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El estilo es el hombre

Por Elianna Pascual

Bárbara caminó despacio hacia la puerta, no quería que los demás, más allá de aquel que apareciera del otro lado de la hoja, se percataran de sus movimientos. El estilo puede tener que ver con dar el nombre del personaje al principio, darlo después, o dejarlo en el anonimato. Y los comienzos tienen un orden canónico, pero también ya es canónico que ese orden se altere. Todo estaba bastante tranquilo: no se escuchaban bocinas, pocas luces en la cuadra, no había perros ladrando. La forma en que se describe la escena, si se opta o no por el copretérito, también compete al estilo. Cerró con llave, por fin son las nueve, volvió al sillón y encendió, con el control remoto, la tele en su programa favorito. El estilo directo libre queda, por lo general, solapado entre las palabras del narrador. Empezaba a sonar la cortina musical: I´ve lived a life that´s full, travelled each and every highway... Ay, Frank querido, ¡cuánto te admiro! Sin reparar en la rima, tomó un par de almohadones y se acomodó en el sillón. Pero había una mancha en la pantalla de la tele y eso empezó a incomodarla un poco, primero la desconcentró, después la irritó, por último la obligó a pararse y dirigirse a la cocina  en busca de la rejilla de lavar los vidrios y el frasco de alcohol. (El estilo puede ser un poco obsesivo a veces.) Frotó, testaruda, la pantalla, hasta que pudo diluir el pegote; el presentador empezaba a hablar, así que volvió apurada a la tele, aún abrumada por aquel paréntesis.

Bárbara solo podía recibir visitas dentro de los horarios y los días estipulados por la dirección. Perdón: La Dirección. El estilo puede ser subversivo, pero últimamente Bárbara prefería acatar las normas institucionales para no recibir más sanciones. “Hay que obedecer una lógica que al parecer trasciende a lo que nosotros queramos o dejemos de querer”, dijo en estilo directo y para nada libre, y, conforme en todas las acepciones del verbo que sigue, se reacomodó, pacífica, pasiva, impasible, frente a la pantalla. Por suerte el estilo a uno lo acompaña siempre, pensó a continuación Bárbara, y no es una cosa que se aburra y se vaya: aunque se aburra de uno, no se va. (Sus amigos, en cambio, se habían ido hacía ya un par de horas, y no habían prometido volver sino hasta el próximo cumpleaños.) El narrador podía haber hallado una mejor suerte para Bárbara. ¿Podía? ¿Elige el narrador el devenir de sus personajes? ¿Es ese un tema de estilo?: ¿puede o podría el estilo del narrador hacer algo por Bárbara? ¿Quién será el artífice de quién, en esta historia?

Bárbara miraba El show de Frank, religiosamente, todos los domingos de noche. ¿Será que el estilo va de la mano de las rutinas? A mayor organización, mejor estilo, repetía para sí misma, y así la semana transcurría hasta que llegaba, lentamente, el final. Sus pensamientos no siempre la convencían, pero, eso sí: estaba segura de que la rutina la ayudaba mucho con la evolución positiva de su tratamiento: levantarse siempre a la misma hora; tomar cuidadosamente las seis pastillas con el desayuno; colaborar con las tareas del jardín de diez a doce; dormir media hora después del almuerzo, caminar dos veces alrededor de todo el patio los días agradables, y ocho veces de una punta a la otra del pasillo cuando llovía; así cada momento puntualizado sucesivamente hasta la hora de dormir. La monotonía era algo que se necesitaba para alcanzar un estilo de vida deseablemente normal.

Pronto el presentador dio paso a algunos anuncios; qué estilo tan distinguido, calculaba Bárbara, mientras analizaba, junto con la voz en off, los detalles más extravagantes del traje, los accesorios y el peinado. Me vistió Fulano, me peinó Mengano. Qué elogio de la frivolidad, pensó también, aunque hipnotizada por los adefesios. El presentador retomó su discurso, quién sabe si estaba leyendo pero hablaba muy bien: elegía oportunamente las palabras y no titubeaba cuando tenía que improvisar. Eso era lo que más le gustaba, a Bárbara, de Frank: aquel halo de elegancia que le daban la buena voz y el hablar exquisito. “Un refinado hombre de la televisión”, dijo en voz alta, sin reparar en el oxímoron. Pero sí se detuvo en el enorme parecido que había entre este hombre y su amado Frank Sinatra, ¿serán adrede el frac y la moña negra? Entonces pensó primero, un tanto decepcionada, que la imitación le quitaba originalidad: Bárbara hubiera preferido no haber visto nunca a Sinatra para no terminar por creer que el presentador era, ahora, un hombre tremendamente mundano. Así fue y vino en su pensamiento varias veces, lo cual también formaba parte de un estilo indeciso que terminaba por enlentecer sus razonamientos. Bien podía decirse que el presentador, a pesar de ser un burdo copista, tenía una manera propia de desenvolverse en el escenario, de sonreír a los participantes, de cautivar al público y de persuadir a los espectadores. Al fin y al cabo, también es cierto que, sea en cuestiones de estilo o más allá de ellas, todos tenemos derecho a querer parecernos a alguien. Podría quedarme con la idea de que él es Frank, calculó Bárbara, y rápidamente resolvió la situación con una escena de lágrimas ante el descubrimiento, sabía que no me habías dejado, querido, y no paró de mirar el show de su Frank plenamente embelesada, hasta el final. Porque, aunque nos cueste verlo o demoremos en decirlo, el estilo siempre tiene algo inexplicable, hasta delirante, esa manera pretendidamente subjetiva en que nos apropiamos de las palabras, en que elegimos las formas del decir; y la emoción que le ponemos a cada frase.

Ahora el presentador se despedía, agradecido, de su público fiel, a todos en general muchas gracias, pero la cortina musical no empezó ahí: esta vez Frank optó por detenerse en su amada Bárbara, feliz cumpleaños, esta canción es para ti, y tras el preámbulo del epílogo del programa espetó un intenso I´ve loved, laughed and cried. I´ve had my fill, my share of losing... no, oh, no, not me, I did it my way, compenetrado vehementemente con la música, palabras que tanto caracterizaban el más apasionante de sus estilos.


