Mi segunda comunión

por Mayra Nebril

Mi madre murió cuando yo tenía siete años. Recuerdo que a los dos días del entierro, en medio de las cajas con su ropa, sus cremas y sus zapatos, le pregunté a papá dónde se había ido mamá.
“Tal vez sea más fácil decirte que se fue al Cielo, pero no es verdad. No hay Infierno, ni Paraíso. La única vida que tenemos es hoy y acá. Lo demás son consuelos para bobos.”
Él necesitaba salvaguardar su descreimiento. Yo era el único presente para escuchar. Lo odié. Y por eso, de tanto en tanto le preguntaba dónde estaba mamá. Su fastidio aparecía primero en los dientes que le mordían el labio inferior. Luego, los orificios de la nariz se le agrandaban, como branquias de pez fuera del agua, para hacer una inspiración profunda y sonora antes de responder, con pequeños giros de matiz, lo mismo: “en tu recuerdo y en el mío”.

—No alcanza. ¿A vos te alcanza, papá?

No se bien con quién se enojaba pero, una vez que comenzaba a putear, sólo se calmaba encerrándose en su cuarto. Aullaba hasta que se le cascaba la voz. Antes de dormir gritaba: “¡No quiero hablar más por hoy! Hasta mañana”.
Me sentía culpable al provocar su ira, pero no podía dejar de hostigarlo.
El viejo resistía, se levantaba temprano, me preparaba el desayuno y, mientras me vestía, dejaba escapar un “perdoname. Té con leche y grisines con azúcar, para compensar.”

Mi abuela y mi tía empezaron a llevarme a la iglesia, y me enseñaron a rezar. Me regalaron un rosario de nácar, reliquia familiar que aprendí a ocultar de mi padre, atándolo a la primera tabla de la parrilla de mi cama. Después de sus exabruptos, principalmente cuando ponía en boca de mi madre su teoría de que uno es dueño de su destino, y que de grande se lo iba a agradecer; desataba el rosario, me aferraba a cada una de sus cuentas, y entre avemarías y padrenuestros, lloraba por él y por mí. Avanzada la letanía del rezo, lograba insuflarle vida a mi madre. Ella, él y yo volvíamos a ser una familia simple, casi aburrida. Hasta que el sueño me secuestraba de una paz que sólo en pensamientos se puede lograr.

Habían pasado más de nueve meses, pero no terminábamos de parir el dolor.
Visité la catedral con la abuela. Estaba por comenzar el curso de catequesis. Le pedí para quedarme. Y, al salir, le dije que quería volver. Todos los sábados me pasaba a buscar por casa y me llevaba a la iglesia. Al regresar, le inventábamos a papá detalles de algún paseo. En otoño idas al parque, en invierno al cine o al teatro, en la primavera la rambla, o el Parque Rodó. Por suerte no preguntaba demasiado, alcanzaba con descripciones vagas que no nos interesaban a ninguno de los dos.
El día antes de mi comunión tomé coraje para contarle a mi viejo. Me senté a su lado en el sillón, para evitar sus ojos durante la charla, esperé la tanda del informativo, inspiré como hacía él para alentarme, y hablé.

—Mañana tomo la comunión en la catedral.
—¿La comunión?
—Sí… Por favor, no te enojes.
—¿Qué te tengo dicho de las iglesias y los curas?
—Lo quiero hacer.
—Tu madre no creía en esas cosas.
—Para mí es importante, papá.
—¿Qué es importante?
—Que mamá viva en algún otro lugar, además de en mí y en vos.
—¿Para qué?
—Nosotros casi no hablamos de ella.

Y fue. Me acompañó y se sentó en la primera fila, junto a mi abuela. Invitó a unos amigos míos a casa, compró panchos, coca, masitas y alquiló un video. Me abrazó dos veces porque sí, y me revolvió el pelo sonriendo, como hacía antes. Yo le dije “¡Salí, pesado!”, y él se rió de veras.
Cuando nos quedamos solos, me sentó sobre el pasaplatos, me miró callado por unos segundos, como queriendo elegir bien las palabras y me preguntó:

—¿Qué es lo que más extrañás de mamá?
—Todo.
—Yo también, pero, ¿qué te haría sentir, al menos por un rato, que ella está de vuelta?
—Llegar de la escuela y desde la puerta sentir el olor de manzana y canela.

