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Un hilito


por Paola Menta.

¡Qué herramienta fabulosa la pregunta! Me sorprendo siempre ante la potencia y las posibilidades de esa frase escoltada por los signos de interrogación. ¡De cuántos recorridos, pensamientos y estados del alma es el resultado y de cuánto aún por venir!

Me gusta imaginarme que la pregunta tiene un lado adhesivo; se nos adhiere y entonces la llevamos o la cargamos a donde quiera que vayamos. Sonreí  -con complicidad- cuando encontré escrito en el diario de Virginia Woolf,  la felicidad es tener un hilito al cual las cosas puedan adherirse. 

Ese hilito con cosas adheridas trae consigo la posibilidad de la composición; algo podría tomar una forma, pero ¿qué?, ¿cómo?, ¿cuándo? El momento de la composición es tan jubiloso como impredecible. Imposible saber de antemano si ocurrirá o no; sin embargo ¿qué es lo que nos lleva a hacer la apuesta? ¿Qué es lo que nos impulsa a deambular como alucinados entre libros, frases, pensamientos, palabras…?¿Qué es lo que nos permite perseverar aún en el desconcierto más crudo, aún en la ignorancia? ¿De qué orden es eso que de pronto se compone y nos obliga a tales peripecias?

La insistencia, la terquedad con la que nos mantenemos en esa vía es señal, para mí, de que en ese lugar se juegan cuestiones fundamentales, es decir, del orden del fundamento. Pienso en el amor, pienso en el destino, el propio pensamiento como experiencia de riesgo, amor y belleza que depende, al menos así lo creo, del asombro y la pregunta adherida al cuerpo.

“El arte es dar asombro - dice Jorge Luis Borges- pero no asombro del talento de poeta, sino que el lector sienta que está en un mundo extraño, que él mismo es muy extraño, que el hecho de vivir es rarísimo”.

Es en ese asombro en el que los analistas nos emparentamos –cada cual a su manera- con el artista. Me gusta pensar que es de ese asombro que pende la posibilidad de un análisis.

¿No es acaso esa la dimensión en la que palpita el análisis?
¿Acaso no sería un hecho estético el peculiar y costoso  armado de las metáforas en las que una vida se sostiene?






Despedida

por Paola Menta.

Las palabras tienen su propio tiempo para ordenarse en la frase y adquirir su poder de decir. En vano resulta apurarlas, obligarlas,  acicatearlas. Ya llegarán y con ellas algo nos será revelado.

Por suerte y mientras tanto, siempre hay alguien dispuesto a prestar palabras para arroparnos un poco cuando el frío de la muerte nos roza y nos deja, mal pertrechados, de cara al duro invierno. 
La muerte de Lía Quijano, el 21 de mayo próximo pasado, instaló con un golpe seco y sordo el silencio.

Así, mientras le permito al tiempo hacer el paciente trabajo de perforar ese silencio, me apropio de las palabras de Virginia Woolf para soportar el hasta siempre que también es nunca más.


Now is life very solid or very shifting? I am haunted by the two contradictions. This has gone on forever; goes down to the bottom of the world — this moment I stand on. Also it is transitory, flying, diaphanous. I shall pass like a cloud on the waves. Perhaps it may be that though we change, one flying after another, so quick, so quick, yet we are somehow successive and continuous we human beings, and show the light through. But what is the light?

Virginia Woolf

Jorge Luis Borges en LangueLengue II

En el encuentro del 19 de setiembre de 1980 en la Escuela Freudiana de Buenos Aires, al que hacíamos referencia en la cita anterior de Palabras Apropiadas, Borges siguió hablando de los sueños desde esa idea suya del sueño como fenómeno estético y contó –entre otros- el siguiente sueño:

“yo me encontraba con un amigo, esto ocurría en la calle Serrano de Palermo, o en la calle Serrano de 1910, todas casas bajas, y huecos, yo me encontraba con un amigo y me costaba reconocerlo, estaba la cara llena de arrugas, de cicatrices, y después yo le digo, él tenía, tenía la mano así en el saco, y yo le digo: Caramba, qué cambiado estás. Sí, me dice, estoy muy cambiado, más cambiado de lo que podés imaginar, entonces lentamente sacó la mano y era una garra; ahora, eso es curioso, porque yo había creado el sueño, es decir que yo había hecho que él se acercara a mí con la mano adentro del saco para que fuera una sorpresa la garra, sin embargo esa sorpresa que yo había preparado me asombró cuando llegó, y esto arroja una luz muy curiosa sobre los sueños”.


Borges en la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Edit.: Agalma. Pag.: 30.

Mesa de luz en otoño

Paola Menta

El otoño ha llegado ¡por fin! y con él, el aumento de la pila de libros en la mesa de luz. De entre los “apilados”, los primeros que estimularon mi curiosidad fueron: el primer tomo de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust y El señor de las moscas de William Golding. 

Con Proust había avanzado unas cuantas páginas en las que casi estaba decidida a abandonarlo cuando, en la página sesenta y uno sucedió el milagro. Lo que allí leí renovó ¡y cuánto! mi predilección por los clásicos. Confieso que he vuelto a leer ese pasaje al menos cuatro o cinco veces y no he podido avanzar más, aún. Con libros de esa textura, sensibilidad y precisión prefiero leer párrafo a párrafo lentamente, sin apuro, con la tranquilidad que sólo se consigue al comprender que no hay a donde llegar. 

Con Golding todavía no me he encontrado, no sé si no lo he encontrado a él o él no ha logrado encontrarme a mí, ¡pero cuarenta páginas no son nada!  más bien un par de líneas leídas en la noche, con los ojos medio cansados y ya con ganas de dormir, así que le daré más tiempo; tiene a su favor mi profundo aprecio y admiración por la literatura inglesa. 

En otra clave y en otro ritmo me ha sumido la lectura de La dirección de actores en cine de Alberto Miralles. A través del complejo trabajo del actor de cine, el libro me puso a pensar en temas fundamentales para el psicoanálisis, además de reírme con algunas anécdotas de backstage que Miralles toma de los libros de memorias de actores y actrices como Katherine Hepburn, Marlene Dietrich, Michael Caine, Kirk Douglas y Mia Farrow,  entre otros. 