Pletórica, Bárbara se levantó del sillón y caminó hacia el control, que había quedado sobre la tele. ¿Puede alguien definir el estilo de una persona? ¿Y el potencial estilo? ¿Y el potencial control que cada uno tiene sobre su estilo o sobre su potencial estilo, es definible acaso? Apagó todo, así solo ella y nosotros, cómplices, sabríamos de su llanto, y, lindando un poco con el estilo cursi, entre la confusión, la hipérbole y la redundancia, caminó despacio hacia su habitación, se recostó sobre las sábanas y susurró, entre sueños y en estilo indirecto más por las circunstancias que por la gramática en sí, gracias, querido, igual que aquel día.
Regrets, I´ve had a few
but then again, too few to mention.
I did what I had to do
and saw it through without exemption.
I planned each charted course,
each careful step along the byway.
And more, much more than this,
I did it my way
Frank Sinatra

Psicoanalistas abstenerse

                                                      
 Se trata de la curiosidad,
esa única especie de curiosidad 
        que vale la pena practicar con cierta obstinación:
no la que busca asimilar lo que conviene conocer, 
sino la que permite alejarse de uno mismo… 
                                                            Hay momentos en la vida en los que la  
cuestión de saber si se puede pensar distinto de como se piensa 
y percibir distinto de como se ve  
es indispensable para seguir contemplando o reflexionando.-

Michel Foucault


                      
Aunque te cueste creerlo, ese hombre era muy poderoso hace cincuenta años. Era otro mundo, y estaba de moda hacerse leer los sueños, ¡te lo juro!, y no se trataba de una costumbre de ignorantes vulgares, no, todo lo contrario, salía una fortuna, y había que esperar hasta seis meses para que te diera turno un psicoanalista. Lo sé porque yo fui, era revelador, tenía un magnetismo que te dejaba en un estupor viviente. En serio, tus propias palabras cobraban verdadero sentido, comprendías el mensaje exacto que tenían encerrado en su interior. No mires así, eso era lo que se sentía, y además estaba alineado con una tradición milenaria. Los hubo en Grecia antigua, en Roma, en China, -en todas las civilizaciones cultas- y también en el imperio capitalista. Después, bue, ya sabés…

El viejo encorvado y arrugado –con piel de elefante- se acomodó la manta que tenía sobre los hombros, los dos últimos mechones de pelo plateado le aletearon sobre la calvicie, los labios susurraron vaya a saber qué palabras o rezos, y ambas manos lucharon contra un constante temblor. Los dos dudábamos si el onirotraductor se había convertido en mendigo-y le decíamos así porque la palabra psicoanalista había desaparecido, un manto de olvido la escondía, y por eso cuando se desató de la punta de mi lengua, ambos quedamos asombrados haciendo el ejercicio de traer a la memoria lo que tal vocablo encerraba. En cambio los intérpretes de sueños y de casi cualquier cosa habían sobrevivido en la nueva era, soportaban -en la marginalidad-, los pocos divertimentos que la metaciencia había dejado en pie. 

La frazada sobre su cuerpo, y la soledad añejada en la postura de quien sabe que nadie va a sentársele al lado, nos daba a entender que se trataba de un desamparado, pero su mirada vivaz contradecía la fragilidad. 

Debe tener al menos noventa años, no hay bichicomes de tantos años, no se llega a esa edad viviendo a la intemperie, supongo.

Una mujer atravesó la plaza por el sendero diagonal, con decisión hizo golpetear la madera de los tacos contra las piedras, se detuvo en seco frente al hombre, le veíamos la espalda, estaba erecta, balanceaba la cabeza pero su pelo parecía un casco, no se separaba en hebras, cada tantas sacudidas los brazos hacían algún gesto contundente. El viejo había desaparecido detrás de su cadera, no sabíamos si él participaba del intercambio, o si se trataba de un monólogo, hasta que la mujer tomó asiento en el banco junto al hombre, y otra vez fuimos capaces de observarlos con detenimiento a los dos. Había entre ellos una intimidad distante.

Un fajo de dinero, eso fue lo primero que los vimos intercambiar. Recién ahí el traductor de sueños pareció reanimar ojos, manos y cuello. Se acomodó en el asiento, golpeteó las palmas con sus muslos, estaba muy fría la tarde, 8 o quizás 10 grados celsius, pero la brisa nos hacía castañear los dientes. Teníamos la piel erizada a pesar de haber respetado con exactitud la sugerencia de abrigo que el celular nos ofreció apenas nos despertamos. Esa mañana –sé que no es posible, pero así lo pareció-, el sistema tuvo áreas, exagero, pequeños puntos de falla. 
El hombre se enderezó y giró para enfocar a la mujer.

¿Cómo era eso de la traducción de sueños?
No se trataba sólo de traducir sueños, más bien era un procedimiento de descubrimiento de verdad. Ibas, hablabas sin parar, esa era la condición, decir sin sentido, contar sueños, casualidades, insultos, pedazos de cuentos, vaciarte ahí.
¿Te servía?, ¡me resulta una estupidez!
Mirá, ¡ella lo está haciendo!

La mujer decía, fruncía la nariz, el entrecejo, decía, enfatizaba con las manos, decía, de pronto se largó a llorar, él viejo escuchaba, suponemos, pero no es seguro, asentía, cada tanto subía y bajaba la cabeza con levedad, no se conmovía con las lágrimas, ni con los alaridos. Nosotros nos levantamos y sin acordarlo supimos que debíamos intentar acercarnos. Pasamos por delante de la pareja, el traductor me miró durante dos o tres segundos, dudo que me reconociera, cuando lo veía regularmente tenía veinte o quizás veinticinco años, pero sé con certeza que me observó, sentí su mirada, y la incipiente sonrisa en la comisura de sus labios secos. No había vuelto a pensar en él. Su presencia, aquella que convocaba mis racimos de frases bien hilvanadas, había caído en un pozo de mi memoria, pero al verlo se entibió una zona del recuerdo, esa a la que nos gustaba llamarle lo inconsciente, me dio tanta gracia, ¡lo inconsciente!, creíamos tanto en él, con sólo adjetivar así estábamos advirtiendo que éramos propensos a la revelación. Todos queríamos acceder a esas oscuridades que nos eran ajenamente propias. Por eso pedíamos hora, y esperábamos con orgullo y paciencia. Dimos vuelta por el sendero de pedregullo, queríamos llegar a un murito de cemento y piedra que había detrás de donde estaban la mujer y el traductor.

