El corazón en la boca

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Tengo un vómito. Necesito largarlo antes de dormirme, si no, es posible que me ahogue en mi propio líquido mientras procure descansar. Me levanto de la silla, me dirijo al espejo del baño, abro la boca y saco la lengua, la miro: sus colores, sus gustos sus decires impropios, miro la saliva que moja estas palabras ahora. La saliva empieza a escurrirse por los bordes de los labios. Al menos no es bilis: me conformo. Siempre puede haber algo peor, repito el lugar común como si fuera un descubrimiento. Boca con boca, todo se desboca. El que tiene boca se equivoca. O, verbigracia, en boca cerrada no entran moscas. Dejo caer mi trivial hallazgo con la saliva que ahora moja la mesada de mármol. La saliva forma un pequeño charco donde se pueden ver los restos de aquel torpe naufragio verbal: llanto, tristeza, sartén, estresado, desidia, picaflor, potpurrí, luz de bengala y tigre de Bengala. Hago una mueca con mi boca, juego a cortar mi lengua con los dientes, aprieto, aprieto un poco más fuerte, aprieto otra vez pero ya no me gusta este juego de sutiles sadismos y masoquismos, este filo de diente que quiere cortar palabras como cuchillo, distante o aguafiestas. Un imprevisto NO aparece remando un botecito hacia la mesada. Lo rema. Lo remo. Tantas veces tengo que remar el No.
Entre dimes y diretes, me brotan una serie de palabras oblongas como indecisión, individualismo, Canal de Panamá, antigüilla, columna vertebral, saltar la cuerda, escalera al cielo, Hollywood, estrella fugaz, cerbatana y palito de brochet.
Cierro un poco la boca e intento formar un pequeño círculo, acompañar el No con un cero. Emito un sonido muy parecido a la O pero más etéreo, entonces se me ocurre observarme la punta de la lengua. Por más que he visto videos e inclusive personas que en vivo y en directo logran tocarse la punta de la nariz con la propia lengua, yo confirmo que eso es imposible. Porque la punta de la lengua no existe, porque la lengua no tiene punta porque es más bien redondeada. Además de redondeada, la lengua es maleable, eso es lo que hace que todavía existan rey, copa, privilegiados y populacho, que exista che, vo y va pa`í. No le echemos la culpa a las malas o a las buenas costumbres.
Palabras que hasta hace un segundo eran perfectas, como paciencia, ciencia, paz, empatía, risa, alegría, felicidad, ternura, luna de Cúneo, macachines, pies de bebé, cosquillas y algodón de azúcar… ¡Qué poco conocen del éxito y de la fama! Palabras efímeras, como aburrimiento, lento, vacío, incienso y necio, no tardan en morir boquiabiertas una vez que son atrapadas por las redes marineras de mi discurso. Ese que las mete en una misma bolsa, ese que las echa al vacío rápidamente, las espeta las agrieta las vocifera. Esa boca de ese jarro. Expalabras que alguna vez supieron vivir en grupos y saborear el todo: manantial de agua pura, recolección de frutos, flora silvestre; son un menjunje que alguna vez también, si sabemos respetar los tiempos del compost y de la tierra, serán palabras de vuelta y se multiplicarán junto con los panes, por todos lados.
De pronto el espejo se empaña con los fluidos de mi respiración buconasal. Adivino algunas letras que se agitan en el caldo y que condensan palabras exquisitas como miríada, esdrújula, diapasón, lector avezado y manual de cocina hindú. Se me hace agua la boca con el Capítulo 7 de Rayuela. Las gotas escurren, haciendo un recorrido único cada una, hacia el mármol del final.
Cierro la boca ahora. Juego al cíclope conmigo misma en el espejo. Le echo la lengua a mi cíclope siamés, que se choca contra el frío plateado y me hace resbalar. Y aprovecho para que me resbalen autocrítica, vergüenza, prejuicios, pudor, inhibiciones, represiones y temores, al menos por un rato. Nuevamente las palabras son peces desesperados por conocer cómo funcionan un par de branquias en plena orilla marmolada. Por lograr captar ese cachito de oxígeno que les permita respirar una vez más: “respiro por la próxima vez”, se desespera pensando un ilustre marisco. Y yo no puedo parar de acordarme del tipo de aquel cuento que siempre brindaba por la próxima vez con sus amigos. ¡Pero esta circunstancia es tan distinta, tan atroz! ¡Suicidamos miles de palabras por día en la más devastada soledad o, peor aún, ahogándolas en el mar del vómito que se aplacó con un omeprazol! Sin embargo, ¿no nos preocupa encontrar una cura para estos seres agonizantes?!... ¿Qué será de payana, tentempié, bochinche, miriñaque, cajita de música a cuerda con pianito, zapatitos de charol, palangana, sopetón, yeito, falleba, gofio y mate con cascarilla? ¡El pez solo por la boca muere! ¡Contaminamos el lecho de sus ríos y no tenemos la sensibilidad de preocuparnos un poco por las haches y las eses! ¡Humildad es una palabra que viene de las raíces de la tierra! ¡No lo olvidemos! ¡No podemos olvidar hoy y hay, haber y habrá, hipocampo, hesitación, heterónimo y humanidad, si queremos que nuestros hijos crezcan en el cariño y en el amor! ¡Cuidado, decidores y decidoras! Asistimos a la fundición de las lenguas romances, al auge del español estándar, a la globalización del antiácido de la metáfora, al  sinsentido de la posmodernidad!
Tengo una inevitable verborragia ahora… Escupo al vacío un elocuente trabalenguas que me sirve de consuelo: Cuando cuentes cuentos cuenta cuántos cuentos cuentas, porque quien no cuenta cuántos cuentos cuenta, nunca sabrá cuántos cuentos puede contar. Las palabras caen como cascada dentro de la pileta. Abro la canilla y nadan diccionario, solidaridad, sueños y risueño. Flotan un rato Vivaldi y Los girasoles, corren por la orilla sol estival, collar de caracoles, diario íntimo, colibrí, cometas y poema, y tierna infancia se apresura para llegar antes al solapado resumidero de mi pileta. Pobres palabras, porque creen que van camino de regreso al útero materno y, sin embargo, algunos metros más allá, acabarán siendo tragadas por una indecente boca de tormenta.