“Transformarse es ser otro, vestir como otro, moverse como otro, hablar como otro, pensar como otro y sentir como otro"  dice Miralles en la Introducción.

¿Cómo es eso posible? ¿Mediante qué mecanismos (qué palabra fea!....probemos allí otra…) procesos alguien es capaz de pensar (es decir, habitar una lógica en función de la cual se estructuran, justifican y fundamentan los actos y pensamientos de alguien) y sentir como otro?

Pienso por ejemplo, en Glenn Close en Atracción Fatal o en Cate Blanchet en BlueJasmine o Meryl Streep en La decisión de Sophie o Nicole Kidman en Las Horas… ¿Cómo es posible que alguien sea capaz de encarnar esos sentimientos al grito de “Acción” y volver de ellos? 

“Pagamos –dice Miralles- una entrada para ver los celos de Otelo, los amores desgraciados de Romeo y Julieta, o las bravuconadas de Don Juan Tenorio. Pagamos por ver el esfuerzo de los actores por convencernos de que son esos personajes”.

Pero entonces ¿de qué están hechos los sentimientos?, ¿cómo se construyen?, ¿por qué el actor es capaz de discriminar diversos sentimientos y ponerlos en acción en la situación que corresponda y con la intensidad adecuada?, ¿de qué está hecho su arte?

Por otra parte, ¿por qué necesitamos ver/poner en escena esos sentimientos?, ¿por qué necesitamos, y pagamos por eso, que alguien realice para nosotros ese esfuerzo de transformación que Miralles define como “violencia psíquica voluntariamente deseada”? 

Otra pregunta se desprende de la anterior: ¿hasta dónde es posible llevar adelante una transformación del actor sin riesgos? ¿Cómo pensar en el caso de la transformación la relación entre ficción y realidad? 

Sin duda, habrá interpretaciones que no serán sin consecuencias para el actor, habrá interpretaciones que no serán sin marca: “Sean Connery llegó a firmar, inconcientemente, autógrafos con el nombre de James Bond. Bela Lugosi, el paradigmático intérprete de Drácula (1931), de Tod Browning, dormía en un ataúd. Johnny Weissmuller, ya en el umbral de la muerte, gritaba como Tarzán. Daniel Day-Lewis fue internado en un psiquiátrico tras perder la cordura en plena actuación de Hamlet”.

En fin…las preguntas ¡bullen! y las lecturas empiezan a relacionarse unas con otras. 

Recuerdo, mientras escribo, que en el libro Cuando los que escuchan hablan de María Esther Gilio, Lito Benvenutti plantea, en el caso del autismo, la falta de capacidad de ser otro. Me figuro esa frase como estar preso dentro del ser, algo así como ser siendo siempre, por siempre solo ser.

Entonces, mientras el trabajo del actor me sume en la ambiente del otro, de los otros, de la observación del otro, del intento imposible de comprenderlo, de pescarlo en su lógica, de intentar saber cómo sufre, cómo ríe, cómo enfurece, cómo ama, cómo desea y qué, la apreciación de Benvenutti me sume en el mayor de los silencios,  ese en el que nada ni nadie hace señas.

El trabajo del actor, el trabajo del director de actores, la relación entre el director y el actor, me permiten iluminar zonas que hacen también a la clínica psicoanalítica. 
Para continuar con esta pequeña investigación llegó a mi mesa de luz hace pocos días Meryl Streep. El libro es de Phaidón y pertenece a la colección Cahiers du Cinema, Anatomy of an actor, la autora es Karina Longworth… ¡great expectations!




Libros citados:

Proust Marcel, En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann. Edit.: Alianza, 2009.
Golding, William, El señor de las moscas. Edit.: Planeta DeAgostini, 2003.
Miralles, Alberto, La dirección de actores en cine. Edit.: Cátedra, 2000.
Gilio, María Esther, Cuando los que escuchan hablan. Edit.: Libros del Zorzal, 2010.
Longworth, Karina, Meryl Streep. Edit.: Phaidón, 2013.

Fotografía: Annie Leibovitz para Vanity Fair; retrato de Meryl Streep y Patrick Shanley.
http://www.vanityfair.com/culture/features/2009/03/actors-directors-portfolio200903_slideshow_item10_11

Jorge Luis Borges en Langue Lengue

El 19 de setiembre de 1980, la Escuela Freudiana de Buenos Aires recibía al escritor Jorge Luis Borges.  En ese encuentro, en el que según se cuenta, Borges pidió tener un diálogo y no una exposición solitaria, el poeta pudo decir: 

…"el sueño es una actividad estética, quizá la más antigua del hombre, y eso estarán de acuerdo, ¿no? ya que el sueño vendría a ser una forma de poesía, y más aún, no sólo de poesía sino de arte escénico, vendría a ser la primera forma del drama con varios personajes, vendría a ser, sí, la primera forma del drama, pero que se da; como decía Góngora: “El sueño autor de representaciones, en su teatro sobre el viento armado sombras suele vestir de bulto bello” “Sombras suele vestir”…fue usado por José Bianco como título de una hermosa novela; sí Sombras suele vestir. Sí, vendría a ser esa idea, la idea de los sueños como el género estético más antiguo". 



Borges en la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Edit.: Agalma. Pág.: 33.
Fotografía: Portada de Revista Life 1968.



Mesa de luz de Paola

Hace unos días escuché en un spot publicitario, una frase de genial precisión: “diciembre es el mes del IBA”. ¡Tienen razón! 
Será por eso que la velocidad –en diciembre- se impone en todas y cada una de las actividades que aún realizamos hasta ¡por fin! meter los pies en el mar o zambullirnos en la reposera. 

Todo lo que IBAmos a hacer durante el transcurso de un año, pretendemos realizarlo en los últimos quince días. ¡No podemos negar que profesamos una fuerte predilección por lo imposible!

Lo cierto es que para estas vacaciones voy a leer lo que IBA a leer durante el año y no lo leí.

