en la postura de quien sabe que nadie va a sentársele al lado, nos daba a entender que se trataba de un desamparado, pero su mirada vivaz contradecía la fragilidad. 

Debe tener al menos noventa años, no hay bichicomes de tantos años, no se llega a esa edad viviendo a la intemperie, supongo.

Una mujer atravesó la plaza por el sendero diagonal, con decisión hizo golpetear la madera de los tacos contra las piedras, se detuvo en seco frente al hombre, le veíamos la espalda, estaba erecta, balanceaba la cabeza pero su pelo parecía un casco, no se separaba en hebras, cada tantas sacudidas los brazos hacían algún gesto contundente. El viejo había desaparecido detrás de su cadera, no sabíamos si él participaba del intercambio, o si se trataba de un monólogo, hasta que la mujer tomó asiento en el banco junto al hombre, y otra vez fuimos capaces de observarlos con detenimiento a los dos. Había entre ellos una intimidad distante.

Un fajo de dinero, eso fue lo primero que los vimos intercambiar. Recién ahí el traductor de sueños pareció reanimar ojos, manos y cuello. Se acomodó en el asiento, golpeteó las palmas con sus muslos, estaba muy fría la tarde, 8 o quizás 10 grados celsius, pero la brisa nos hacía castañear los dientes. Teníamos la piel erizada a pesar de haber respetado con exactitud la sugerencia de abrigo que el celular nos ofreció apenas nos despertamos. Esa mañana –sé que no es posible, pero así lo pareció-, el sistema tuvo áreas, exagero, pequeños puntos de falla. 
El hombre se enderezó y giró para enfocar a la mujer.

¿Cómo era eso de la traducción de sueños?
No se trataba sólo de traducir sueños, más bien era un procedimiento de descubrimiento de verdad. Ibas, hablabas sin parar, esa era la condición, decir sin sentido, contar sueños, casualidades, insultos, pedazos de cuentos, vaciarte ahí.
¿Te servía?, ¡me resulta una estupidez!
Mirá, ¡ella lo está haciendo!

La mujer decía, fruncía la nariz, el entrecejo, decía, enfatizaba con las manos, decía, de pronto se largó a llorar, él viejo escuchaba, suponemos, pero no es seguro, asentía, cada tanto subía y bajaba la cabeza con levedad, no se conmovía con las lágrimas, ni con los alaridos. Nosotros nos levantamos y sin acordarlo supimos que debíamos intentar acercarnos. Pasamos por delante de la pareja, el traductor me miró durante dos o tres segundos, dudo que me reconociera, cuando lo veía regularmente tenía veinte o quizás veinticinco años, pero sé con certeza que me observó, sentí su mirada, y la incipiente sonrisa en la comisura de sus labios secos. No había vuelto a pensar en él. Su presencia, aquella que convocaba mis racimos de frases bien hilvanadas, había caído en un pozo de mi memoria, pero al verlo se entibió una zona del recuerdo, esa a la que nos gustaba llamarle lo inconsciente, me dio tanta gracia, ¡lo inconsciente!, creíamos tanto en él, con sólo adjetivar así estábamos advirtiendo que éramos propensos a la revelación. Todos queríamos acceder a esas oscuridades que nos eran ajenamente propias. Por eso pedíamos hora, y esperábamos con orgullo y paciencia. Dimos vuelta por el sendero de pedregullo, queríamos llegar a un murito de cemento y piedra que había detrás de donde estaban la mujer y el traductor.

¿Por qué dejó de existir esa profesión?
Se prohibió, la ciencia descubrió que eran chantajes, estafas, y sugestiones. Cayó en desuso. 
¿Es ilegal?
Al menos cuando estalló el conflicto, ¿2016?, sí, hace medio siglo ya desde que se redactó la ley: Psicoanalistas abstenerse.
¡Qué nombre! ¿Qué hicieron los que se dedicaban a eso?
Algunos fueron presos por ignorar el decreto, otros emigraron. Japón -y algunos otros países de oriente- los recibieron y los dejaban trabajar.
¿El idioma?
Alcanzaba con que la persona que hablaba creyera, y con que ellos fueran capaces de entender el ritmo de esa lengua, podían hacerlo si comprendían dónde interrumpir, era un arte de corte, al menos eso decía mi psicoanalista, el que era hace cincuenta años, y también gustaba decir que No se sabe, lo cual aunque te cueste imaginarlo, era una enorme liberación. 
¡No saber y cortar, qué estupidez! ¿Vos …- ya estaban sentados y no quiso terminar la frase por temor a que del otro lado se escuchara con claridad lo que hablaban. Acomodaron los cuerpos con las orejas orientadas hacia el banco en el que acontecía el encuentro, la mujer hablaba tan alto que no era necesario esforzarse demasiado para saber de qué iba la conversación, el hombre aportaba suspiros que pautaban la cadencia de las frases, no le escuchamos decir nada más, absolutamente nada hasta que veinte minutos más tarde le dijo, Suficiente por hoy, si quiere ya sabe dónde y cuándo encontrarme. La mujer le agradeció, estaba emocionada, agitada, su tono de voz estaba afectado mucho más de lo aconsejable, seguramente estuviera vibrándole el sensor, se paró y deshizo sus pasos por el sendero en diagonal.

Es como hablarle a un oráculo mudo, ¡qué primitivo, y qué tonto!, poner al inconsciente en el lugar de dios, qué extraño entender esa sucesión como un progreso, religión y después psicoanálisis- ese fue el momento en que la palabra resucitó de forma completa para los dos- ¡gente civilizada entregada al ocultismo!, ¿cómo puede hablar sabiendo que no hay nada? ¡Está comprobado, y ella lo sabe! Me indigna. Nos compromete a todos. Sabemos, los experimentos no dejaron margen de error, ¿cómo puede darle espacio a las dudas?

Me disculpé, y me despedí. Esperé unos minutos en la esquina y regresé. 

Fui directo a sentarme junto al viejo, nos miramos, sonreí, él esperó, anhelé los tiempos en los que mi fe me permitía creer en que había algo más allá o más acá, comencé a hablar, tenía ilusiones de que lo inconsciente aún viviera en mí, que resucitara entre nosotros. 
A las pocas frases me envolvió el silencio ajustado del ridículo, me sonrojé, mi voz se quebró, bastó con que él dijera Te escucho, sí, dejate decir, continúa, por favor, para que rasgáramos el presente, y entráramos con naturalidad en aquella ajenidad a la que ahora llamábamos la humana precariedad.


Mayra Nebril

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