Cuento recitado

Mayra Nebril


-Cuando te vi, me enamoré. Y tú sonreíste porque lo sabías.
-Shakespeare,- respondió ella con la mirada sorprendida.

Su compañero de presentación en la mesa redonda “Los azarosos saberes: literatura, psicoanálisis y filosofía hoy”, al que había conocido en el mismo momento de entrar a la sala y tomar asiento detrás del largo escritorio, hacía tan solo dos horas,-el que estaba en el medio de los otros dos,- ese hombre la  invitaba a tomar un café en la cantina de la universidad, un lugar emblemático que describió con las tres frases siguientes, oraciones de un preciosismo en la  adjetivación y una erudición histórica, Cuando tomamos café, las ideas marchan como un ejército, insistió él frente a los  momentos de dubitación de ella.

-Balzac, -volvió a acertar la mujer, mientras buscaba en su memoria reciente el tópico acerca del que había hablado él en su ponencia.- Acepto la invitación, pero necesitaríamos desarmar el ejército, ¿no le parece?, lo que está hecho, hecho está y lo que no-al menos por hoy- no será,- tomó aliento y con un tono de voz en el que las palabras parecían cobrar otro peso dijo- La resignación es un suicidio cotidiano, -esperó, pero era claro que él no sabía de quién era la cita, -Honoré Balzac, ¿vamos?

Caminaron por el ancho pasillo que giraba alrededor del patio central, las paredes de piedra se recortaron en ocho puertas dobles, en seis ventanales que abiertos matizaban el olor a humedad; se escuchaba, solamente, el sonido de los tacos contra el mármol.

Ella logró recordar que él había disertado sobre la contingencia, el azar, las sincronicidades, las casualidades, cuestiones que parecían tan amenas, tan próximas, pero lo había hecho de un modo extremadamente teórico, hermético incluso, ¿le había resultado interesante?, no lo sabía, la verdad era que había dejado de prestar atención a los dos o tres minutos. 

-Es el azar quien rige la vida, no la prudencia.

-Cicerón. ¿Eso crees?-El hombre caminaba más lento que ella, llevaba, aun queriendo acompasarse, dos pasos de atraso.

-Acá estamos, usted y yo, ¿de qué otro modo explicarlo?- La diferencia de edad era notoria, pero mucho más evidente era la de velocidad.

-Azar es una palabra vacía de sentido, nada puede existir sin causa,- habían llegado a la cafetería, él abrió la puerta de vidrio y la dejó pasar, ella agradeció y entró en aquel espacio que parecía una cueva, sin aberturas –salvo la entrada- y sin más adornos que una redonda bombita pendiendo sobre cada mesa. Dos estaban ocupadas con gente que había escuchado  la disertación, todos sonrieron, ella buscó la mesa más alejada de ambos grupos, contra la pared de piedra del fondo, frente al mostrador.

-Qué estoico este lugar,- dijo mientras los movimientos de sus cuerpos arrojaban sombras repentinas dentro del círculo que los encerraba.

-O quizás lo hagamos epicúreo, de nosotros depende-, subrayó él buscándole los ojos que estaban entretenidos paseando por la habitación.
-La vida es una especie de juego de azar, donde todo el mundo piensa que el de al lado sabe qué está pasando- la mujer demoraba las palabras, quería imitar el aplomo que él exudaba-Francisco de Quevedo.- Los ojos por primera vez se encontraron con intención.- ¿No cree en el azar?

-La filosofía cree poco en el azar, en la casualidad, …la literatura es más romántica en ese sentido. 

-Librar todas las cosas de la servidumbre de un fin. En las cosas encuentro yo esta seguridad bienaventurada: Que todas bailan con los pies del azar. La frase es de Nietzsche, hay unos cuantos filósofos que estarían en desacuerdo.

 -Lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria del azar. Jorge Luis Borges. Hay filósofos románticos, claro que sí y escritores escépticos. Por suerte nosotros somos ambos de la misma especie, ¿verdad?- Volvió a mirarla. Ella parió una carcajada que retumbó en la caverna, estaba tentada, y le costaba dejar de reírse. En cambio él ni siquiera asomaba sus dientes.-Séneca nos puede sacar del dilema. Existe el destino, la fatalidad y el azar; lo imprevisible, y por otro lado, lo que ya está determinado. Entonces como hay azar y hay destino, filosofemos.

-Me parece bien…¿acerca de qué?,- preguntó la mujer cuando se recompuso de la carcajada.

-Del amor, por supuesto. Cuando te vi, me enamoré. Y tú sonreíste porque lo sabías. Fue un poco más que una sonrisa, a decir verdad, -él tenía dientes pequeños, simpáticos.-Me gustó el desarrollo que propusiste en torno a la literatura y el azaroso enfoque con el que trabajaste el amor. –A ella le fastidió la actitud de maestro con libreta de calificaciones en mano; él creyó que estaba haciendo un bondadoso elogio, al borde de la exageración.

-Pero amar es dar lo que no se tiene, al que no es, quizás sea la de Jaques Lacan la más triste y verdadera definición de ese malentendido.- Tenía un gesto desafiante, las cejas arqueadas, los ojos bien abiertos, el mentón levantado.