Esperan entonces, medio abandonados en mi mesa de luz y deseando ocupar un lugar en el bolso playero: Marcel Proust, En busca del tiempo perdido, Robert Louis Stevenson, La isla del tesoro, Jane Austen, La abadía de Northanger y algún otro título que encuentre en las góndolas de libros de los supermercados a los que, lamentablemente, uno tiene que visitar con más asiduidad de la deseada en estos tiempos de Santa. 

¿Qué están planeando leer ustedes?

Reunión Lacanoamericana 2013

El psicoanálisis deshabitado
por Paola Menta


Nada valoro más al leer un texto que poder escuchar una voz. Sentir cómo al avanzar en la lectura la voz se alza, se clarifica y se vuelve singular.

Sin duda, algo de la singularidad, de lo peculiar, se juega en el estilo. Pero, pensando en particular en los trabajos sobre psicoanálisis, creo que en ellos la singularidad se soporta en la pregunta que los causa. 

Es la pregunta que al encarnarse en una voz, abre una ventana, produce un suspenso, relaciona o acerca cosas que estaban separadas, separa cosas que estaban juntas… Y así nos deja perplejos, desorientados, entusiasmados frente a esa nueva visión, a esa nueva perspectiva, ante ese no saber. Allí donde el saber fracasa, aletea la emoción que conlleva la investigación, no sin cierto desasosiego.

La oportunidad de haber asistido a la Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis que tuvo lugar en Buenos Aires desde el 30 de octubre al 2 de noviembre, me puso a pensar en la situación particular que supone la lectura de un trabajo sobre psicoanálisis frente a un auditorio. Y es particular porque alguien presta allí su voz a Eso que va a decir. Eso quiere hablar y hay que sostenerlo allí, frente a otros, para que Eso diga. 

Necesariamente, algo de lo que en ese encuentro se produzca o no, tendrá que ver con la posición que ocupe el auditorio en quien lee.
Si se lo valida como interlocutor, entonces sí será posible “trabajar”, es decir, hacer el esfuerzo de sostenerse en la incertidumbre, soportar el enigma; avanzar a tientas hasta el “de pronto” comprender, hasta el “de pronto” sorprenderse, con eso que toca, descoloca, inaugura recorridos. Si el auditorio se concibe como quienes van a ver, el espacio de trabajo se transforma en una vidriera y así la mostración, tal como lo hacen los dementores en Harry Potter, le aspira el alma a las palabras dejándolas extenuadas, agotadas, vacías.

Si el auditorio no es un prójimo con el que se hace lazo a través del quehacer, el trabajo no tiene porvenir; se trata de un presente continuo que se consume en el mismo instante en que las jornadas terminan. Es casi un acto de consumo.

Con esa imagen graficaría esta Reunión Lacanoamericana en la que se presentaron cerca de 500 trabajos y en las que participaron alrededor de 1500 personas.
Trabajos con pocas voces, pocas preguntas, escasas propuestas.

Ojalá, este estado de cosas se tratara de algo del orden de lo sintomático. Ojalá.


Imagen: M.C. Escher, Hormigas

Volver a Onetti

por Paola Menta

Estás acá para creerme, es el nombre del libro en el que María Esther Gilio relata/transcribe/escribe (¡qué difícil elegir el verbo para esta acción tan particular!) sus entrevistas con Juan Carlos Onetti, a quien entrevistó a lo largo de treinta años en diferentes oportunidades. La particular amistad que los enlaza y que está allí latiendo en cada diálogo permite preguntas irreverentes, incisivas; respuestas sarcásticas, brillantes, agudas, cruelmente precisas. Los dos contrincantes se sostienen con agilidad y destreza en un duelo de palabras e inteligencia en el que, quien lee, vive en cuerpo y alma. En algunos momentos del libro la carcajada celebra -casi como un aplauso de pie- el acicateo de una pregunta que, sin miedo, toca el punto justo y obliga al pensamiento, fuerza a la imaginación o da paso a la picardía del entrevistado; en otros la tristeza se adhiere al cuerpo como una fina malla y allí el alma se retuerce entre la desesperanza, el sinsentido y el amor a la vida.

Entre esos diálogos encontré estos pasajes conmovedores, y con ellos logré apalabrar una sensación que desde Para una tumba sin nombre, primer libro que leí de Onetti, me sucedió siempre ante sus letras. Él no crea un mundo imaginario para evadirse de la realidad, como creo interpreta Vargas Llosa en El viaje a la ficción: Onetti vive en él, no hay sustitución, no hay evasión, eso es.

   María Esther: -Dolly me contó que usted estaba absolutamente destrozado por la muerte de Julita, aquel personaje de Juntacadáveres.

   Onetti: -Ella se suicidó y yo no pude impedirlo.

   -No quiso.

  -Quise pero no pude. ¿Sabe que un día Balzac encontró a un amigo en la calle y lo abrazó llorando desconsolado? Había muerto un personaje de la novela que él escribía. Ya ve, él tampoco había podido salvarlo, y lloraba.

   María Esther: -Bueno, yo creo que usted se niega al mundo. Y su literatura es un reflejo muy claro de su forma de vida..., sus personajes moviéndose en un mundo distorsionado.

   Onetti: -Primero tendría que preguntarle por qué cree que “su realidad” es “la realidad”. Mis personajes están desconectados de la realidad de usted, no de la realidad de ellos. En cuanto al mundo distorsionado…, coincido. Pero o uno distorsiona el mundo para poder expresarse o hace periodismo, reportajes…, malas novelas fotográficas.

   -En cuanto a su propia relación con el mundo…

  -Usted dice que no estoy inmerso en él, que me niego aceptarlo.

  -Sí y digo también que para construir su literatura no mira al exterior sino al mundo que tiene en sus entrañas. Se desentiende de la historia.
   -El mundo que tengo en mis entrañas… La frase es novedosa y tiene fuerza. Pero ese mundo que yo tengo en mis entrañas, mi querida señora, es una consecuencia de lo que usted llama el mundo exterior, un mundo en el que estoy inserto y acepto. Me reservo el derecho de criticarlo y lo hago en el estilo indirecto y escéptico que usted me conoce.
   -¿Verdaderamente usted cree que acepta el mundo exterior? Yo le daría mil ejemplos de que no es así.