¿Por qué dejó de existir esa profesión?
Se prohibió, la ciencia descubrió que eran chantajes, estafas, y sugestiones. Cayó en desuso. 
¿Es ilegal?
Al menos cuando estalló el conflicto, ¿2016?, sí, hace medio siglo ya desde que se redactó la ley: Psicoanalistas abstenerse.
¡Qué nombre! ¿Qué hicieron los que se dedicaban a eso?
Algunos fueron presos por ignorar el decreto, otros emigraron. Japón -y algunos otros países de oriente- los recibieron y los dejaban trabajar.
¿El idioma?
Alcanzaba con que la persona que hablaba creyera, y con que ellos fueran capaces de entender el ritmo de esa lengua, podían hacerlo si comprendían dónde interrumpir, era un arte de corte, al menos eso decía mi psicoanalista, el que era hace cincuenta años, y también gustaba decir que No se sabe, lo cual aunque te cueste imaginarlo, era una enorme liberación. 
¡No saber y cortar, qué estupidez! ¿Vos …- ya estaban sentados y no quiso terminar la frase por temor a que del otro lado se escuchara con claridad lo que hablaban. Acomodaron los cuerpos con las orejas orientadas hacia el banco en el que acontecía el encuentro, la mujer hablaba tan alto que no era necesario esforzarse demasiado para saber de qué iba la conversación, el hombre aportaba suspiros que pautaban la cadencia de las frases, no le escuchamos decir nada más, absolutamente nada hasta que veinte minutos más tarde le dijo, Suficiente por hoy, si quiere ya sabe dónde y cuándo encontrarme. La mujer le agradeció, estaba emocionada, agitada, su tono de voz estaba afectado mucho más de lo aconsejable, seguramente estuviera vibrándole el sensor, se paró y deshizo sus pasos por el sendero en diagonal.

Es como hablarle a un oráculo mudo, ¡qué primitivo, y qué tonto!, poner al inconsciente en el lugar de dios, qué extraño entender esa sucesión como un progreso, religión y después psicoanálisis- ese fue el momento en que la palabra resucitó de forma completa para los dos- ¡gente civilizada entregada al ocultismo!, ¿cómo puede hablar sabiendo que no hay nada? ¡Está comprobado, y ella lo sabe! Me indigna. Nos compromete a todos. Sabemos, los experimentos no dejaron margen de error, ¿cómo puede darle espacio a las dudas?

Me disculpé, y me despedí. Esperé unos minutos en la esquina y regresé. 

Fui directo a sentarme junto al viejo, nos miramos, sonreí, él esperó, anhelé los tiempos en los que mi fe me permitía creer en que había algo más allá o más acá, comencé a hablar, tenía ilusiones de que lo inconsciente aún viviera en mí, que resucitara entre nosotros. 
A las pocas frases me envolvió el silencio ajustado del ridículo, me sonrojé, mi voz se quebró, bastó con que él dijera Te escucho, sí, dejate decir, continúa, por favor, para que rasgáramos el presente, y entráramos con naturalidad en aquella ajenidad a la que ahora llamábamos la humana precariedad.


Mayra Nebril

Aún así



En mi corazón hay una paz de angustia,
y mi sosiego está hecho de resignación.
Fernando Pessoa





4 años, ya
Los sollozos de aquel día
Los ojos desbordados
Abrir la boca duele
Abrir los ojos para siempre eso duele
Tanto verbo haber y cuatro años
Hoy no es pero sí
pero si
Espero.

El tiempo es un adverbio
Absurdo devenir
Que todo lo signa y lo resigna.

ela
18 de mayo de 2016


Avancemos con los Petitás y la Tía Chichita


Estimados y atentos lectores:

En esta oportunidad me dedicaré a ampliar el glosario psicoanalítico, como bien solicitó mi seguidor entusiasta Piter C, ya que no ha sido solamente él quien me ha dicho que mis escritos están más oscurantistas que los del mismo Lacan, y si bien, es mi coeficiente intelectual el que me juega malas pasadas, haciendo evidente lo que para mis lectores puede no serlo, de tanto en tanto puedo adaptarme. No quiero de ninguna manera caer en la vulgarización de la teoría, lejos de mí tal intención, sería como envolver en papel rosa un bisturí, queridos míos, ¡pppor dios!!!, hartos  estamos de tal tontería… pppero tampoco quiero dejar por el camino a lectores que tienen inteligencia promedio o al menos un entusiasmo suficiente, como para acompañarme en el solitario viaje de la Estética psicoanalítica.

Sé de buena fuente que ha habido problemas con los dos términos introducidos por mí, que tanto el Petitá como el Psicopetitá los han superado. Se nota que no calibré la erudición del concepto, pero no teman, esta columna es para ponernos a todos a tono.


Empecemos por el Petitá.
El petitá, mi invento, es una derivación creativa del clásico objeto lacaniano- petit a. 
Es un objeto también, pero no está dado por natura, sino que implica la evolución del sujeto en cuestión para devenir, advenir, advertido de la premonición creativa posible, o sea hay que esperar para ver qué petitá vendrá. Acataaaá el petitá, se suele decir.
El día que logren ser expertos en el oficio del petiteo, serán capaces también de intuir o presentir con elevados grados de certeza qué petitá advendrá en cada sujeto en análisis-o no. Ya que hay quien, debemos reconocerlo, logra parir petitás sin analizarse, por eso Freud decía pregúntenle a los poetas, podemos, creo yyyo, preguntarle también a profesionales de casi todos los rubros-no sólo poetas- , por que petitás cuando los hay los hay.