-Dicen que la frase es un invento del que transcribió el seminario, parece que Lacan llegó a decir amar es dar lo que no se tiene, pero quizás pueda uno dárselo al que sí es, ¿sabías?- A ella le causó una gran impresión esta aclaración. Lo miró. Se rascó la punta de la nariz. Su mano se apoyó sobre la mesa, humedeció a penas la piel de la pinotea, los dedos se abrieron, extendidos se ofrecían, se entregaban, cinco puntos buscaban un interlocutor. Las manos de él no estaban a la vista, pero quizás algo captó porque a con las mejillas sonrojadas llamó al mozo y antes de que éste viniera dijo - Siempre hay algo de locura en el amor, pero también hay siempre una cierta razón en la locura, Nietzsche otra vez. ¿Qué te gustaría tomar?

-La mayor declaración de amor es la que no se hace; el hombre que siente mucho habla poco, y te retruco con uno que es de los tuyos, Platón- qué alegría le daba que las frases le llegaran a la boca, y que de modo natural lo había empezado a tutear.- ¿Qué se puede tomar?, ¿alguna especialidad para recomendar?

-La cerveza artesanal que probé me gustó. ¿Es muy temprano para alcoholizarnos?...-La mujer dudó, la mano caminó como una araña en retirada dos pequeños pasos, dejó el rastro húmedo. Una de las manos del hombre subió a la mesa, seca y gruesa intimidaba a la otra, se acercó, las separaba un servilletero y un pequeño abismo.- Beber aparta lo obvio y tal vez, si lo obvio está suficientemente lejos, no seremos tan obvios para nosotros mismos, ¿si le hacemos caso a Bukowski?
-Bebo para hacer interesantes a las otras personas, Groucho Marx. ¡Hagámosnos el bien mutuamente!

El hombre le hizo al mozo el pedido. Habitaba con comodidad el silencio. Observaba al trabajador empujar las manijas y llenar las jarras. Su mano estaba tiesa sobre la mesa, tocaba el metal frío, no avanzaba. Ella había puesto la suya bien abierta un poco más acá de la línea del medio, disponible. Las bebidas fueron –después del primer sorbo- el impulso para retomar la conversación.

-El corazón si pudiera pensar, se pararía, Fernando Pessoa, ¡qué dura frase, y nos acaba de golpear fuerte!-ella sintió un ardor en la lengua, la movió, se lamió el paladar superior, sintió cosquillas, apretó y empujó el pedazo de carne contra los dientes, se mordió hasta el primer latigazo de dolor, y todo lo hizo sin abrir la boca. Observó al hombre, sus rasgos tenían la fealdad y la contundencia de los eruditos. Le gustaba. Lo miró buscándole el alma, o algo más adentro, él observaba las sombras que se movían sin causa aparente, y pensaba en el estado en el que había dejado su cuarto de hotel.

-Como todos los soñadores confundió el desencanto con la verdad, eso podría responderle Sartre a Pessoa, o también la Libertad es lo que haces con lo que te han hecho. Siempre me pareció que Pessoa y su desasosiego tenían algo de impostado, pretende dejarte desahuciado, y además es tan vehemente que habla él y ya nadie más puede decir nada.

-Puede ser, pero no más que cualquier otro. –Para ser exactos, ella se dijo No más que vos.

- La verdad tiene una sola cara: la de la contradicción violenta, ¡esa cita abre!, siempre Bataille abre, o mejor aún También la verdad se inventa, de Machado, ¡no todas las frases son iguales, querida!- Él intuyó que ese modo de nombrarla pudo resultar excesivo, detestaba los excesos y casi siempre los sabía evitar.

-Es verdad, ¡estoy de acuerdo!,-ella no recordaba el nombre del hombre y se preguntaba si él sabría el suyo- Estoy tan de acuerdo que me sorprende. ¿Entonces crees en el azar?-Otra vez estaba buscándolo, ahora él lo notaba, y resistía. Ella sacaba pecho, él metía barriga; el ritual del encantamiento, también encontraba sus formas.

-Se trata de esa única especie de curiosidad que vale la pena practicar con cierta obstinación. No la que busca asimilar lo que conviene conocer, sino la que permite alejarse de uno mismo, Foucault y yo te respondemos que estamos dispuestos a ir contigo para que nos muestres lo que es posible descubrir, ¿adónde vamos para buscar azarosamente?

-La cuestión de saber si se puede pensar distinto de como se piensa y percibir distinto de como se ve es indispensable para seguir pensando o reflexionando, es la continuación de tu cita, ¡esto sólo podemos atribuírselo al destino!

-Ya te dije que estoy dispuesto a darte todo el crédito, ¿adónde nos lleva este encuentro fortuito y muy afortunado?- El hombre también descubrió que no recordaba el nombre de ella, y casi casi la llama linda, pero se contuvo justo antes de que se le escapara semejante vulgaridad.

-El sexo sin amor es una experiencia vacía, -sentenció la mujer después de beber de un sorbo lo que quedaba en su jarra- pero como experiencia vacía es una de las mejores.

-Woody Allen, ¡qué cineasta! El sexo es lo más divertido que se puede hacer sin reír. ¿Dónde te estás quedando?, ¿vamos?-El hombre sintió latir su corazón en las sienes, dentro de la boca y en el centro de su entrepierna.

-El sexo es el consuelo de los que ya no tienen amor, pobres de nosotros, García Marquez se apiada de nosotros,- la cara de ella hizo una mueca de tristeza, que él no supo decodificar. La mujer le pedía con un par de ojos intensos que respondiera rápido, era un duelo de caliente verba y él estaba malherido, probablemente sin saberlo.

-Para curar un amor platónico, una follada homérica. Le diría Kac a Marquez.- La boca entreabierta de ella, con la lengua visible y los labios gordos, era el lugar donde él tenía puesta la vista. La mano no se atrevía a salir del escondite, ni siquiera cuando los cinco dedos femeninos se arquearon y lo rozaron al volver a despatarrarse.