   -Esto me recuerda la definición de un famoso pintor francés: “El artista debe actuar frente a la realidad como actúa el amante frente a la mujer: la ama pero no la respeta”. ¿Hablamos de otra cosa?

¡Una caída!

por Paola Menta

He pensado y mucho en la pregunta que el artículo La carcajada me permitió formular:

¿Cuál habrá sido la circunstancia en la que ocurrió la primera carcajada de la historia de la humanidad?

¿Cómo habrá vivido ese primer risueño la primera risa? ¡Qué interesante que la palabra sueño forme parte de risueño! ... la “s” liga y permite, cual portal, el pasaje de una a otra palabra. ¿Será que risa y sueño están emparentados de alguna manera? Y si así fuera, ¿de qué manera lo estarían? Se me ocurre, que el inconciente podría ser el nexo. ¿Pero cómo?

El niño, del que hablé en el artículo anterior, que se asustó ante mi carcajada y dijo: ¡No hagas eso!, es misterioso, ¡me asusta!, mostraba como sólo los niños son capaces de hacerlo, que la carcajada era un puro real para él, la carcajada no tenía para él, significación ninguna así como tampoco la tenía el acto de reírse de algo con otro. Reírse de algo con otro supone algo complejo, “eso” que habla también ríe.

Mucho tiempo transcurrió hasta que un día, ese niño y yo fuimos tomados por la risa mientras mirábamos la presentación de la película Monster Inc. Ante el traspié de un monstruo que cae por una alcantarilla nos encontramos riendo divertidos. En el instante en que su risa se dejó oír me miró, buscando tranquilidad y complicidad. Lo miré aún sacudida por la risa. Aliviado, él mantuvo la suya. Volvimos a reírnos. Pidió para volver a ver el momento de la caída del monstruo por la alcantarilla (¡que increíble que utilicemos la expresión Es una caída cuando alguien es muy gracioso!) y después de verla al menos tres o cuatro veces, me preguntó: ¿por qué ya no me da la misma risa? Ajajajajajajajajajaja  ¡estupendo! La clínica de niños nos permite, como analistas, asistir a milagros como éste.

Bueno, pero volviendo al primer risueño de la historia de la humanidad, me lo imagino anonadado, perplejo, quizá también asustado ante ese cambio de ritmo en la respiración; ese torbellino de aire que producía en su garganta esa sucesión de gorgorismos y espasmos que sacudían su cuerpo. Pese al susto, prefiero imaginar que igual se animó y se dejó llevar. Siempre me figuro esa situación inicial –mítica casi- entre dos. Imagino también la intriga del otro que miraba a este primero sacudido y agitado sin razón. Supongo también,  que pese a la curiosidad, se entregó y contagiado por la risa del primero descubrió que no había peligro alguno, más bien, se trataba de algo que lo sumía en oleadas de bienestar, de algo que sentía grato, y entonces encontró su propia carcajada. Rieron juntos, y aquello floreció y se potenció y se extendió por algunos segundos y algo cambió de allí en más.
Pero, ¿cómo supieron que se reían? ¿de qué se rieron?, ¿cómo supieron de qué se reían?

Me encuentro una y otra vez con la idea de que la risa –y no la sonrisa- debe haber estado en relación con la aparición del lenguaje, con la entrada de “eso” en las estructuras del lenguaje… ¿sería el inconciente la cicatriz de esa entrada en la cultura? ¿podría pensarse el inconciente como el resto de ese momento estructural?...

Pienso que la risa, desde el momento en que se recortó como risa y como tal también se la nombró, estuvo en relación con la entrada en las estructuras del lenguaje porque implica cierta terceridad. Se rieron de algo. Algo los hizo reír, aunque no supieran qué fue ese algo. Aunque ese saber llegara después.
Mucho tiempo después –me divierte pensar- tendría lugar el fenómeno del chiste, es decir la creación de un artificio que provoca la risa, sin embargo, esa provocación no puede realizarse de cualquier manera si quiere ser efectiva.

En Función y campo de la palabra, Lacan dice:

Es conocida la lista de las disciplinas que Freud designaba como debiendo constituir las ciencias anexas de una ideal Facultad de Psicoanálisis. Se encuentran en ella, al lado de la psiquiatría y de la sexología, “la historia de la civilización, la mitología, la psicología de las religiones, la historia y la crítica literarias”.

Añadiremos de buen grado, por nuestra parte –continúa Lacan-: la retórica, la dialéctica en el sentido técnico que toma este término en los Tópicos de Aristóteles, la gramática, y, cima suprema de la estética del lenguaje: la poética, que incluiría la técnica, dejada en la sombra, del chiste.
El remarcado es mío y está remarcado con entusiasmo y asombro ante el hallazgo. Lacan incluiría dentro de las ciencias anexas a la poética y hace especial hincapié en la técnica del chiste. ¿Por qué?

Otras preguntas se abren, para mí, allí: 
¿Por qué se producen chistes?
¿Para qué se producen los chistes?
¿Cómo se producen?
¿Dónde trabaja el chiste?
¿De qué se trata en el chiste?

Por suerte, nuestros queridos lectores han dejado varios chistes en la pestaña de juegos. Así, tengo material variado para seguir pensando sobre el humor que es cosa seria.

¿Qué piensan uds?

Lacan, Jaques. Escritos 1. Edit. Siglo Veintiuno. Pág. 260.
Imagen: La risa. Pintura anónima.

Una carcajada

Por Paola Menta

Reunidos alrededor de la parrilla, esperábamos a que el asado estuviera a punto. Los temas de conversación se sucedían, desordenados y ruidosos. De pronto, a nuestras espaldas, alguien soltó una carcajada espléndida. Rápida, estridente, con algunas notas agudas que revelaban provenía de la boca de una mujer. 