Abrió el cuaderno de recetas en la hoja que se leía Strudel. Tenía manchas de grasa que transparentaban la página de atrás: Buñuelos de banana, otra especialidad de mi madre.
Sobre tres papelitos blancos, mi padre copió:

Strudel Carolina
(salen dos arrollados)

Batir un huevo entero durante cinco minutos. Agregarle dos cucharadas de aceite y tres cucharadas de leche. Luego incorporar harina hasta obtener una masa de consistencia blanda. Dividir en dos mitades. Estirar hasta obtener dos discos de treinta centímetros aproximadamente. Esparcir sobre la masa: rodajas finas de manzana verde pelada, cubitos de manteca, canela, azúcar, pasas de uva. Enrollar. Hornear a ciento cincuenta grados, cubriendo la masa cada cinco minutos, con el jugo que va desprendiendo el calor.

Quería preguntarle qué era lo que estaba haciendo, pero una mezcla de temor y vergüenza, al verlo tan eufórico, prolongó el silencio hasta que, al fin, habló. Me dijo que preparaba otra comunión, una comunión nuestra y familiar.
Caminamos hasta la escollera Sarandí. De su mano colgaba una bolsa de papel que sonaba a vidrio. Nos sentamos al final del muelle. Las olas se hamacaban con suavidad, algunas gotas mojaban los zapatos de papá que, sumergido en su ritual, parecía no notarlo. Sacó tres botellas de vino pequeñas, las alineó sobre el hormigón y descorchó la única que estaba llena. Sirvió un vaso de plástico hasta la mitad y me lo dio. Con la botella en alto brindó por mi madre, por nosotros y por sentirnos juntos y bien. Tomó del pico, sin respirar, hasta que se terminó.
Yo tragué el primer sorbo, sabiendo que aguantar el calor en la garganta era mejor que defraudar a mi padre.
En cada botella introdujo una copia de la receta de mamá. Luego se demoró un buen rato, en sellar las botellas con los corchos.

—Tiralas al mar. Te prometo que tu madre va a sobrevivirnos.

Aquel día algo cambió. Papá volvió a ser parecido al que era antes de que mamá se fuera. Yo dejé de sentirme alguien digno de compadecer. Con altos y bajos, aprendimos a extrañarla en voz alta. Dejé de ir a la iglesia, pero de vez en cuando aún desato mi rosario y me pongo a rezar.

Ayer, en la pizarra del Café Bacacay y Buenos Aires, ofrecían Strudel Carolina a sesenta pesos la porción. Mientras lo degustaba, con los ojos colmados de recuerdos, escuché a mi madre susurrar que “con ciruelas pasas queda mejor”.