-La fe es la pasión de lo posible y la prisa es la pasión de los necios, Kierkegaard y Pascal- la respuesta de la mujer le molestó, ¿estaba jugando con él?, sí, por supuesto, ¡estaban grandes, ambos!

-Prefiero morir de pasión que de aburrimiento, una de las mejores frases de Van Gogh-exclamó él con cierta soberbia.

¡Qué imbécil!, pensó ella, no puede ni tocarme la mano y cacarea.

-Un pene educado es aquel que se levanta para que una mujer se siente, dicho popular anónimo- 
Medio litro de cerveza envalentona a cualquier garganta. El hombre quedó desconcertado. Claramente no entendía, y empezaba a ponerse ansioso.

-Una orgía real nunca excita tanto como un libro pornográfico, -usó a Huxley para encausar la conversación hacia los modales requeridos para la que creía la altura intelectual de los contendientes.

Ella le hizo una seña al mozo, y le preguntó al hombre si iba a tomar algo más.

-Otra,- dijo- ¿Vos?
-También.- Le sorprendió que no pidiera la cuenta, que aún quisiera quedarse.

Ella dudó si seguir descolocándolo hasta el knock out, o si volver al cuadrilátero en el que ambos sabían defenderse con amabilidades.

-Si el sexo no fuese la cosa más importante de la vida, el Génesis no empezaría por ahí. ¿Qué pensás de esa frase de Pavese?- dijo ella concediendo. Lo miraba. Lo buscaba. Lo esperaba. 

La mano de él montó a la de ella, dejó caer todo el peso sobre la suavidad de la otra piel, la apretó, los huesos se juntaron, los dedos abiertos se cerraron. La mano giró, así ofreció la palma, su humedad. Otra mano se metió debajo del amasijo de carne,  acarició, y frotó lento su resequedad.

-El sexo aquí es una obsesión, en otras partes es un hecho, ¿vamos Marlene Dietrich? Te invito a mi hotel.- Él de a momentos vestía un tono de Paul Newman, propenso al disfraz.

-Sin prohibiciones no hay erotismo, mi vuelo sale en cuatro horas, hoy no va a ser posible.

-Eres la manera que tiene el mundo de decirme qué bonita que es la vida… ¡Estoy dispuesto a rever mi visión teórica acerca del destino!...No puede ser que estemos aquí para no poder ser. ¡Cortázar tiene que ser capaz de convencerte!

Las manos tocaban los antebrazos, los codos, querían llegar al cuello a la boca.

-Un intelectual es una persona que ha encontrado algo más interesante que el sexo, eso lo asegura Huxley, y en esta oportunidad podemos darle la razón, linda conversación hemos tenido, el sexo es de lo más vulgar. Pidamos la cuenta que tengo que irme.

Él se ofreció a pagar, ella prometió invitarlo la próxima vez, ella lo besó en la comisura de los labios-porque después de la cita de Huxley no podía dar rienda suelta al lengüetazo que tenía en mente-, aun así le acarició con las yemas empapadas el cuello, el lóbulo de la oreja, le guiñó el ojo, y giró con teatralidad- como para ser mirada-, lo logró.
Él quedó sentado, sorbiendo el fondo de su jarra, revisando lo dicho, ¡cuánta originalidad!


-Y sí, ya estaba dicho, no hay relación sexual- en esa oportunidad no tuvo que aclarar de quién era la frase porque sólo la estaba citando para sí.

El estilo es el hombre

Por Elianna Pascual

Bárbara caminó despacio hacia la puerta, no quería que los demás, más allá de aquel que apareciera del otro lado de la hoja, se percataran de sus movimientos. El estilo puede tener que ver con dar el nombre del personaje al principio, darlo después, o dejarlo en el anonimato. Y los comienzos tienen un orden canónico, pero también ya es canónico que ese orden se altere. Todo estaba bastante tranquilo: no se escuchaban bocinas, pocas luces en la cuadra, no había perros ladrando. La forma en que se describe la escena, si se opta o no por el copretérito, también compete al estilo. Cerró con llave, por fin son las nueve, volvió al sillón y encendió, con el control remoto, la tele en su programa favorito. El estilo directo libre queda, por lo general, solapado entre las palabras del narrador. Empezaba a sonar la cortina musical: I´ve lived a life that´s full, travelled each and every highway... Ay, Frank querido, ¡cuánto te admiro! Sin reparar en la rima, tomó un par de almohadones y se acomodó en el sillón. Pero había una mancha en la pantalla de la tele y eso empezó a incomodarla un poco, primero la desconcentró, después la irritó, por último la obligó a pararse y dirigirse a la cocina  en busca de la rejilla de lavar los vidrios y el frasco de alcohol. (El estilo puede ser un poco obsesivo a veces.) Frotó, testaruda, la pantalla, hasta que pudo diluir el pegote; el presentador empezaba a hablar, así que volvió apurada a la tele, aún abrumada por aquel paréntesis.

Bárbara solo podía recibir visitas dentro de los horarios y los días estipulados por la dirección. Perdón: La Dirección. El estilo puede ser subversivo, pero últimamente Bárbara prefería acatar las normas institucionales para no recibir más sanciones. “Hay que obedecer una lógica que al parecer trasciende a lo que nosotros queramos o dejemos de querer”, dijo en estilo directo y para nada libre, y, conforme en todas las acepciones del verbo que sigue, se reacomodó, pacífica, pasiva, impasible, frente a la pantalla. Por suerte el estilo a uno lo acompaña siempre, pensó a continuación Bárbara, y no es una cosa que se aburra y se vaya: aunque se aburra de uno, no se va. (Sus amigos, en cambio, se habían ido hacía ya un par de horas, y no habían prometido volver sino hasta el próximo cumpleaños.) El narrador podía haber hallado una mejor suerte para Bárbara. ¿Podía? ¿Elige el narrador el devenir de sus personajes? ¿Es ese un tema de estilo?: ¿puede o podría el estilo del narrador hacer algo por Bárbara? ¿Quién será el artífice de quién, en esta historia?

