Carta a nuestros lectores

por Cecilia Fernández Costa

Mambeado by Onda Vaga on Grooveshark

Pasaron varios meses del principio de este emprendimiento; se acerca fin de año con su cansancio y su costumbre de acabar lo que se daba, y dejar vacío lo que hasta ese entonces estaba ocupado, y a una se le da por pensar –las circunstancias la llevan de las narices, no es que una ande desesperada por seguir moviendo la sesera. Yo por ejemplo, preferiría no pensar nada, y tirarme redondamente a pachorrear en Cabo Polonio con la luna omnipresente, los amigos que nunca falten, las risas, el canto a sol y sombra, velitas para donde uno mire (más por onda que por necesidad), y esta canción Vaga que comparto con ustedes (den play) porque es mi paraíso personal, de emoción diáfana. ¡Eso es vida!–.

No sé si es la altura del cansancio (del año), o de la cura, pero cada vez siento más ganas de lo liviano, de lo que se desliza o fluye sin esfuerzo, y toca mis emociones sin importar demasiado, y va y viene, y me mueve, así, como el viento del Polonio y estos acordes. Así, como al descuido, sin importar. Lindo, simple, flojo.

Me gusta mucho pensar, me apasiona diría, pero entrando y saliendo. Me gusta mucho escribir, me apasiona diría, pero entrando y saliendo. Me gusta mucho leer. Charlar. Cantar. Pero entrando y saliendo. Escribir es lo que más me gusta. Escribir literatura. Pero también, entrando y saliendo. Por momentos. De a ratos. No siempre. Lindo, flojo, simple. No soporto la trascendencia, me pesa como un muerto.

Es por eso que escribo sin darle largas al asunto. Escribo cada tanto. Escribo sin pensar demasiado. Escribo para crear. Escribo para mover mi avispero. Escribo cuando pinta. Escribo y paso a otra cosa. Escribo sin demasiada red, porque no quiero sentir a la escritura como un riesgo de muerte. Escribo quitándole siempre trascendencia a lo que digo, al hecho de decirlo, escribo haciendo de cuenta que se lo lleva el viento. Necesito esa liviandad para andar el mundo. Si no, no puedo. Me quedo inmóvil. Me paralizo. Me falta el oxígeno. No quiero, no quiero, no quiero.

Una vez, hace un tiempo, me di cuenta de algo que sorprendió a mi razón, por la evidencia de su sinrazón: la extraña convicción de que escribo desde siempre, como verbo intransitivo, escribo; cuando en verdad, ante la pregunta “ah, ¿y vos qué escribís?”, quedo en blanco. Es que para mí la escritura es como hablar, es más fácil que hablar, es como…, no sé, como yo misma. No está separada de mí. No sé cómo explicarlo. No pienso que sin escribir me muero.

Quiero decir que la escritura está ahí, hasta cuando no la ejercito; no pienso mucho en ella. La necesito liviana para que me aporte alas y no pies de plomo. O por lo menos que no estorbe.

Una vez recibí un comentario en este blog del que interpreté algo así como que tendría que haber pensado o trabajado un poco más antes de publicar el artículo del que se trataba, porque escribir no es lo mismo que hablar, y la escritura debe parirse cuando todo lleva a eso. Recuerdo mi primer sentimiento ­–pelota en el estómago–: “ay, ¡¿qué hice, qué escribí?! ¡Me quiero matar!”. Minutos después, un compañero de Letras, por chat, me rezongaba por el mismo artículo. El artículo había sido escrito de un tirón, el día antes de publicarse, con las ideas que venían danzando en mi cabeza los días previos, y se concretó sobre la marcha, es decir, sobre la escritura, es decir, en el correr de una tarde. Tenía la necesidad de agarrar de una puntita por lo menos esas ideas locas, para que no se fueran flotando por ahí. ¿No les pasa, a veces, de sentir una nube de pensamientos en ebullición en sus cabezas, y que algo está a punto de articularse, –sienten su presencia ahí, en estado gaseoso–, pero para eso tienen que agarrar las partes casi de los pelos, no importa mucho cómo, y así al boleo, cambiarlas de estado? Claro, me dirán "¿por qué nos tenemos que fumar nosotros tus ideas en fuga?" Y no, no tienen por qué. Y eso también es liviano. Tengo la ilusión de que me pueden perdonar los decires mal logrados, confusos, los traspiés, sabiendo que otras veces soy adorable.