La burbujeante carcajada se abrió paso, silenció la conversación y llegó hasta nuestros oídos. Acto seguido, todos –ya divertidos y sonrientes- volvimos la cabeza hacia el lugar desde donde provenía la carcajada.
La hermosa carcajada se desvanecía en el aire cuando alguien de nuestro grupo dijo: “hay mujeres a las que es un placer contarles algún chiste o decirles alguna cosa solo para escucharlas reír”. 

Tiempo después de esa frase, me encuentro con otra no menos estupenda. Esta vez ante mi carcajada un niño con cara de susto dice: ¡no hagas eso!... ¿Por qué hacés eso?…¡Es misterioso! 

Comprendí en ese instante que, para ese niño, la risa, la carcajada implicaba una asociación imposible de realizar. Le era imposible asociar ese sonido del cuerpo, esa columna de aire ascendiendo por la garganta y los paroxismos propios de una sincera carcajada con cierta emoción liberadora, con esa suerte de libertad, de expansión, que conlleva el placer, y así ese “ruido” incomprensible emitido por ese otro enrarecía el ambiente, lo tornaba inquietante. 

Quedaba evidente que la risa no es innata, que está en relación con un otro, es por tanto creación, requiere de cierto imaginario sin el cual queda conminada a un puro ruido. 

A veces me imagino que la risa es algo que de lo humano se expresa, se agita, se aviva, se manifiesta en la experiencia del lenguaje, algo que se deja entrever, un guiño que nos recuerda nuestra posición de seres humanos en este universo que no controlamos. 

Hablando sobre la risa con una niña de 9 años, ella preguntó: -¿cuándo habrá sido la primera carcajada, te imaginás? La pregunta fue celebrada con unos segundos de risa sincera y seguida de un silencio en el que –sin duda– ambas intentábamos imaginarnos “eso” pero “eso” era insondable. ¡Lástima! Fue una carcajada célebre y su autor nunca lo supo.

Pero, ¿cómo y cuál habrá sido la circunstancia en la que por primera vez en la historia de la humanidad alguien sintió ese espasmo que sube por el pecho y cascabelea en los pulmones? (1)

 (1) Paul Auster, El libro de las ilusiones, Anagrama


Queridos lectores


“Creo, en defintiva, que la única luz que se encontrará en estas páginas será la que les preste el lector.”
Mario LEVRERO, La Novela Luminosa


Hubo un momento en el que la imposibilidad de escribir en el papel lo que se escribía en mi mente bajo la forma de pensamientos se tornó inquietante, frustrante y otras veces —las menos— un desafío.

Hacer, por ejemplo, un viaje de una hora en ómnibus hilvanando frases que sonaban perfectas, hermosas, coherentes, que estructuraban todo un trabajo sobre tal o cual tema, y luego no poder capturar en el papel salvo algunos retazos que quedaban en la hoja desparramados y sucios como los vasos, platos y copas después de una fiesta, era deprimente.

Decidí entonces poner en práctica algunos métodos sencillos para intentar pescar.

Jamás iba a lado alguno sin una libreta y una birome. Amigas mías se sumaron al emprendimiento y me regalaron coloridas y prácticas libretas, sencillas de transportar por su tamaño pequeño, de tapas duras para poder escribir sin apoyo si era necesario.

Una vez muñida de esos artículos de primera necesidad, me consigné que, estuviera haciendo lo que estuviera haciendo y en caso de ocurrírseme algo, tenía que abalanzarme sobre la libreta. Se sucedieron así situaciones inverosímiles, incómodas, ridículas y graciosas también.

Capturar “ese momento”,  en el que la frase irrumpe, se nos presenta, como cuando sostenemos una pelota de goma hundida en el agua y de pronto la soltamos, se tornó una obsesión. Así, el espacio del blog se convirtió en un lugar en el que todas aquellas cosas que me sucedían en relación con la escritura podían organizarse y convertirse en —al menos— una serie de oraciones. Y ustedes, lectores, se convertían en la excusa para sostener el desafío.
Luego llegó el momento de tener noticias acerca de vuestro trabajo, del trabajo del lector, bajo la forma de comentarios, inaugurándose así el tiempo de la interlocución. De ese modo ustedes, lectores, pasaron a ser menos hipotéticos y más apalabrados.

La interlocución —para mí— no es un punto de partida, es un punto de llegada e implica una relación honesta y de plena confianza en la que las interrogantes, más que las respuestas, se convierten en la condición misma de esa relación.

Muchas gracias a todos los lectores que se acercaron a Langue Lengue en este 2012, a los que se animaron a dejar comentarios y a los que no, a quienes tuvieron la paciencia de leer alguno de los artículos, y a los que los abandonaron por la mitad, a los que entraron una vez y no volvieron más, a los que nos dieron una segunda oportunidad…

¡Gracias totales!

Paola

Breve


por Paola Menta

En LangueLengue los temas que finalmente nos sientan a escribir, los tramamos entre las cuatro. Así, durante las semanas previas a la publicación de cada uno de nuestros artículos los mails hacen fila en las bandeja de entrada. En ellos los temas crecen, engordan, se ejercitan y en cuanto se tornan ágiles y musculosos, los dejamos salir…¡manías!

En uno de esos tantos mails, Cecilia recortó y pegó estas palabras de Michael Foucault:

"La palabra de la palabra nos conduce por la literatura, pero quizás también por otros caminos, a ese afuera donde desaparece el sujeto que habla. Sin duda es por esta razón por lo que la reflexión occidental no se ha decidido durante tanto tiempo a pensar el ser del lenguaje: como si presintiera el peligro que haría correr a la evidencia del 'existo' la experiencia desnuda del lenguaje".

La experiencia desnuda del lenguaje…¡¿la experiencia desnuda del lenguaje?!!!…me quedé pensando durante semanas. No sin cierta reticencia y obligada por un sinfín de circunstancias, he aprendido a no comprender rápido y a tolerar la incertidumbre, así  dejé que la frase trabajara en mí.