Bárbara miraba El show de Frank, religiosamente, todos los domingos de noche. ¿Será que el estilo va de la mano de las rutinas? A mayor organización, mejor estilo, repetía para sí misma, y así la semana transcurría hasta que llegaba, lentamente, el final. Sus pensamientos no siempre la convencían, pero, eso sí: estaba segura de que la rutina la ayudaba mucho con la evolución positiva de su tratamiento: levantarse siempre a la misma hora; tomar cuidadosamente las seis pastillas con el desayuno; colaborar con las tareas del jardín de diez a doce; dormir media hora después del almuerzo, caminar dos veces alrededor de todo el patio los días agradables, y ocho veces de una punta a la otra del pasillo cuando llovía; así cada momento puntualizado sucesivamente hasta la hora de dormir. La monotonía era algo que se necesitaba para alcanzar un estilo de vida deseablemente normal.

Pronto el presentador dio paso a algunos anuncios; qué estilo tan distinguido, calculaba Bárbara, mientras analizaba, junto con la voz en off, los detalles más extravagantes del traje, los accesorios y el peinado. Me vistió Fulano, me peinó Mengano. Qué elogio de la frivolidad, pensó también, aunque hipnotizada por los adefesios. El presentador retomó su discurso, quién sabe si estaba leyendo pero hablaba muy bien: elegía oportunamente las palabras y no titubeaba cuando tenía que improvisar. Eso era lo que más le gustaba, a Bárbara, de Frank: aquel halo de elegancia que le daban la buena voz y el hablar exquisito. “Un refinado hombre de la televisión”, dijo en voz alta, sin reparar en el oxímoron. Pero sí se detuvo en el enorme parecido que había entre este hombre y su amado Frank Sinatra, ¿serán adrede el frac y la moña negra? Entonces pensó primero, un tanto decepcionada, que la imitación le quitaba originalidad: Bárbara hubiera preferido no haber visto nunca a Sinatra para no terminar por creer que el presentador era, ahora, un hombre tremendamente mundano. Así fue y vino en su pensamiento varias veces, lo cual también formaba parte de un estilo indeciso que terminaba por enlentecer sus razonamientos. Bien podía decirse que el presentador, a pesar de ser un burdo copista, tenía una manera propia de desenvolverse en el escenario, de sonreír a los participantes, de cautivar al público y de persuadir a los espectadores. Al fin y al cabo, también es cierto que, sea en cuestiones de estilo o más allá de ellas, todos tenemos derecho a querer parecernos a alguien. Podría quedarme con la idea de que él es Frank, calculó Bárbara, y rápidamente resolvió la situación con una escena de lágrimas ante el descubrimiento, sabía que no me habías dejado, querido, y no paró de mirar el show de su Frank plenamente embelesada, hasta el final. Porque, aunque nos cueste verlo o demoremos en decirlo, el estilo siempre tiene algo inexplicable, hasta delirante, esa manera pretendidamente subjetiva en que nos apropiamos de las palabras, en que elegimos las formas del decir; y la emoción que le ponemos a cada frase.

Ahora el presentador se despedía, agradecido, de su público fiel, a todos en general muchas gracias, pero la cortina musical no empezó ahí: esta vez Frank optó por detenerse en su amada Bárbara, feliz cumpleaños, esta canción es para ti, y tras el preámbulo del epílogo del programa espetó un intenso I´ve loved, laughed and cried. I´ve had my fill, my share of losing... no, oh, no, not me, I did it my way, compenetrado vehementemente con la música, palabras que tanto caracterizaban el más apasionante de sus estilos.


Pletórica, Bárbara se levantó del sillón y caminó hacia el control, que había quedado sobre la tele. ¿Puede alguien definir el estilo de una persona? ¿Y el potencial estilo? ¿Y el potencial control que cada uno tiene sobre su estilo o sobre su potencial estilo, es definible acaso? Apagó todo, así solo ella y nosotros, cómplices, sabríamos de su llanto, y, lindando un poco con el estilo cursi, entre la confusión, la hipérbole y la redundancia, caminó despacio hacia su habitación, se recostó sobre las sábanas y susurró, entre sueños y en estilo indirecto más por las circunstancias que por la gramática en sí, gracias, querido, igual que aquel día.
Regrets, I´ve had a few
but then again, too few to mention.
I did what I had to do
and saw it through without exemption.
I planned each charted course,
each careful step along the byway.
And more, much more than this,
I did it my way
Frank Sinatra

Hormigas contadas

1.

es negra, diminuta -¿o será la presbicia?- y se desplaza a una velocidad muy superior a la esperable, ondea entre la maceta del ficus y el extremo más lejano del diván; la sigue otra, a pocos centímetros, ¡otras!, dos, seis, nueve, en procesión, ¿hacia dónde?

fue un momento tremendo, de los peores del último tiempo, desapareció, sí, así de la nada, no sabía qué pensar, ni cuándo

suben por la pared color mostaza, se han acercado unas a otras, son una lombriz serpenteante, ¿tienen un destino?

no lo sé, es verdaderamente incierto, ¿acaso alguien se atrevería a afirmar tal o cual desenlace?, él habla por hablar, eso es sabido, no soporta las esperas

están sobre el cuero del diván, remontan la suela de la sandalia del pie derecho, una goma gruesa  antes de la piel, desaparecen bajo el arco pronunciado del empeine

¿cómo resolver?, ¿me lo saco de encima?, quisiera, claro, eso - la voz sacude los brazos y la pierna derecha, la pantorrilla tiembla con el esfuerzo, ¿volaron? – digo, fueeera, fueeera bicho, ¿y listo?, …no es así, no puedo hacerlo desaparecer, ¿o sí?