FIN

El lugar común

por Elianna Pascual

Seguro es por deformación profesional, a los profes nos encanta cerrar cada año llegando a estas conclusiones que, a decir verdad, no porque una las piense dejan de recalar en el primer lugar de los lugares comunes, en el metalugar o en el lugar metacomún, es decir, que son frases hechas que como tales dicen menos, mucho menos de lo que en verdad una quisiera que quisieran decir, y que quisieran decir tantas cosas… Yo soy una de esas personas. Me gusta agradecer por lo aprendido. Así que en esta carta no voy a dejar de hacerlo. Les agradezco en primer lugar a Mayra, Cecilia y Paola, compañeras de rutas (varias rutas), por estar, sostener, compartir sabiduría, propiciar risas, interrogantes, lecturas, escrituras y hasta por los consejos que me han dado para esta etapa de mi vida, que empezó hace cinco meses y que, desde entonces, atraviesa cada pensamiento, cada libro, cada tertulia, cada charla, cada sueño y cada despertar. Gracias. 
Y para no salirme del lugar común, ya que elegí ser la última en escribir esta carta, voy a dedicar a los lectores un minucioso agradecimiento aunque, por miedo a olvidarme de alguien, preferiré evocarlos como un colectivo y no desde la singularidad de cada nombre. Varias veces a lo largo de este trayecto me pregunté si era pertinente publicar lo que uno escribe, si es que eso en verdad aporta algo, a quién, para qué, en dónde. Y muchas de esas veces terminé por concluir que la escritura suma, y suma en varias direcciones: suma en primer lugar para quien escribe, porque someternos al ejercicio de la escritura nos proporciona un pensar intensamente reflexivo que, aunque no podamos transmitirlo al papel, pasa por nuestras cabezas dando al pensamiento un vuelo interesante. Pero también suma cuando otros nos leen y nos devuelven pareceres, nos muestran otros caminos, nos acercan a otras geografías por las que nunca andaríamos si no nos prestáramos a la aventura de compartir nuestras letras. No es fácil escribir, pero es una liberación. No es fácil compartir lo que uno escribe, pero es una aventura. Y en esa aventura hemos estado acompañadas cada vez que ustedes, amigos lectores, nos han dejado un comentario. "Existimos porque alguien piensa en nosotros, y no al revés", dijo la protagonista de una de mis películas preferidas de Fernando León de Araona. Quizás, en esa misma línea de pensamiento, podríamos decir que la esencia de quienes decidimos escribir y mostrar lo que escribimos reside en cada uno de los potenciales y después actuales lectores que ese texto tiene. Y en ese entramado de letras escritas y leídas, reescritas y releídas, pensadas y repensadas, allí existimos nosotros. Un abrazo agradecido para todos.

Queridos lectores


“Creo, en defintiva, que la única luz que se encontrará en estas páginas será la que les preste el lector.”
Mario LEVRERO, La Novela Luminosa


Hubo un momento en el que la imposibilidad de escribir en el papel lo que se escribía en mi mente bajo la forma de pensamientos se tornó inquietante, frustrante y otras veces —las menos— un desafío.

Hacer, por ejemplo, un viaje de una hora en ómnibus hilvanando frases que sonaban perfectas, hermosas, coherentes, que estructuraban todo un trabajo sobre tal o cual tema, y luego no poder capturar en el papel salvo algunos retazos que quedaban en la hoja desparramados y sucios como los vasos, platos y copas después de una fiesta, era deprimente.

Decidí entonces poner en práctica algunos métodos sencillos para intentar pescar.

Jamás iba a lado alguno sin una libreta y una birome. Amigas mías se sumaron al emprendimiento y me regalaron coloridas y prácticas libretas, sencillas de transportar por su tamaño pequeño, de tapas duras para poder escribir sin apoyo si era necesario.

Una vez muñida de esos artículos de primera necesidad, me consigné que, estuviera haciendo lo que estuviera haciendo y en caso de ocurrírseme algo, tenía que abalanzarme sobre la libreta. Se sucedieron así situaciones inverosímiles, incómodas, ridículas y graciosas también.

Capturar “ese momento”,  en el que la frase irrumpe, se nos presenta, como cuando sostenemos una pelota de goma hundida en el agua y de pronto la soltamos, se tornó una obsesión. Así, el espacio del blog se convirtió en un lugar en el que todas aquellas cosas que me sucedían en relación con la escritura podían organizarse y convertirse en —al menos— una serie de oraciones. Y ustedes, lectores, se convertían en la excusa para sostener el desafío.
Luego llegó el momento de tener noticias acerca de vuestro trabajo, del trabajo del lector, bajo la forma de comentarios, inaugurándose así el tiempo de la interlocución. De ese modo ustedes, lectores, pasaron a ser menos hipotéticos y más apalabrados.

La interlocución —para mí— no es un punto de partida, es un punto de llegada e implica una relación honesta y de plena confianza en la que las interrogantes, más que las respuestas, se convierten en la condición misma de esa relación.