Un día, “la” frase me despertó en medio de la noche: la experiencia desnuda del lenguaje, repetí como un zombi.  Segundos después y como una exhalación la siguiente frase se lanzó al aire saltando del borde de mis labios a la oscuridad de la habitación: ¡qué necesidad de andar quitándole el alma a las cosas! La carcajada fue tan instantánea como el alivio que trajo consigo. Me recosté calmada sobre las almohadas y el sueño silenció algún otro pensamiento que ya comenzaba a agitarse. 

Inseparable del acto de leer,  percibir el estilo de un escritor, es descubrir ese “nowhere land” donde mora su alma. Es por esa razón –me gusta imaginar- que cuando somos tomados por la lectura, cuando la encarnamos, un fuerte sentimiento de comunión nos une con ese otro cuyas letras palpitan ante nuestros ojos. 
Y nos suceden cosas, como por ejemplo, preguntarnos en voz alta: ¿quién es éste?!, mientras damos vueltas el libro de un lado a otro, hurgamos en las solapas, contemplamos la fotografía, analizamos los sucintos datos biográficos con el ceño fruncido, ávidos de algún santo y/o seña de ese otro mortal capaz de hacer producir a la pluma semejantes palabras y a nosotros semejantes sensaciones. 

Encontrarnos de pronto en la estúpida situación de aplaudir una página, un párrafo, un final…llorar ante un párrafo o página como ante un milagro o jurar también a voz batiente y con desesperada rabia: “¡no escribo nunca pero nunca más!”

¿Dónde está el estilo, entonces? ¿en las palabras que ese escritor utiliza?,¿ en el ritmo de la prosa?, ¿en la concatenación de acontecimientos?, ¿en la construcción de la trama?, ¿en los temas que aborda?, ¿en la cantidad de sustantivos, adjetivos, metáforas, hipérboles…que utiliza?... podríamos decir que está en todas y en ninguna de esas cosas.

Prefiero pensar en el estilo de un escritor como el efecto de la férrea batalla de un hombre al barrar al Gran Otro, en el intento de trazar su propia huella, de imprimir su propia marca y ser -a su vez- marcado por ella.

Que esto se emparenta con el psicoanálisis, sin duda. Para mí, analizar está asociado  con experimentar esa batalla y asistir al  peculiar armado de la estructura, condición del advenimiento del sujeto. 

ya comprendo la verdad
estalla en mis deseos

y mis desdichas
en mis desencuentros
en mis desequilibrios
en mis delirios

ya comprendo la verdad
ahora
a buscar la vida

Alejandra Pizarnik.

Imagen: Inge Look, "Fiffi and Anni".

Escribir


por Paola Menta

Intranquilidad y sobresalto fueron las primeras palabras que acudieron a su mente cuando finalmente decidió levantarse. La noche había estado complicada.

Dos sueños y una gotera fueron la causa de su mal dormir y peor despertar casi dos horas antes de que el despertador hiciera sonar su alarma.

Camino del baño, registró que pese a tener los ojos abiertos, seguía padeciendo el influjo de las imágenes del sueño, sobre todo del primero. Deseó, al ritmo del cepillo de dientes, que las imágenes se disiparan y le permitieran, al menos, una jornada en paz, cosa que no ocurrió.  Estas retornaron mientras se peinaba y la interrumpieron el día entero. La ajenidad con la que se viven los sueños siempre le impresionaba, así que para acercar esos sueños un poquito, para apropiárselos, intentó establecer alguna relación entre ellos y la noche anterior.
Sin embargo, por más que buscó y rebuscó, nada revestía especial interés.

Pero eso era decir nada, la memoria es engañosa. Recordó que antes de apagar la luz, había terminado de leer las últimas páginas del Diario de un Canalla de Mario Levrero; “lectura sin particularidades”-se dijo- ; incluso más, por momentos el texto la aburrió, y el bendito Pajarito (personaje central del Diario) llegó a exasperarla. Recordó también cómo se había reído al pensar: ¡Marito querido!, ojalá te hubieras dedicado a la ornitología, porque entre las palomas de la Novela Luminosa y el Pajarito de Diario de un canalla… ¡ufa!
Sin embargo, sabía, reconocía (aunque por alguna razón le resultaba molesto admitirlo) que había soñado con un pájaro que, teniendo envuelta su cabeza en una bolsa de nylon blanco, caminaba enloquecido a lo largo de un muro interminable.

Mientras se dirigía hacia la cocina trató de evitar el recuerdo del sueño: ¿por qué se torna tan molesto a veces, aceptar que ese libro que leímos y que enfáticamente reprobamos y hasta creímos insignificante, nos provoca un sueño? –Se preguntó, no sin cierta turbación. Es casi como si el libro se burlara de nosotros, atinó a pensar antes de que el timbre del microondas la devolviera al mundo en el que se preparaba el desayuno.
Con los primeros movimientos circulares de la cuchara dentro de la taza de café con leche, se sintió cansada y, de no suceder algún milagro, el mal humor terminaría por arruinarle el día.

Con la taza en la mano, se deslizó hacia el jardín. Bebió en silencio mientras contemplaba los signos de la incipiente primavera en el rosal y la madreselva. Sin embargo, no se alegró. La desazón y el desgano comenzaban a mezclarse con cierto dolor, de allí a sentir que la vida resultaba una verdadera estafa era cuestión de un par de minutos, conocía ese camino de memoria y el maldito sueño lo había dejado habilitado otra vez, una vez más. Apuró el café con leche y entró. Sintió ganas de escribir, de acometer el teclado de la laptop que se encontraba arriba de la mesa de la cocina donde la había dejado la noche anterior, después de haber chequeado mails. Era extraño volver a sentir ganas de escribir, hacía mucho tiempo que no le pasaba.

Escribir le permitía delinear los sucesos cotidianos, enmarcarlos. Y así, al ser recortados por las palabras, era posible abrir una ventana. Y al revés, al mirar por esa ventana las palabras daban espesor a los hechos que así se despegaban del plano. Era como montar una carpa de circo. Hombres y elefantes (le gustaba imaginar) jalan al mismo tiempo de los tirantes de la carpa; la carpa comienza a elevarse, tambaleante, embolsada por el viento hasta que logra erigirse. De ese montón de tela informe tendida en el suelo, de ese enredo de tela y cuerdas, contando con la tensión necesaria se logra armar algo habitable. Esa era exactamente la sensación que le llegaba cada vez que se sentaba a escribir, encontrar cierta habitación. Y también era esa sensación la que la mantenía sentada frente al teclado, pese a los momentos de desesperación.