¿lo hizo sin saberlo?

Dejamos por acá. Te veo el viernes.

2.

¿movió el diván?... está más alejado de la pared, y éste árbol está mal, tiene demasiadas hojas secas, ¿está enfermo?... lo tiene desde que empecé a venir, ¿diez años?, sí, en marzo hizo una década, ¿cuánto vive un arbusto de éstos?, ¿averiguó?, nunca vi ni supe de una planta que muriera de vieja, pero debe de suceder, siempre llega el momento en que se termina …¿cómo nos daremos cuenta?, quizás ya esté acabada, pero hasta que no caiga la última hoja, ¡no lo sabremos!…. ¿qué va a hacer, usted, cuando ya no esté?, el consultorio va a quedar tan vacío sin ...va a sentirse un agujero raro, pero no me gustaría que traiga otro y lo ponga en el mismo lugar. – Hay tres hormigas trepando en fila por una pierna de su pantalón, las observa, las deja avanzar, cuando están a la altura de su abultada barriga les ofrece la mano, ellas trepan, con el dedo índice las aplasta una por una, tiene tres insectos muertos sobre la palma, exhibe los tres cadáveres, -¿los ofrenda?,- está viendo qué hacer con ellos, ¿está escrito?, no lo sabe, por eso decide, lanza los cuerpos a la tierra que abona la gran maceta. Todo dentro de la habitación permanece estático por un breve lapso de tiempo. ¿Muerto? - Quisiera irme ahora, ya fue suficiente, …al menos por hoy.

Estamos de acuerdo.

3.

¿en éste consultorio hay que soportar las hormigas?, ¿es algo terapéutico? …¡¿entendés que me picó?! Mirá, acá – la pierna sube y se dobla, qué flexible es, hay una roncha abultada en el empeine, - ¿no podés matarlas?, o ¿es que estás en contra de la muerte animal?, no me digas que sos de esas; soy alérgica, vos lo sabés, ¿entendés?... allá hay otra, caminan olímpicas por todas partes, tenés el consultorio invadido, ¿sabías?, no puedo creer que no digas nada, que no hagas nada, es insólito, una falta total de consideración para el que viene acá a hablar contigo

en el posa brazos del sillón de la que escucha también hay unos ejemplares atrevidos, ¿qué más podría hacer para eliminarlas?, cuántos bichos viviendo en ¿dónde?… deben vivir dentro del diván, detrás de los zócalos, en los libros abandonados, dentro de los ductos de electricidad, sí, salen de la tapa de la luz, ¿cuántas en un día?, cientos, me canso de contar, me pierdo, también me gusta escuchar lo que dicen los acostados

¿siempre hay que soportar algo?, ¿de eso se trata?, - se rasca el empeine y otra picadura junto al tobillo- mirá, la primera vez que vine, a decir verdad, me quedé por el ficus, … sabés que no quería analizarme, detestaba la idea de ir al psicólogo, pero cuando entré …me pareció un consultorio bosque, es toda una desproporción tener un árbol dentro de un espacio tan pequeño, ¿lo sabés?, me pareció que tenía algo de encantado el lugar y por ese motivo decidí empezar, seguí porque gustaba de estar acá…

 4.

¡cuántas muertes! – el piso brilla alrededor de la gran maceta, el ficus está transpirando una sustancia viscosa, o tal vez sea el nuevo pesticida que luego de un rato exhala esa pátina sobre la que se adhieren los cuerpos quietos- ¿está combatiendo las hormigas? - Sí. -Los venenos en polvo, son fuertes pero no son eficientes, causan irritación en la piel y en la garganta, - se levanta y abre la cortina para que circule más el aire, unas breves gotas mojan la pila de libros junto a la lámpara, los mueve, suspira, ¡está harta de las hormigas!- lo digo por usted, que está el día entero respirando este vaho. Si quiere exterminarlas… -Dígame. –El hombre se incorpora, se mueve hacia el extremo del diván donde se ven los insectos muertos; busca algún ejemplar vivo, en el día de hoy no es sencillo, … sobre el color mostaza se distingue una, se mueve lento, en zigzag.- No son hormigas, esto es una plaga de pulgón, ¿sabe la diferencia entre las hormigas y el pulgón? –Dígame. -El pulgón es un insecto que chupa la savia de las plantas y segrega este líquido que usted tiene acá en el piso, ¿ve este pegote? -. -Ahí tiene la evidencia innegable de que se trata de pulgón. … ¿Quiere que le diga cómo combatir el pulgón? –Dígame.- Hay pesticidas, por supuesto, pero un modo más natural es traer mariquitas. -¿Cómo dice? -Las mariquitas, ubica usted a ¿las mariquitas? -Se refiere ¿a los san Antonio? -Sí, sí, no sé porque dije mariquitas… no vaya a … será por mi hija, vio que en los dibujitosno sé qué más decirle…-Dígame…- pero el silencio se instala, la mujer quisiera que el hombre se enfoque en el pulgón, ¡una vez que encuentra un experto!, pero calla leal a su función; cada uno flota en sus imágenes, ¿sí?, en una de las cabezas, quince insectos a lunares recorren el tronco del ficus y sus hojas, exterminan la plaga, crecen de tanto comer pulgón, provocan un genocidio de pulgón, las supermariquitas se reproducen, son una centena, ¿y después?, qué tremendo el pavor de los finales; en la otra película, no voy a inventar nada, sólo trabajo con realidades, ficciono hechos verdaderos, pero no miento, ¡ella tampoco!, así que no tenemos manera de saber qué sucede en la cabeza del analizante experto en insectos, desde acá dentro no se ve nada

5.