Hoy venía para el trabajo pensando que la escritura para mí es un acto espontáneo, de puro presente, tan diferente a como se la suele sentir. La escritura en este blog no es para mí tan distinta a pensar en voz alta, con la presencia de otros que me pueden decir: “no entiendo lo que decís” y yo que puedo contestar “quise decir esto”, y otro que me puede aportar “no estoy de acuerdo en ese ‘esto’” y yo que pueda decir “creo que tenés razón”, o todo lo contrario, o ni una cosa ni la otra, o “¿pero y si lo pensamos así, no podría ser?”.  ¿Nunca se les dio por pensar que si el texto X que arrancaron a escribir a las tres de la tarde, lo hubieran arrancando a las diez de la mañana, o el día anterior, o el siguiente, sería otro texto? En mi caso cuando empiezo un texto nunca sé bien qué va a decir, por dónde va a rumbear. Tengo ideas vagas, y es la primera frase la que conduce al resto. Por supuesto que mis pensamientos no son tan ciclotímicos, pero se articulan como quieren y en la articulación, cambian, y me hacen dudar de lo que primero decía. Creo que tiene que ver con esta liviandad que necesito. No puedo pensar la escritura como algo definitivo, porque no tengo seguridad sobre lo que pienso en ningún terreno. Nunca estoy segura de lo que digo, de lo que pienso, de lo que percibo, de lo que siento. Sólo puedo dejar huella de un momento, el momento en el que escribo/hablo, pero mi escritura sigue, como mi habla, y cambia. Y tengo que dejarla ser. Así, liviana.

Por eso me es tantas veces incómodo escribir desde la teoría, desde cualquier campo del saber. Por eso me ven oscilante en mis artículos, probando cómo sentirme cómoda insertándome en un saber que trasciende, tratando de hacer de cuenta que no, que no trasciende. Que todo saber está agujereado, que vale dudar, hasta cuando uno se muestra muy categórico. Vale mostrarse categórico, porque tras cartón uno puede mostrarse categóricamente contrario a lo que primero aseguró. Y así vamos, de entrevisión en entrevisión.

Por eso amo la literatura. Por eso odio que se la sacralice. Odio el pedestal en el que se pone a escritores y textos. Escribir literatura es liviano, es lindo, no importa, no sirve para nada (por suerte no sirve para nada en este mundo tan patas para arriba) no hay verdad colectiva por sostener, o destruir, o cuestionar No hay quien me diga que tendría que haber pensado más antes de escribir. Yo escribo dejando salir de mis dedos las palabras, autoconvenciéndome de su levedad, con miedo de su permanencia, creyendo que no importan, que mis palabras no me atan, no son yo, son mis palabras voladoras, poca cosa, que es mucho: “qué lindo que es estar en la tierra después de haber vivido el infierno; qué lindo que es poder amarte y mirarte otra vez, después de estar tan enfermo, qué lindo corazón que estás acá y acá latiendo, y me desenredes los ojos. Y si por ahí el miedo me viene a buscar de nuevo, voy a recordar lo que cantamos una vez mirando el cielo: cantale a la luna y al sol, cantale a la estrella que te acompañó, cantale a tus amigos con el corazón… Yo no sé por qué a veces me pierdo, los ojos se me dan vuelta y me muero por dentro, y me encierro otra vez y no puedo salir. No puedo ver lo lindo de cada momento. Es que a veces no me le animo al niño que llevo dentro. A veces pienso que están mal algunas cosas que siento. Pero más allá de eso echa pa fuera y bye bye go. No tengo tiempo ahora de eso. Estoy en otra canción. Se acabó.”

Metamorfosis de una anécdota



por Mayra Nebril         

1) Los hechos

Un viaje a Europa en pareja. Los sentidos despiertos. La máquina de fotos al cuello. La decisión de no visitar el museo del Louvre por dentro, pero desear una fotografía de la pirámide de vidrio. El pedido a unos jóvenes, con trípodes y cara de expertos, de retratarnos. La foto y una serie de carcajadas. El ofrecimiento de cortesía, de sacarles a ellos una fotografía. La visita a los museos de Orsay, y al centro Pompidou. La emoción de ver originales después de tantos años de copias. La puerta del baño grafiteada. La reflexión. La idea del cuento escrita dentro de la libreta. El regreso a Montevideo con varias imágenes y relatos. Las ganas de parir un cuento. La posibilidad de desenredar una idea de la madeja de pensamientos. La decisión de prestarle tres cuerpos a la misma alma.

2) Cuento 

El viaje había sido planificado a lo largo de todo un año, qué ciudades visitar, cuáles eran las mejores opciones de alojamiento para cada destino ¿hotel, apartamento, hostal?, qué paseos deseábamos realizar y de cuáles podíamos prescindir, incluso en qué barrios nos entregaríamos a la voluntad de las piernas.