Muchas gracias a todos los lectores que se acercaron a Langue Lengue en este 2012, a los que se animaron a dejar comentarios y a los que no, a quienes tuvieron la paciencia de leer alguno de los artículos, y a los que los abandonaron por la mitad, a los que entraron una vez y no volvieron más, a los que nos dieron una segunda oportunidad…

¡Gracias totales!

Paola

Querido lector

por Mayra Nebril

Toc Toc Toc

—¿Quién es?
—Un querido lector.
—¡Qué suerte! Adelante. Tome asiento.
—Lindo lugar, eh, cómodo, luminoso. Naranja y violeta. ¿Estamos adentro del logo de Langue Lengue?
—No sé dónde estamos. ¡Pero, qué alegría que esté acá conmigo, querido lector! Sabe que tengo que escribir una carta, y no sabía cómo empezar o qué elegir para decirle.
—¿Y para qué iba a escribirla, entonces?
—Bué, es una buena puntualización la suya, querido lector, quería escribir una misiva, pero vio lo difícil que es lidiar con lo que uno quiere.
—¿Y para qué es la carta?
—Está terminando el año. Y con diciembre llegan los cierres, los balances, los agradecimientos, los saludos.
—¡Hubiera sido mejor que organizaran una buena despedida de año!
—Estoy de acuerdo con usted, querido lector, pero decidimos hacer cartas, somos cuatro para resolver, democracia que le dicen, y resulta que la carta fue lo que consiguió más cuórum. Y bué, ¡yastá! Escuche esto que voy a decirle, decidimos también darle una buena bienvenida al 2013, con unos fabulosos talleres sobre Levrero, a los que desde ya lo estamos invitando.
—¿Mario Levrero?
—Sí, Marito para los íntimos. Nos encanta. Nos hace pensar un montón en la escritura y en psicoanálisis. Además, el hombre tiene una peculiaridad, ¿sabe?
—¿Cuál?
—Nos hace escribir. Es como un encantamiento. Lo leemos y escribimos. Magia. Pruebe en el verano, querido lector.
—Voy a probarlo y le cuento. Pero sigo sin entender para qué me precisa acá.
_¿Está apurado? Me gusta que esté acá, lo quiero conmigo para inspirarme, para hablarle a usted, a alguien que, como ejemplo, me permita salir del abstracto.
—¿Qué dice? ¿Es que Yo no existo, acaso?
—Espero que sí, querido lector, espero cada vez que usted esté allí, pero...
—¿Allí?
—Allí, aquí. Su Yo, mi Yo. ¿A quién le escribo? No nos enredemos en esos avatares existenciales de los que saldremos deprimidos. Yo le digo a usted. Punto. ¿Entendió? Sí, a usted, a usted.
—Diga de una vez, mujer. ¿A usted le parece que esto avanza?
—Silencio. Por favor. Querido lector: He disfrutado mucho escribiendo para Langue Lengue.
—¿Me voy?
_¡Pero no, hombre, quédese!
—Hábleme entonces mirándome a los ojos. ¿Y podés tutearme?
—Lo intento. Acá voy… Querido lector, sí, a vos, a vos quiero contarte que me gustó mucho trabajar cada tema con mis compañeras de viaje, que me encantó debatir cada tópico como si de esa conversación dependiera el fin del mundo, que cada artículo surgió como producto único de un pensar colectivo. Y sobre todo, que a lo largo del año, el devenir de Langue Lengue me ha mantenido leyendo entusiasmada y amalgamando mis interrogantes a las de Paola, Elianna y Cecilia. Agradezco haber construido un espacio con otros en el que decir y sostener lo que digo, en el que leer y pensar y repensar lo producido.
—¿Hablás o escribís?
—No lo sé.
—Suena a escrito y leído en voz alta.
—Es que me pidieron que hiciera una carta. No me interrumpas, querido lector.
—Seguí. Dale.
—Ya no sé qué era lo que decía.
—Contame de qué hablan en las reuniones.
—Hablamos de psicoanálisis, ¡qué lindo es hablar de psicoanálisis!, hablamos de literatura, ¡qué pasión nos despiertan algunos autores, libros, temas!, y además hablamos de ustedes.
—¿De quién? ¿De mí?
—Nos preguntamos si hay otros leyendo. Y quiénes son. ¡Qué alegría nos inunda cuando alguien lee y comenta alguno de los artículos, cuando la pregunta nos permite abrir ventanas, cuando juegan y nos dan ganas de divertirnos con otros cuyos temas y derroteros son similares.
—… ¿Ta?
—Una cosa más y redondeo.
—Dime.
—Lo más importante de todo.
—¿En serio?
—¿Te da curiosidad?
—Sííí. Estoy intrigadísimo.
—¡Qué alivio contar con tu curiosidad! ¿O estabas siendo irónico?
_ Si te escuché hasta ahora, quiero saber cuál es el nudo del asunto.
_ Tengo suerte, entonces. Cada vez creo más necesario el encuentro con interlocutores que uno valide y que permitan que uno siga andando enlazado a determinadas preguntas, apasionado e ilusionado. De eso finalmente se trata esta carta para mí. De agradecer a cada uno de los que estuvieron de este o de ese lado, conmigo, sosteniendo un precioso año de trabajo.
—De nada.
—Déjeme, querido lector, que les ponga nombre y rostro a los que conozco.
—Diga nomás.
—En primer lugar a Paola, Elianna y Cecilia, mis socias y compinches de lengua, lectura, escritura, estilo y madejas de conversación. ¡Qué nunca falte!