Alentándolos a sabuaaarfer con la adivinación del Petitá por venir, voy a citarles un ejemplo. Cuando un sanitario logra el sabbuuarfer con su oficio, con la materia en cuestión, logra moldear sus Petitás, digo –sus caños son de determinado grosor, su teflón está envuelto de determinada forma, sus canillas tienen un brillo especial. Sus petitás, sus sabuaaarferes, son eso único que sólo él hace así, de ese modo peculiar, y entendamos que NO todos los sanitarios lo logran. ¿Comprendieron, estimulantes fans? Les hice una excelentísima explicación, del petitá estético de essse sanitario que tiene sabuuarfer.  Es cosa de algunos que escuchan el murmullo del objjjeto y lo traducen en el sabuuuarfer con el petitá estético. ¿Se entiende, verdad?

Pero vamos a aclarar que hay que trabajar muuuucho para arribar al nacimiento del Petitá, no se hace sólo, ni se aprende en una academia, curso, seminario o evento. Hay que transsspirar la camiseta, el mameluco, o la blusa de seda, para que nazcan uno o dos petitás. Queridísimos, en análisis, de aparecer petitás para el paciente, ellos estarán al final de un tratamiento y por supuesto que tiene que ver con que le toque un colega que domine y sea generoso con el arte del petiteo. Pocos, estimados seguidores, yyyo por supuesto y algunas amigas colegas sabuuuamosfer, pero es demasiado escaso es el número de psicoanalistas domadores de petitás. Para eso también escribo y trabajo…

No quiero parecer una maestra, pero para avanzar al concepto del Psicopetitá, necesito tomarles la lección del petitá, y definir un poco mejor con qué público cuento, ¿cuento?, ¿hay alguien ahí?

Aquí vamos, una fácil, ¿cuáles podrían considerarse los petitás de Frida Kahlo? ¡La mujer de los petitás! Si no los encuentran vuelvan a leer la columna, por favor, queridos, un esfuercito, ustedes pueden, ¡cuento con eso para poder avanzar!!

Para los que son menos intelectuales, los integro, ¡cómo no!, son mayoría y yyyo soy una analista democrática, tengo otro ejercicio para ustedes. ¿Cuáles serán los petitás de Luis Suarez, Forlan o algún otro que elijan entre el grupo mundialista?

Espero vuestros comentarios, y cruzo los dedos para que vengan embebidos en mi sabuaaarfer.

Suya, La Tía Chichita 

Los Petitás de los grandes psicoanalistas: Freud

Estimados lectores, fans y seguidores:

En esta tercera entrega quincenal, deseo entrar profunda y cabalmente en el tema por el cual Langue Lengue me ha convocado, mi dominio del Petitá, y en especial de la relación entre el Petitá y la Estética. Voy en esta ocasión, por lo tanto, a encaminarlos en la senda de Los petitás de los grandes psicoanalistas, penetraremos, juntos, la lógica fundante del psicoanálisis, esa que aún tiene sus consecuencias en el psicopetiteo del licenciado recién advenido, ese que incluso antes de enmarcar el título con dorado a la hoja y colgarlo en su consultorio, sabe, porque ha estudiado o simplemente porque lo sospecha, acerca de la existencia del mundo del psicopetitá psicoanalítico. 

Quiero en esta oportunidad, ofrecer mi vasta trayectoria a ese licenciado recién egresado, essse que quiere commmpenetrarse con sus petitás psicológicos, pero tiene dudas en la mueblería al elegir su beryerrr o al decidirse por su diván. 

Entonces, estudiaremos el sabuaarfer de los petitás, o sea, estimados seguidores, hoy nos avocaremos a los objetos del maestro, mas aquellos estrictamente relacionados con la creación de la técnica, en definitiva, los psicopetitás de Freud.

Empecemos por el principio, queridos fans, pero no por el huevo ni por la gallina, sino por El diván, el afamado psicopetitá diván, ese en el que retozaron el hombre de los lobos, el hombre de las ratas, Dora, e incluso el mismo Sigmund, ya que sé de buena fuente que el maestro sesteaba, a pata suelta y soñaba, en sus horas libres, recostado en él.


Dos preguntas surgen a cualquier psicoanalista que observe con cuidado este mueble. El primero es que tiene una alfombra sobre él, o sea, ¿esconde Freud su elección de objeto?, ¿por qué? 
No hay contacto directo con el mueble, es un misterio en sí mismo que se instala antes de que el paciente comience a hablar, ¿adrede?, ¿el padre del psicoanálisis nos invita a un acertijo?, ¿nos pide, así, que entremos en asociación libre? 
Sí, sí, definitivamente es así- queridísimos seguidores- un enigma que genera el TTsunami asociativo del que hablamos en otra ocasión. 

¡Arriesguen, digan, no teman! Háganlo, lectores. Ahora ....¿Necesitan que yo de el primer paso? Oquei, no por eminencia en el sabuaarfer de la estética del psicopetitá, dejo de saberhacer/sabuaarfer les un mimo a mis seguidores… a modo de ejemplo para que liberen las ideas, puedo ofrecerles un cómo proceder frente al enigma. No se queden ahí encandilados, procedan, suelten la lengua… 

El diván del maestro me recuerda al living de Pochola, que forraba los sillones con nylon para conservarlos mejor. O ¿sería Martha-la esposa de Freud- quien cubría el diván para evitar el roce que tanto trabajo daba quitarlo? Es un buen ejercicio, lectores, que permite otra clínica, otra ética y otreeee estéticc.

Pero, ¿qué sabemos a ciencia cierta? Ya que también tenemos que saber ceñirnos a las verdades, tan relacionadas con la estética, por otra parte. Lo que nos hace saber, con el acto de cobertura del diván, es que el contacto está SIEMPRE mediado, -eso nos quiere decir su gesto fundante- que el objeto está elevado a la dignidad de la Cosa, o sea al menos essse diván, el suyo, está elevado y no es cualquier COSA. Noten, por lo tanto, que con el diván nos hace la mostración de lo que Lacan descubriría años después en una visita a la casa -ya convertida en museo- de Freud. Se dice que Jacques miró debajo de la alfombra y quedó muy sorprendido, pero decidió hacer silencio, para sólo después escribir el aforismo.