París soportaba dos décadas de expectativas. El Sena, sus canales y puentes, la Torre Eiffel al atardecer, el barrio latino, la casa de Lacan, Montmartre, el lugar en el que vivió Van Gogh, la que sirvió de morada al Ulises de Joyce, Amelie, la música, las palabras risueñas del francés, el vino, el queso, los crepes. Pero el museo del Louvre no nos interesaba. Habíamos visitado Orsay y en él a los impresionistas y a Van Gogh, luego en el Centro Pompidou nos habíamos deleitado con los surrealistas y los dadaístas; y entonces realizamos la ecuación tiempo sobre ganas, y el resultado fue pasar por alto a la Mona Lisa, sí, ella podía esperarnos otros ¿cinco? años. Pero la arquitectura del museo, su pirámide de vidrio, el palacio, los jardines que lo enmarcan, de eso no queríamos privarnos y por lo tanto el quinto día en la ciudad luz, nos dirigimos hacia la Rue de Rivoli hasta que desde lejos dimos con el lugar.

Nos acercamos caminando por la diagonal de las Tullerías escoltados por cipreses y pinos, sobre el pasto, suave colchón verde, los cuervos se paseaban al sol entre alegrías y rosales florecidos. El bullicio iba en aumento, un murmullo, un goteo, un zumbido. Al cruzar la avenida que nos separaba de la famosa pirámide de vidrio, fuimos dos hormigas en el hormiguero gigante del Louvre. Una fila de doscientos metros serpenteaba viva, gritos en varios idiomas, risas, flashes. Algunas personas se trepaban a cubos de cemento para ser estampadas en poses extrañas, otras gatillaban la máquinas, con brazos-ojos extendidos que veían lo que el fotógrafo no podía observar, otras pulsaban el botón sin mirar o que estaban retratando y sin detener la marcha. Nosotros dábamos vueltas aturullados, sin saber qué hacer o decir frente a la pirámide tantas veces vista y ansiada.

¿Era linda? Y a la vez la pregunta se tornaba tonta. ¡Era el Louvre! No importaba su belleza, ¿o sí? Era un emblema, una marca registrada. ¡Tan obvio como el furor del hormiguero!

–Vamos a pedir que nos saquen una foto en la que estemos los dos. Sólo tenemos una juntos, y está espantosa. –Propuse, queriendo salir del agobio.

Siempre sucede igual en los viajes de pareja, una o dos fotos de los dos integrantes, la del portarretratos obligatorio, y en las demás uno u otro de la dupla posando para que el paisaje sea testigo de la presencia de esos seres en ese lugar. ¿Lo importante debería ser el paisaje? A mí me aburren las fotos sin los viajeros, quiero verles la expresión en el rostro, tal vez descifrar cuáles eran las emociones en juego en ese momento, y muchas veces me pierdo de lo supuestamente esencial, del lugar que hace importante que esa imagen sea elegida.

Levantamos la cabeza y la dispusimos al servicio del jolgorio, acordamos que orientales no serían los escogidos para tomarnos la foto, nuestra especia de inglés y la de ellos es muy distinta, no nos entendemos, ¡sería tan bueno dar con españoles o latinos!, pero nadie hablaba castellano. Busquemos europeos, con ellos nos entendemos rápido la media lengua.
Al menos siete veces me atravesé en fotos ajenas buscando a nuestro fotógrafo. ¿En cuántos álbumes estará mi imagen? Japón, China, Corea, India, Ucrania. Mayra imagen vivirá en continentes que no conozco, visitará tierras que no añoro, tal vez morirá pronto, pobre imagen mía, tan joven para perecer.

Un grupo de jóvenes con máquinas fotográficas portentosas mide el lugar desde el cual la pirámide luce mejor, o al menos eso imagino detrás del trasiego de lentes y caminatas apuradas.

–Would you please take us a photo?

Los tres muchachos se miran entre sí y ninguno extiende la mano para tomar nuestra cámara. Pequeña, discreta. Sonríen y cruzan miradas. Elijo al mayor de ellos, un joven rubio de armónicos rasgos, ojos de un celeste translúcido, nariz recta y masculina, quijada delineada. Le acerco la máquina y le indico el botón de metal que debe pulsar. Nos retiramos unos metros para sonreír falsamente frente a la pirámide. El hombre se aleja unos pasos, observa el aparato y empieza a toquetarlo.

–Es un experto, o un loco –dijimos con la impunidad que nos da la lengua materna.

Click. Una. Otra. Otra. Nos pidió que nos moviéramos a la izquierda, obedecimos como niños. Otra vez la pose. Nos enderezó. Click. Click. Sesión fotográfica. Esperaba que alguna sirviera para el marco de mimbre que compré en la feria callejera de Saint Germain.