A Gerardo Arenas, la primera persona que dejó caer un comentario en el blog, y nos llenó de emoción con su comentario.

A Gabriela Misa, la amiga que acompañó aquel primer artículo con un comentario que no lo dejó crecer huérfano, al pie de ¿Qué mundo creaste con esas palabras?

A Mariella, la lectora incondicional, cuya ausencia de comentarios marcaba un silencio ansioso y expectante.

A María Noel G, que dejó escrita una pregunta que nos implicó a ambas. A Paola B, que nos trajo al entrañable Felisberto. A Ad, que me enseñó el sentido de la palabra colúmbida. A Quique de Lucio, que tan bien sabe hacer decir a Lacan. A Juan, que me hizo saber que tengo que profundizar la pregunta sobre el trazo unario. Al Anónimo con el que me sigo interrogando si el oficio de psicoanalista versa sobre una lectura con tantas posibilidades de interpretación como un buen libro. A María Paz, que nos sopló con auténtica cadencia shilena, una poesía de Nicanor. A Javier, Marcelo González I, Natalia Acosta por compartir nuestros artículos, Juan k, Roberto, Ruth, Silvia, Leo, Mary, Marta, Mariana, Silvana, Laura, Daniel, Marcela, Ruben, Mariana, Sebastián, Cristina, Yo Ludico, Ana Inés. A Clarice, que escribió y dialogó con los artículos.

A Peti, Vivi, Laura, Mónica y Flavia, Raquel, Silvia y Natalia, amigas que a veces nos leen y otras saben mentir de buena manera para alegrarme. ¡Por suerte lo logran!

A Ricardo, Serri, Guada, por jugar, divertirse y hacernos propaganda en escuela, liceo y ambiente laboral.

A Pablo, Franchu, Fede y Pedro por convertirnos en interdepartamentales jugando con nosotras.

A todos los que anónimamente han dejado comentarios y leído el blog.

Sé que podría haber abreviado, pero esto no es el Oscar, y no suena la musiquita, y quiero nombrarlos de uno. Al igual que, de a uno, nos gustaría invitarlos a escribirnos cartas, o hacernos llegar textos en torno a los temas que nos competen, artículos que puedan circular dentro del blog, junto con los nuestros.

Brindo por buenos encuentros en el 2013.
Felicidades. Chin Chin y Salud.




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