Trabajaba lentamente, el ritmo de la frase la obsesionaba y se le resistía. No le interesaba que la frase corriera, se deslizara y consumiera palabras y más palabras, sino más bien que cada palabra pudiera hacer sus señas a quien en ella su mirada detuviera, y así desplegar su poder.

Las palabras son seres curiosos, se deslizan sobre y entre las cosas, reptan, rebotan, se agolpan todas en un rincón algunas veces y otras se dejan ver ordenadas, limpias y peinadas en los diccionarios, pero, ¿por qué están en todos lados menos cuando más se las necesita? Son caprichosas, vanidosas, exigen paciencia y trabajo para volverse consistentes, para que ganen peso y adherencia.

El ritmo ágil y sostenido de los dedos en el teclado de pronto cesó, la interrumpió un pensamiento de esos que aterrizan mientras se está escribiendo, y que sólo por eso llegan: ¿en qué momento algo se vuelve escribible?; notó la vaguedad del pensamiento, pero no lo descartó, más bien lo intentó precisar: ¿en qué circunstancias algo se vuelve –para mí– escribible?... Se permitió medio giro más: ¿cómo?, ¿debido a qué se produce el recorte que hace que algo se vuelva –para mí– escribible?

El sol estallaba ya en el ventanal de la cocina, habían transcurrido tres horas desde que hubo aceptado el riesgo de sentarse a escribir, tenía que irse a trabajar. Volvió a centrar su atención en la pantalla y en los pocos minutos que le restaban antes de vestirse para salir a la calle (había decidido ponerse lo mismo que el día anterior, con lo cual ganaba unos cuantos minutos) tomó coraje, juntó aire y leyó, en voz alta, lo que había logrado atrapar esa mañana.

Siempre le resultaba extraño escucharse leer, pero más extraño le resultaba imaginarse cómo sonarían esas mismas palabras lanzadas al aire a través de la voz de otros lectores, ¿con qué ritmo, con qué entonación leería cada quien aquel puñado de frases? y ¿qué sentido tenía hacerse esa pregunta, si ella ya no estaría allí para escucharlo?, el ruido de la impresora silenció las preguntas, tomó las hojas de la bandeja las plegó y las colocó dentro de la agenda que a su vez colocó dentro de la cartera marrón, ¡no fuera a ser que se escaparan!, aún no estaba lista para dejarlas ir.


Imagen:  Remix CC de Mike Licht sobre el Vermeer "Mujer escribiendo una carta y criada".

Las conversadoras


por Paola Menta

«Watch your thoughts, for they become words.
Watch your words, for they become actions.
Watch your actions, for they become habits.
Watch your habits, for they become your character.
And watch your character, for it becomes your destiny.
What we think, we become.»
The Iron Lady.


Es miércoles. Son las 14:00 hs de una tarde de invierno. La lluvia, arremete contra el ventanal impulsada por un viento que anula toda esperanza de cobijo bajo el paraguas. Dentro, la lámpara de pie dibuja un círculo de luz, que destaca los sillones y la pequeña mesa sobre la que humea el mate.

Suena el timbre, luego los pasos rápidos en la escalera. El ruido de la llave al girar en la cerradura es el último obstáculo. Se abre la puerta y las conversadoras se encuentran, como todos los miércoles desde hace un año. 

El parloteo sobre cuestiones cotidianas, más bien domésticas, se agota, mientras recorren el corto pasillo que une la sala de estar con la sala de conversar.
Al cerrarse la puerta de la sala de conversar —en la que permanecerán durante una hora y media— se abre otra dimensión. De pronto esa habitación se instala en otro lugar, se habita allí otro tiempo. 

Las conversadoras saben que para invocar la conversación hay temas que deben abandonar. El psicoanálisis las mueve a conversar. Están tocadas por él.  

Comienzan a hablar, la incertidumbre es grande. La conversación arranca despacio como si una mano con una pequeña linterna fuera iluminando diferentes espacios, diferentes rincones. La luz recorre, deja ver, muestra… Dónde decidirán detenerse, nadie lo sabe; ellas tampoco. 
Dónde la mano que mueve la linterna se detendrá, dependerá únicamente de las pulsaciones que la conversación produzca al  recortar e investigar una zona. 

Las ocurrencias comienzan a surgir y así el pensamiento se suelta, se aligera. Las conversadoras viven, así, el primer momento de emoción al experimentar que eso se mueve, se sacude, aletea, pide vías de expresión. No hay mejor señal de que la conversación prospera que sentir a los pensamientos revolverse en eso que por comodidad llamamos mente.  Revoltijo que también se expresa en el estómago. ¡Hay conexión entre el pensamiento y el estómago! 
Con los primeros aleteos, la conversación adquiere ritmo y exige a las conversadoras tensar, agudizar, precisar las palabras, acorralar las preguntas. La agitación de este momento es proporcional al intento de perseguir con lalengua, eso que sienten armarse allí y que a su vez pierden al hablar. Por eso se las ve revolverse en los sillones, gesticular exageradamente entre silencios y carcajadas.

La ansiedad da paso al vértigo, porque pensamiento y palabra pertenecen a órdenes distintos, lalengua exige estructuras determinadas, las palabras se vuelven torpes, y entonces farfullan, tartamudean, cloquean desesperadas, sin otro remedio que asumir de un golpe que todo no se puede decir; que necesariamente algo hay que perder, para relanzar la conversación y no morir atragantadas.

Pasado el vértigo, la conversación era ya un acontecimiento de pleno derecho. Igual que cuando encima de la bicicleta fija se logran atravesar los primeros diez sofocantes minutos luego de los cuales el cuerpo pedalea solo, las preguntas a esas alturas fluían sin esfuerzo. El foco se colocaba ahora en la concatenación de los pensamientos, en cómo se relacionaba esto con aquello.