–Gracias. Thank you. Merci.

Y entonces me ofrecí para fotografiarlos frente a la pirámide o donde quisieran. Es lo que se estila en esos casos, al menos eso indica mi austero manual de protocolo. Nuestro fotógrafo asintió. Me entregó la máquina que tenía colgada de su cuello, pesaba, me explicó cuál era el gatillo y se dirigió al lado de sus amigos que reían con grotescas carcajadas. Se abrazaron. No paraban de reírse y moverse. Los estampé, pero se escaparon como diez fotos. El hombre me indicó con la mano que sacara otra. Y fueron otra decena de disparos. Luego me pidió, aunque no sabría repetir las palabras con las que lo dijo, que fotografiara el Louvre. Disparé a la pirámide, al palacio, a la gente. Le entregué de mal modo la máquina, aburrida de la mala educación de los burlones amigos.

Sobre la estufa a leña de mi casa reposa uno de sus retratos, nada del otro mundo, mi exceso de peso está a la vista y las bolsas debajo de los ojos de mi marido también, aun así es la mejor foto juntos que tenemos de París.

Quiso la casualidad que dos años después a raíz de una cadena de sucesos que no vienen al caso, coincidiéramos con un amigo, experto en fotografía, en una muestra de las mejores fotos de los últimos años, una exhibición imprescindible para los que tenemos cierta lujuria con la cultura.
Un fotógrafo croata había sido el ganador en el 2010. Una fotografía de París, de la pirámide del Louvre. Movida. Mal encuadrada.

–¡Es genial! - Dice el entendido que nos acompaña, previo a una catarata de detalles acerca de dónde habitaba la originalidad de la imagen.

La miro con mayor detenimiento. Luego enfoco la imagen junto al nombre del autor. Eran tres hombres a las carcajadas. ¿Ya es obvio? Sí, eran dos de las fotografías que les saqué junto a la pirámide, fuera de foco, y con el Louvre cortado y torcido.

–Esta foto la saqué yo –proclamo.

Soy exagerada y tengo inclinación por las ficciones, lo sé, por eso no me creían. Se agarraban la barriga para reírse.

–Ricardo, mirá a los tipos de esta foto. Son los que nos sacaron la foto. ¿Te acordás? ¡Fijate!

La sorpresa lo dejó quieto frente a la imagen. Todos hicieron silencio.
¿Había ganado el premio a la mejor fotografía, o es que ese retrato tenía valor porque él era el autor?

Recuerdo la puerta de un baño del museo de Orsay, en la que está escrita una frase entre suspiros de verdad: Donde todo es arte, nada es arte. 
En el baño montevideano donde se exhibió la muestra de las mejores fotografías de los últimos años dice: Donde nada es arte, ¿si el artista tiene un nombre, todo lo es?

3) Reflexión

Vivo en un lugar en el que el acceso a los originales es casi imposible, las muestras itinerantes no llegan a mi ciudad y por lo tanto los libros de arte, o las fotocopias de los libros de arte, son la manera de tener contacto y acceso a la pintura. Ir al viejo continente era, entre otras muchas oportunidades, el momento de llegar a los ansiados originales. Ver por primera vez un Van Gogh, un Duchamp, un De Chirico, un Dalí, un Bacon. Me preguntaba si sería distinta la emoción. Y sin duda que lo fue, pero me vi frente a cuadros tantas veces observados preguntándome ¿por qué me emociono tanto más que frente a las copias? ¿Será porque llegamos a ver la mano detrás del trazo del pincel?, ¿o porque vemos el ojo de Vincent y su angustia desde más cerca?

El cartel con el nombre del artista es diez veces más grande que los datos del cuadro en exhibición. ¿Por qué? ¿Es más importante el autor que su producción? El creador se convirtió en marca registrada por crear lo que creó. La obra trascendió primero, y fue por ese motivo que el nombre fue marca. ¿O no? A la vez, luego de que hizo lo que hizo, ya sólo importa quién es, y ¿haga lo que haga estará en exhibición con un gran cartel con su nombre, y uno más pequeño para su obra?

¿Qué se busca en las visitas a los museos? En los museos se busca lo que ya se conoce, y rara vez, ya que son monstruos que se tragan el tiempo y el espacio, uno se adentra en salas de quienes no conoce. Como si uno fuera ahí, muchas veces, buscando testimoniar y certificar lo que ya ha visto y leído.

En el baño de hombres del museo de Orsay en una puerta dice: Donde todo es arte, nada es arte. Es cierto. El aburrimiento puede llegar de pronto, cuando la belleza es la monotonía posible.

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