La segunda pregunta es ¿por qué usó un diván?, ¿qué ligazón hay con su vida en esta elección ético estética que marcó una técnica, la nuestra? Sabemos que sostener la mirada, el clásico objeto petit a, durante tantas horas agotaba a Sigmund y entonces se dio maña y creó el psicopetitá diván para evitar-la, fue el invento con el que responder a la demanda del petit a lacaniano, ¿comprenden?

El petitá, siempre es creativo, ya que implica el despliegue del sujeto, de su subjetividad, y está relacionado con su historia – en el caso de Sigmund podemos, como es necesario hacer en psicoanálisis, suponer que fue la mirada fuerte de su propio padre la que desencadenó su sabuaaarfer con ella, para lograr imponer la distancia- pertinente- para hacer emerger la voz y hacer algo con ella. Crea Freud un petitá a la medida de sus petit a. ¿Me siguieron?

Además, debemos recordar que es la histeria quien le abre la historia del psicoanálisis, y fácil es saber que ellas disfrutan con el uso de divanes, con o sin alfombra.

¿Comprenden entonces cómo proceder para entrar en el análisis del nivel del psicopetitá? Encuentren primero el objeto petit a clásico, son cuatro, ¿recuerdan? Hagan algún versito que los contenga así no los olvidan más, plis. Después de detectar el objeto petit a clásico, observen el modo de lidiar con él que inventó el sujeto, -si es que tienen la suerte de conseguir un sujeto medio avispado- aparecerá entonces el petitá, y si se trata de un psicoanalista, los psicopetitás también estarán por allí. ¡Pero si es demasiado, quédense con el mundo del petitá!

Pueden- apreciables lectores amigos-empezar a pensar en la elección de vuestros divanes y beryyyers, o en los que se encuentran en los consultorios que frecuentan. Es hora de trazar suposiciones estéticas. Estética enganchada a Una, La, ética. Comprobarán cómo se abre el concepto cuando dejan que mi cuerpo, teórico, claro está, entre en ustedes. 
Pueden intentar, tal vez sea un salto osado, pero el camino del psicoanálisis implica riesgos, les decía que pueden empezar a interrelacionar el término objeto petit a común- queridos, sepan que no por ser un concepto que renové en el último tiempo, el clásico objeto petit a cae, así como existen dos lacanes, existe también el posTTTlacan, que deja vivo al objeto de Jacques y por supuesto eleva al petitá y al psicopetitá a la dignidad de alguna cosa- les decía en esta frase en su comienzo, que podían intentar relacionar al petit a simple con el petitá advenido del sabuaarfer de su propio análisis o del arte.
Trabajen, piensen, creen, orrrevuar monamis, 
Siempre suya,
 la Tía Chichita.

Los psicopetitás, marco teórico inaugural de la a/f/amada psicoanalista La tía Chichita.


Estimados seguidores y seguidoras:

Comenzando el año, quiero remangarme para ofrecerles el cuerpo del marco teórico que sostendrá mis escritos. Sabido es que no puedo incluir todo lo necesario, el NOTODO está en todas partes, pero al menos voy a dejarles una porción, claro que será una porción a medida y proporción de mi amplia teorización, para que vayan penetrando el universo del objeto y la estética psicoanalítica.

Propongo la existencia de tres tipos de objetos.
Sí, así como lo leen, mis estimados colegas. Pero no se preocupen, ni se desalienten, que paso a paso, iremos entrando en LA escalera conceptual ascendente.

Cierto es que tomo por válido el planteo de Lacan acerca del primer objeto. El Petit-á fundacional. O sea que son dos los que invento en mi sabuuarfer, pero además, como corresponde a todo psicoanalista que se nombre como tal, reinvento al Petitá fundacional en mi clínica, clínica de la que he sabido dar cuenta en varios congresos y actividades, como bien saben mis queridos seguidores.

Primero el petit-á del cual Lacan habló largamente y todos nosotros también, citando copiosamente al maestro, así que allí no voy a meterme más que para pedirles que lo lean y lo aprendan, con paciencia y despacito van a ir entendiendo, no paren que sigue y sigue.

En segundo lugar estaría el objeto Petitá, juego homofónico con el primero, objeto petit a lacaniano, ¿ya lo habían descubierto?, lo aclaro de todas maneras ya que siempre el público se renueva, y alguno debe venir en el grupito de los rezagados,-mi teoría es inclusiva, allinclusive, ¡pero no por eso vulgar!, ¡ni proclive a la vulgarización!, sepan que respeta el ánimo oscurantista de mi tribu- ojeto petitá que descubrí en mi posibilidad de lectura a la letra, descubrimiento de mi autoría, del cual soy madre, -no padre- y cuenta con mi firma, ya que nació de mi sabuuuarfer.

Ese Petitá es y no es parte del cuerpo, es y no parte del sujeto, es el borde de TODO agujero. ¿Ahora los visualizan mejor? ¡Qué imagen! ¿No lo logró todavía? Descuide, también de eso se trata, colegas principiantes, de estimularlos a crear variedades de Petitás, no queremos un petitá coagulado, esclerótico, tenemos que inventarlo cada vez para cada quien, ir hasta el unercanté  y regresar victoriosos con el petitá de esa tierra. Logrando desatar un goce deseoso de amor al psicoanálisis, porque dejaremos caer Algranotre, A, y así encontraremos, en el más allá del principio de realidad, nuevos colegas hablando y definiendo a los Petitás.

Y en tercer lugar, como tercer tipo de objeto, sostengo -también de mi total autoría, aun sabiendo que se convertirá en concepto patrimonio mundial- que para los psicoanalistas existiría una subespecie de petitás. 

Los Petitás Psicoanalíticos, objetos que al nacer un colega, al emerger un psicoanalista de algún diván, advendrán con él para ser y convertirse en sus petitás técnicos.