¡qué rico olor! manzana, ¿manzana y canela? –Exacto- pusiste un perfumador, me gusta, siempre fui buena para los olores, los descifro con facilidad, cuando estaba embarazada ¡no sabés lo que era!, hay tantos … vivía haciendo arcadas, huele tan feo…
veintiún cadáveres sobre las cerámicas color beige, ¡qué efectividad el nuevo veneno!

el olor a guiso era el calvario, no sé por qué motivo, vomitaba, dejaba las tripas en el wáter; me dieron aquel remedio para las naúseas, ¿te acordás?… pero me gusta la comida de olla… -¿Qué estás pensando?- … ¿tenés un pañuelo?, lloro, ves, me pongo así, tan triste
¡una fila de hormigas rodeando la mesa de la lámpara y los pañuelos! Se están mudando, vienen para este extremo del consultorio, caminan más lento, están abombadas por… o es una expedición de reconocimiento. – Tomá, servite.

es como acá que hay otro olor debajo de la manzana y la canela, una acidez nauseabunda, un… olía tan mal mi casa en aquel tiempo, yo lo sentía, nadie más parecía notarlo, una cosa quería tapar la otra pero no sé … ¡qué asco! me estoy descomponiendo acostada en el diván, me voy a sentar, …gracias, sí, ahora sí corre una brisa linda
un cementerio sobre el piso, a dos baldosas de sus pies, murieron cincuenta más en media hora

qué distinto se ve todo, ya me siento mejor, gracias, es lindo mirarte…¿a qué olía tu casa? …a veneno; era… ¡qué sé yo! nos íbamos envenenando de a poco, comiendo el guiso y los rencores, en medio de un silencio educadito rascábamos la olla

6.

Hay tres venenos de alto calibre sobre la mesada de la kitchenette - contra hormigas y pulgón- en polvo, en spray, y líquido. Es el arsenal que usará antes de su licencia, para que dentro de quince días el exterminio sea un hecho.
Tiene la ventana bien abierta, mientras rocía con los guantes puestos, todo lo que la rodea. Pasa un paño de piso embebido. Unta el diván, pulveriza los sillones y almohadones, trapea la maceta,  las paredes, dispara dentro de las tapas de luz y del zócalo, separa los muebles para dar la vuelta envenenando el consultorio.

El aire es irrespirable.

Cierra la ventana, y la puerta de la habitación.
no creo que logre exterminarlas, ¿son inmortales?, ¡nada lo es!, ¡no van a sobrevivir!- suspira, mientras intuye a una legión de insectos al otro lado de la puerta, dispuestos a negociar zonas, estaciones del año, proponiendo incluso trabajar en favor de los análisis que se cometen en ese diván, darán pie a inquietudes, fobias, ascos, demandas, pero ella no cede


resopla mientras ordena los implementos de limpieza, se le transparenta el cansancio en los hombros y en el fruncido de la frente, se lava las manos con paciencia, deja correr el agua un buen rato, hasta que ya no se siente el aroma del veneno ni del perfumador, un pensamiento le endereza la espalda, le abre los ojos, la hace suspirar: sin hormigas, ¿con qué contaré?

Mayra Nebril

Psicoanalistas abstenerse

                                                      
 Se trata de la curiosidad,
esa única especie de curiosidad 
        que vale la pena practicar con cierta obstinación:
no la que busca asimilar lo que conviene conocer, 
sino la que permite alejarse de uno mismo… 
                                                            Hay momentos en la vida en los que la  
cuestión de saber si se puede pensar distinto de como se piensa 
y percibir distinto de como se ve  
es indispensable para seguir contemplando o reflexionando.-

Michel Foucault


                      
Aunque te cueste creerlo, ese hombre era muy poderoso hace cincuenta años. Era otro mundo, y estaba de moda hacerse leer los sueños, ¡te lo juro!, y no se trataba de una costumbre de ignorantes vulgares, no, todo lo contrario, salía una fortuna, y había que esperar hasta seis meses para que te diera turno un psicoanalista. Lo sé porque yo fui, era revelador, tenía un magnetismo que te dejaba en un estupor viviente. En serio, tus propias palabras cobraban verdadero sentido, comprendías el mensaje exacto que tenían encerrado en su interior. No mires así, eso era lo que se sentía, y además estaba alineado con una tradición milenaria. Los hubo en Grecia antigua, en Roma, en China, -en todas las civilizaciones cultas- y también en el imperio capitalista. Después, bue, ya sabés

El viejo encorvado y arrugado –con piel de elefante- se acomodó la manta que tenía sobre los hombros, los dos últimos mechones de pelo plateado le aletearon sobre la calvicie, los labios susurraron vaya a saber qué palabras o rezos, y ambas manos lucharon contra un constante temblor. Los dos dudábamos si el onirotraductor se había convertido en mendigo-y le decíamos así porque la palabra psicoanalista había desaparecido, un manto de olvido la escondía, y por eso cuando se desató de la punta de mi lengua, ambos quedamos asombrados haciendo el ejercicio de traer a la memoria lo que tal vocablo encerraba. En cambio los intérpretes de sueños y de casi cualquier cosa habían sobrevivido en la nueva era, soportaban -en la marginalidad-, los pocos divertimentos que la metaciencia había dejado en pie. 

La frazada sobre su cuerpo, y la soledad añejada en la postura de quien sabe que nadie va a sentársele al lado, nos daba a entender que se trataba de un desamparado, pero su mirada vivaz contradecía la fragilidad. 

Debe tener al menos noventa años, no hay bichicomes de tantos años, no se llega a esa edad viviendo a la intemperie, supongo.

Una mujer atravesó la plaza por el sendero diagonal, con decisión hizo golpetear la madera de los tacos contra las piedras, se detuvo en seco frente al hombre, le veíamos la espalda, estaba erecta, balanceaba la cabeza pero su pelo parecía un casco, no se separaba en hebras, cada tantas sacudidas los brazos hacían algún gesto contundente. El viejo había desaparecido detrás de su cadera, no sabíamos si él participaba del intercambio, o si se trataba de un monólogo, hasta que la mujer tomó asiento en el banco junto al hombre, y otra vez fuimos capaces de observarlos con detenimiento a los dos. Había entre ellos una intimidad distante.