Dichos petitás psicoanalíticos, a los que de aquí en más llamaremos Psicopetitás, dan cuerpo al colega naciente, también lo visten, y acicalan, y poco a poco lo afirman en una estética que de saber leer entre líneas reflejará su ética.

Pero ¿cómo se arriba al advenimiento de esa serie de psicopetitás que acompañarán la carrera del colega yunior?, ¿son los psicopetitás elementos identificatorios a su analista?, ¿son una construcción del análisis, un aprender a sabuaaarfer también con el mundo objetal del psicopetiteo?,¿hay Uno en el universo del psicopetitá?, ¿cómo podemos interpretar la caída en el estereotipo del psicopetitá de algunos colegas?, ¿acaso los psicopetitás son sólo materiales-diván, título enmarcado, pipa, barba, mechitas, vestimenta tipo, biblioteca con la colección verde de amorroto?, ¿o permiten en su definición la inclusión de lo inmaterial? O sea ¿existen psicopetitás inmateriales- y ejemplifico para que puedan seguir conmigo hasta el final: es un psicopetitá el dominio del silencio, el tono de voz, el manejo del estilo interrogativo, la manera de tomar nota, y otros cuantos etcéteras que iremos desentrañando?

Les adelanto que el psicopetitá admite varias consistencias, colores y olores.

Los dejo en compañía de sus reflexiones las próximas dos semanas, y los invito a que ustedes den sus primeros pasos en la construcción de lecturas posibles acerca de las relaciones entre la  estética y la elección de los psicopetitás que han hecho. 
Trabajaré para hacerles visibles los psicopetitás de los grandes psicoanalistas.

Espero que esta columna inaugure el espacio de intercambio.
Hasta la próxima...

Siempre suya,
La tía Chichita

Los Petitás de los grandes psicoanalistas: inauguración de la columna de la tía Chichita


Estimados lectores y estimadas lectoras:

Me dirijo a ustedes para hacerles saber que durante los meses próximos estaré participando de Langue Langue.

Las colegas promotoras del blog, me hicieron saber el interés que mi teoría y técnica ha suscitado entre el público especializado uruguayo, incluso me han hecho llegar algunas consultas sobre la domesticación de petitás y el no sabuaaarfer con el encandilamiento agalmático de ciertos petit-á, motivo por el cual al recibir la invitación a trabajar Ética y estética en psicoanálisis, tópico de mi absoluta especialidad, he decidido sostener un espacio que bauticé como: LOS PETIT/ás DE LOS GRANDES PSICOANALISTAS.

¿Qué vínculo tienen los petitás con la estética y la ética en psicoanálisis? 
Una muuuy íntima relación, queridos. 

De a poco iremos entrando en tema, pero por el momento sería suficiente con que vayan abriendo las cabezas para darle cabida a las preguntas, ¿qué estética reflejó la ética de Freud?, ¿y la de Lacan?, ¿la de Klein?, ¿la de nuestros analistas?, ¿de qué estética dan cuenta vuestros consultorios?

Sabido es para mí, -no se preocupen que estoy aquí para enseñárselos a ustedes, y para crear un efecto de transmisión expansivo que funcione como TTTsunami arrollador de conocimientos-, o sea, pretendo ser el petitotro que les ilumine la zona de la estética de cada psicoanalista famoso y de sus petitás de batalla, ya que allí están encerradas, esperando nuestra lectura, las posibilidades de análisis que tuvo a su alcance cada uno de ellos. Así de terminante lo afirmo, y así de contundente espero sea la conclusión a la que arriben luego de terminar de leer la columna quincenal.

Me despido de ustedes con saludos cordiales, y les recomiendo, a modo de preparación o de rifreshhhhhh, que vuelvan al cuento de La tía Chichita y los Petitás, o crónica de las Lacanoamericanas, el texto en que esta muchacha, Nebril, expuso, aunque sin previo consentimiento, a modo de síntesis alabadora, mi esmerada exposición en el evento psicoanalítico- pero si aún así no entienden, las colegas de Langue Lengue les facilitarán el material complementario, seminarios del 1 al 25 de Lacan, supongo que los Escritos pueden por el momento evitarlos.
Suya,
La tía Chichita



por Mayra Nebril

Licenciado Lapsus Linguae: Susanita al diván


 Mayra Nebril

"Los pobres son pobres porque quieren. ¿No te das cuenta de que si encima de ser pobres, invierten en artículos de mala calidad, siempre van a ser pobres?" Susanita - Quino

Susanita se resistió a consultar con el Licenciado Lapsus Linguae durante muchos meses con argumentos clásicos: Yo puedo sola, No voy a hablar intimidades con un extraño, Es triste tener que pagarle a alguien para que te escuche, y Todos los psicólogos están locos.  Pero se decidió, cuando percibió que sus amigas tendían a esquivarla y que su madre no siempre le atendía el teléfono, lo cual la puso también a llorar hasta la deshidratación.  
Estaba tan llena de prejuicios, que cuando se abrió la puerta, alcanzó con que la estampa del Licenciado fuera humanamente armoniosa para que cambiara de idea, y sintiera agrado por el consultorio, la pipa, y el hombre. 

-        Hola, Licenciado.  Es un gusto conocerlo. – dijo parpadeando y sonriendo ampliamente.
-        Hola, Susana. – respondió el licenciado, que a pesar de que no se ganó un 0 km, reparó en que esta mujer se parecía a la otra, su pelo, su vestimenta, su maquillaje.
-        Ya lo sé – acotó ella adivinando el pensamiento de Lapsus – A todos les pasa.- y meneó la cabeza susurrando SSSHHHOOOCK.

“Esta mujer sabe dar espectáculos”, pensó el Licenciado “Será difícil dejarla saber quién es.”

-        Estoy muuuy angustiada, Licenciado, sino jamás estaría aquí con usted.  El mundo es un lugar injusto, usted ya lo sabe, ¿verdad?  El mundo es un agujero infecto – la mujer sonrió –... estoy aprendiendo palabras nuevas que me asaltan de repente.

El licenciado supo que hablaría poco en aquella entrevista, se arrellanó en la suave gamuza del sillón para continuar escuchando.

-        Resulta que recién a esta altura de mi vida vengo a descubrir qué horrible sitio es el universo.  Estoy que reviento de desolación e incredulidad.  ¿Y qué sentido tiene aprenderlo ahora? – frente al silencio atento de su espectador, continuó - ¡Ninguno! Pero ya no hay vuelta atrás.
-        ¿De qué no hay vuelta atrás, Susana? – agregó el Licenciado para sacudirse el pasmo de liebre encandilada que la mujer ocasionaba, pero parecía un guión, y su pregunta formaba parte del libreto.
-        Me divorcié hace dos años y mi vida cambió. Mis hijos son grandes, están encaminados. Mi situación económica es estable. Pero empecé a cuestionarme qué hacer de aquí en más. La gimnasia y las damas violetas no alcanzaban. Decidí, entonces, estudiar para ayudar a los carenciados.  Comencé la carrera de educadora social - la mujer cruzó las piernas, se acomodó el escote, y esperó la reacción de su interlocutor frente a esa exhibición; nada, ni siquiera un parpadeo, Lapsus sabe lo que hace - Mis compañeras eran tan desaliñadas, tan poco femeninas. Entonces surgió la posibilidad de hacer una pasantía en el I.N.A.U.  Tomé el desafío.  Pero fui a dar al lugar más espantoso que pueda imaginarse.

Se hizo un silencio.  Ella esperaba una intervención del Licenciado, quería estar segura de que él había mordido el anzuelo; que al menos su discurso era la tanza que tironeaba de su interés.

- Hice una crisis nerviosa hace un mes y no sé si le hará bien a mi salud mental regresar a ese antro. Quiero decidirlo hoy con usted.
- ¿Al I.N.A.U? - Susanita asintió- ¿Qué fue lo que le sucedió en esa pasantía?

- Una tarde me dije si estoy acá es porque tengo una misión que cumplir. Entonces junté a cuatro muchachas, internas privadas de libertad, y en el comedor les propuse realizar una actividad distendida.  Primero les enseñé algunas palabras en inglés, colores, animales, y tuve que acceder a traducir un par de malas palabras.  Ellas son así, Licenciado, tuve que negociar. ¡Eso las divertía! Después, cuando la atención decayó, les propuse hablar de cómo se vestían para una cita.  ¡Ay Licenciado no se imagina lo mal encaminadas que estaban esas adolescentes!  Analfabetas de la moda.  Me interrumpieron con los insultos que yo misma les había enseñado, pero uno debe ser comprensivo ¿no? Decidí entonces darles una clase de maquillaje. Me acerqué demasiado. Me agarraron entre las cuatro. Me desvistieron y me pusieron ropa de ellas. Un asco. Me imitaban y se carcajeaban. Les prometí regalarles ropa buena. Mía. Peor. Nada les alcanzaba. Luego la más grosera me maquilló, era tan desagradable su aliento que le pregunté si tenía gastritis. La catarata de insultos parecía interminable. Después me robaron la cartera y se fugaron.  Usaron mis tacos aguja como arma para amedrentar a los demás funcionarios.  Encima mis compañeros de trabajo, que nunca me aguantaron, me iniciaron en ese mismo momento un sumario. “Te dijimos que no podías tener tu cartera, y que tenías que venir con vestimenta cómoda”  Hice una crisis nerviosa y el psiquiatra me indicó licencia. 
- ¿Y entonces porqué volvería?
- Le explico, Lapsus, el asunto es que yo creía en el marido, los hijos, el perro y la estufa a leña. Y los tuve. Pero eran imágenes de cartón, ajenas, no sentía nada. ¿Entiende? Yo viví para recrear escenas de películas. Vi la Familia Ingalls y le pedí a mi marido una chacra marítima en José Ignacio. Los primeros dos meses hice dulces y conservas (por supuesto que con ayuda, obvio!!!) pero no fui feliz, ni cuando reía. ¿Me sigue? Después vi Ghost, me compré el torno y usaba la camisa de mi marido con bombachas igualitas a las que usó Demi Moore, pero ni cerca en sentimiento y tampoco aprendía a hacer cerámica; podría seguir y seguir, ¿comprende? Ahora mismo, con usted, estoy en un thriller con mi psicoanalista esperando el desenlace de la escena.  Por eso cuando me divorcié dije “Susanita, ahora sí, el mundo real”.  Y en el INAU la realidad está, existe, y eso en algún punto me es necesario. Pero tengo terror de volver.

“Burdo – pensó Lapsus – y ridículamente tierno.”

- En principio vamos a tener que ampliar su gama de filmes, ¿le parece?, para que acceda al menos artificialmente a otra gama de afectos. Podría probar con González Iñarritu, Quentin Tarantino o los hermanos Coen, incluso anímese a Almodóvar. La veo la semana próxima y me cuenta. – dijo el Licenciado poniéndose de pie antes de que la mujer pudiera anticiparlo.  

Susanita sonrió, le gustaba que su psicoanalista estuviera decidido a salirse del guión. 
Eran buenas las películas de final abierto, pensó, por fortuna en su videoclub las cuponeras anuales estaban de oferta.

Licenciado Lapsus Linguae: Mafalda al diván


Mayra Nebril

“¡Sonamos muchachos! ¡Resulta que si uno no se apura a cambiar el mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno!”  Mafalda, Quino.

Mafalda fue la primera paciente a la que el Licenciado accedió a llamar por su apodo.

Si bien fue difícil que se flexibilizara, ya que seguir las reglas suele ser camino seguro, percibió que de seguir llamándola por su nombre de pila se quedaría sin conocer a esa mujer tan peculiar.

“Dígame Mafalda y tutéeme. No podría contarte lo más íntimo de mi vida y escucharte preguntarme: ¿Y usted qué piensa María de los Socorros?, ¿entiende?”