Un fajo de dinero, eso fue lo primero que los vimos intercambiar. Recién ahí el traductor de sueños pareció reanimar ojos, manos y cuello. Se acomodó en el asiento, golpeteó las palmas con sus muslos, estaba muy fría la tarde, 8 o quizás 10 grados celsius, pero la brisa nos hacía castañear los dientes. Teníamos la piel erizada a pesar de haber respetado con exactitud la sugerencia de abrigo que el celular nos ofreció apenas nos despertamos. Esa mañana –sé que no es posible, pero así lo pareció-, el sistema tuvo áreas, exagero, pequeños puntos de falla. 
El hombre se enderezó y giró para enfocar a la mujer.

¿Cómo era eso de la traducción de sueños?
No se trataba sólo de traducir sueños, más bien era un procedimiento de descubrimiento de verdad. Ibas, hablabas sin parar, esa era la condición, decir sin sentido, contar sueños, casualidades, insultos, pedazos de cuentos, vaciarte ahí.
¿Te servía?, ¡me resulta una estupidez!
Mirá, ¡ella lo está haciendo!

La mujer decía, fruncía la nariz, el entrecejo, decía, enfatizaba con las manos, decía, de pronto se largó a llorar, él viejo escuchaba, suponemos, pero no es seguro, asentía, cada tanto subía y bajaba la cabeza con levedad, no se conmovía con las lágrimas, ni con los alaridos. Nosotros nos levantamos y sin acordarlo supimos que debíamos intentar acercarnos. Pasamos por delante de la pareja, el traductor me miró durante dos o tres segundos, dudo que me reconociera, cuando lo veía regularmente tenía veinte o quizás veinticinco años, pero sé con certeza que me observó, sentí su mirada, y la incipiente sonrisa en la comisura de sus labios secos. No había vuelto a pensar en él. Su presencia, aquella que convocaba mis racimos de frases bien hilvanadas, había caído en un pozo de mi memoria, pero al verlo se entibió una zona del recuerdo, esa a la que nos gustaba llamarle lo inconsciente, me dio tanta gracia, ¡lo inconsciente!, creíamos tanto en él, con sólo adjetivar así estábamos advirtiendo que éramos propensos a la revelación. Todos queríamos acceder a esas oscuridades que nos eran ajenamente propias. Por eso pedíamos hora, y esperábamos con orgullo y paciencia. Dimos vuelta por el sendero de pedregullo, queríamos llegar a un murito de cemento y piedra que había detrás de donde estaban la mujer y el traductor.

¿Por qué dejó de existir esa profesión?
Se prohibió, la ciencia descubrió que eran chantajes, estafas, y sugestiones. Cayó en desuso. 
¿Es ilegal?
Al menos cuando estalló el conflicto, ¿2016?, sí, hace medio siglo ya desde que se redactó la ley: Psicoanalistas abstenerse.
¡Qué nombre! ¿Qué hicieron los que se dedicaban a eso?
Algunos fueron presos por ignorar el decreto, otros emigraron. Japón -y algunos otros países de oriente- los recibieron y los dejaban trabajar.
¿El idioma?
Alcanzaba con que la persona que hablaba creyera, y con que ellos fueran capaces de entender el ritmo de esa lengua, podían hacerlo si comprendían dónde interrumpir, era un arte de corte, al menos eso decía mi psicoanalista, el que era hace cincuenta años, y también gustaba decir que No se sabe, lo cual aunque te cueste imaginarlo, era una enorme liberación. 
¡No saber y cortar, qué estupidez! ¿Vos …- ya estaban sentados y no quiso terminar la frase por temor a que del otro lado se escuchara con claridad lo que hablaban. Acomodaron los cuerpos con las orejas orientadas hacia el banco en el que acontecía el encuentro, la mujer hablaba tan alto que no era necesario esforzarse demasiado para saber de qué iba la conversación, el hombre aportaba suspiros que pautaban la cadencia de las frases, no le escuchamos decir nada más, absolutamente nada hasta que veinte minutos más tarde le dijo, Suficiente por hoy, si quiere ya sabe dónde y cuándo encontrarme. La mujer le agradeció, estaba emocionada, agitada, su tono de voz estaba afectado mucho más de lo aconsejable, seguramente estuviera vibrándole el sensor, se paró y deshizo sus pasos por el sendero en diagonal.

Es como hablarle a un oráculo mudo, ¡qué primitivo, y qué tonto!, poner al inconsciente en el lugar de dios, qué extraño entender esa sucesión como un progreso, religión y después psicoanálisis- ese fue el momento en que la palabra resucitó de forma completa para los dos- ¡gente civilizada entregada al ocultismo!, ¿cómo puede hablar sabiendo que no hay nada? ¡Está comprobado, y ella lo sabe! Me indigna. Nos compromete a todos. Sabemos, los experimentos no dejaron margen de error, ¿cómo puede darle espacio a las dudas?

Me disculpé, y me despedí. Esperé unos minutos en la esquina y regresé. 

Fui directo a sentarme junto al viejo, nos miramos, sonreí, él esperó, anhelé los tiempos en los que mi fe me permitía creer en que había algo más allá o más acá, comencé a hablar, tenía ilusiones de que lo inconsciente aún viviera en mí, que resucitara entre nosotros. 
A las pocas frases me envolvió el silencio ajustado del ridículo, me sonrojé, mi voz se quebró, bastó con que él dijera Te escucho, sí, dejate decir, continúa, por favor, para que rasgáramos el presente, y entráramos con naturalidad en aquella ajenidad a la que ahora llamábamos la humana precariedad.


Mayra Nebril

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