El Licenciado hizo la asociación pertinente, sonrió, y tomó la decisión en voz alta.
“Mi nombre es Licenciado Lapsus Linguae y no Armiño Cande, así que la llamaré Mafalda; pero sobre el tuteo, tengo que evaluarlo con más tiempo. ¿Sabe lo que quiere decir ortodoxo? Orto –Recta, Doxa -Opinión, opinión recta, opinión asumida en la repetición, opinión naturalizada. Es así porque sí, es así porque es obvio que tiene que ser así, cuando se hace algo sin saber los motivos por los que se lo hace, eso es la ortodoxia. ¿Me sigue? Y en ese punto, me reconozco ortodoxo, Mafalda, y por lo tanto aun no me quedaría cómodo tutearla, debo pensarlo.”

Y tras una breve pausa ensayó:

-        Mafalda, dígame, ¿qué la trae a analizarse?

Mafalda sonrió, le dio ternura la negociación realizada con tanta honestidad, no le gustaba la ortodoxia, pero el acto de sinceridad mitigaba la impresión de rigidez acerca del Licenciado.  Además la mujer había hecho anteriormente dos entrevistas con psicólogos en las que no se había sentido cómoda. Mafalda recordó al psicólogo que la convidaba con mate, fumaba en sesión y no sólo la tuteó sino que le contó su vida con voracidad, ¡pobre hombre si ustedes supieran todo lo que le pasaba!; y la querible psicóloga a la que se le llenaron los ojos de lágrimas apenas Mafalda empezó a contar de su tristeza, y la invitó a hacer un “viaje” a sus vidas pasadas o a tirarse los buzios para espantar envidias. 

“Difícil el mercado psicológico”, pensó Mafalda, “Lapsus es una buena elección”. Decidió quedarse y creer. 

-        Hace dos meses cumplí cuarenta años y estoy sumergida en una crisis que me tiene a medio bajarme de este mundo, Licenciado. Es tan patético cumplir cuarenta.  Uno se siente taaaaan vulgar.  La misma crisis tonta de todos.  Uy, qué horror las arrugas, qué feas las várices, qué hago con la ley de gravedad, pasé por una obra y ni chistaron.  Ridículo decir lo que dicen todos, ¿no? Somos como un ejemplar más de la serie, una cuarentona en crisis, una gran estupidez. Y entonces se viene al psicólogo, uno que tenga más de cuarenta, porque es bueno ir al psicoanalista. ¡Otro cliché!

“Esta mujer va a lograr deprimirme” sentenció Lapsus en su silencio, pero aun así le interesaba escucharla; asunto a analizar con tiempo y espacio, el masoquismo implícito en la profesión de psicoanalista.

-        Le voy a confesar algo muy tonto. Empecé a verme rara en el espejo. Mi imagen reflejaba una cierta extrañeza, como si hubiese cortado la intimidad conmigo, ¿sabe? Me preocupó, tal vez se trataba de una enfermedad, pero de pronto me di cuenta de que era otra cosa. Mis arrugas. No las podía integrar a mí. Ni este pelo que después de haber peleado con él durante treinta años, pierde su rebeldía y su terquedad y se pega a mi cara. Le conté a mi marido, pero ¿vio cómo son los hombres? Felipe es un buenazo, pero él me dice “Ta Gorda, es así la cosa.”  ¡Qué me viene a decir bobadas! Se acaba de poner brackets, y además arrancó a ir al gimnasio de Manolito, un amigo que después de cumplir el sueño del supermercado propio, puso una cadena de fitness, los Manolitics gym. ¡Otro con el viejazo! Es decadente, Licenciado, porque además yo nunca arranqué para lo físico, y ahora veo que no fue una buena manera de razonar. Con cuarenta años ¿no será una caída estrepitosa, ceder a esa trinchera que me ha protegido la vida entera? Si a los veinte alcanzaba con leer a Nietzsche y a los treinta con Schopenhauer y Spinoza, ¿por qué no será posible matar el abismo del envejecimiento con Proust, Barthes y Lacan? Me marchito, Licenciado, lo siento, lo sé y no lo soporto. 

Mafalda se largó a llorar con la fuerza con la que llora una niña cuando le arrebatan su chupachupa.

-        ¿Y no hubo ganancia con la edad? ¿Qué ha pasado con las cuestiones que le daban rumbo a su vida, Mafalda?
-        Sabe que termino dándole la razón a Susanita. Hemos sido amigas y contrincantes siempre, de esas personas con  la que uno se mide para fijar posición opuesta. Ella cultivó con esmero su belleza y esperó hasta encontrar un marido rico. Tuvo dos hijos con él, compró bienes y viajó, compró bienes más grandes. Ahora se divorció, se recauchutó, se puso lentes y empezó la facultad. Va a recibirse, ¿entiende? Supongo que me equivoqué de orden, pero ahora ya está.
-        ¿Y por qué no se opera?, ¿o va un spagimnasio?, ¿o a una buena peluquería?

En el rostro de Mafalda gobernó el desconcierto, pero no atinó a articular palabra.

-        ¿Tan rara le parece la sugerencia?, ¿es qué nunca se lo planteó realmente?, ¿existen alternativas para usted?

La mujer seguía con los ojos ensimismados, buscando en su interior una respuesta sensata, ella también había sido ortodoxa en ese punto, siempre dijo que no sería de esas mujeres, que estaba en contra de blablablá pero le faltaban argumentos ahora que el almanaque le cantó los cuarenta. 

-        Su silencio habla a los gritos, ¿no le parece? –dijo el Licenciado que se sentía satisfecho de haber logrado que Mafalda renovara sus preguntas, aun cuando la interrogante fuera un bumerang que lo sacudía también a él, de eso se trata su oficio y el Licenciado sabe prestarse al juego, juego que incluye conseguir cita para él mismo con un esteticista - Es hora de que ponga a hablar a sus certezas, Mafalda, y decida si vuelve a prestarles sentido o si en su lugar las cambia por otras. La ortodoxia después de los cuarenta nos sienta fatal, ¿a usted no le parece? 

Mafalda y el Licenciado se amalgamaron en una fresca y espontanea carcajada que selló el comienzo de un análisis que pretende embellecerlos con cierta ortodoxia.

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