Así, hasta que el reloj las devolvió al tiempo en el que debían regresar a sus respectivos trabajos. Con cierta torpeza, se enfundaron en las gabardinas, colgaron de sus hombros las carteras, empuñaron los paraguas. Se chocaron al intentar pasar ambas al mismo tiempo por la puerta. Las actividades cotidianas implican una coreografía precisa y difícil de seguir cuando se está en otra parte, como era el caso.

Una vez en la calle,  bajo los paraguas –por suerte el viento había amainado, no así la lluvia-  se despidieron. 
¿Dónde se encontraban los pensamientos que se les iban ocurriendo en cada conversación?, ¿es que estaban ya armados pero silenciados y  la ocasión de la conversación los iluminaba?, se preguntó una de las conversadoras, mientras le extendía al guarda del 116 los diecinueve pesos del boleto.  Con el primer barquinazo del ómnibus se incrustó en el asiento, aún le era difícil coordinar. Al retomar el ómnibus su marcha, volvió a sus pensamientos.

Ella sabía que algo peculiar sucedía cada miércoles. Se divertía pensando en lo ridículo de la expresión “yo pienso que…” puesto que si los pensamientos y las preguntas que lograban abrirse paso cada miércoles eran producto de ese acto ¿de qué yo se trataba? ¿a quién le pertenecían?. Llevaba incluso las cosas hasta el extremo ¿pertenecían los pensamientos a quién los enunciaba? 
Sacó de la cartera la libreta negra, quiso escribir las preguntas en las que estaba pensando. No logró escribirlas con la claridad con que se le habían presentado segundos antes. 
¿Por qué es tan difícil escribir directamente sobre ciertos temas? fue la pregunta que finalmente se escribió. Bueno –pensó- este es un tema para otra conversación. 

¿Qué sentido tiene?


por Paola Menta.

“Debemos encaramarnos en solitario sobre los hombros del novelista y mirar con sus ojos hasta que también nosotros entendamos en qué orden dispone los grandes objetos comunes destinados a ser observados por los novelistas: el hombre y los hombres; tras ellos la naturaleza; y por encima de ellos ese poder que por comodidad y brevedad podemos llamar Dios”. 
Virginia Woolf. The Common Reader.

Quienes viven el placer de la lectura no como un pasatiempo, sino como una actividad de la que depende que el mundo se sostenga o se derrumbe, coincidirán conmigo en que sucede con algunos libros algo especial, aunque  poco frecuente.

Mucho tiempo invertimos los lectores en experimentar textos. Leemos todo tipo de cosas: diarios de hoy y de ayer o el año pasado (ese que justo íbamos a usar para encender la estufa pero ¡zácate! ¡algo nos pone a leer!), revistas nuevas y viejas, panfletos, prospectos, novelas, ensayos, teoría…libros que nos recomiendan unos y otros. 

Como almas en pena circulamos durante meses entre frases insulsas e inocuas hasta que aparece esa frase que volvemos a leer como descreídos cuando sin más nos conmina a pararnos frente a la biblioteca, los ojos  clavados en los lomos de los libros, mientras farfullamos: - recuerdo que ese libro lo tenía…, o: - había algo de ese autor por este estante…el dedo índice, impaciente, repiqueteando en el labio inferior, el pasaje de la expectativa a la desesperación hasta que, de pronto, los ojos fijan ese nombre, ese título, la mano captura el tesoro y así la escena pasa ya a ser otra. Caminamos sin mirar por donde, el libro abierto en nuestras manos, los ojos en las letras hasta llegar al sillón donde nos dejamos caer.

Una manía me acompaña desde que Madame Bovary me convirtió en lectora: leo el primer párrafo dos veces, al menos.

A fuerza de insistir, logró la manía que la registrara. Ineludible resultó entonces interrogarla. Algo resiste al avance de la primera página, pensé. Algo resiste a zambullirse en ese mundo que ya tengo ante mí. Y sí!, no es para menos! 

Aventurarse en la lectura implica abandonarse uno mismo e ingresar en el mundo que el escritor propone. Una vez allí, tendremos que llamarnos al silencio y dejarnos tomar por esa lógica particular. 

La lectura es un acto de complicidad, cargado de consecuencias. Leer es correr un riesgo. 

Personalmente creo que, más allá de los infinitos sentidos  que se desplieguen a partir de un texto, más allá de la frondosa imaginación del escritor, de las historias que sea capaz de contar, de su manera particular de construir los personajes, lo más fascinante pero lo más inquietante también, son los efectos de esa lectura en uno. Efectos imposibles de prever ni controlar y que poca relación tienen con las categorías del “me gusta” o “no me gusta”.

En definitiva, leer también implica vérselas con eso imposible de decir, con eso que no cesa de no escribirse.
Seguir un escritor a lo largo de su obra, implica seguir una forma peculiar de bordear las preguntas fundamentales y dejarse impactar por ella. Es explorar un sistema de pensamiento y la lógica de su construcción.

Al leer, le permito al escritor que ocupe un lugar en mí, le concedo el silencio de mis prejuicios y pensamientos. Como Alicia en el País de las Maravillas tras el conejo, lo sigo. 

“Un momento después, Alicia también desaparecía por la madriguera, sin pararse a pensar cómo se las iba a arreglar para salir después”. Lewis Carroll. Alicia en el País de las Maravillas.


Imagen: John Tenniel.

Entrepalabras

por Paola Menta

“Algunas veces he soñado, al menos, que cuando llegue el día del Juicio Final y los grandes conquistadores y juristas y hombres de Estado vayan a recibir su recompensa –sus coronas, sus laureles, sus nombres esculpidos en mármol imperecedero- el Todopoderoso se dirigirá a Pedro y le dirá, no sin cierta envidia cuando nos vea llegar con nuestros libros bajo el brazo: «Mira, estos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles aquí. Han amado la lectura»". Virginia Woolf, The Common Reader, pág. 249.

Algunas veces he imaginado que el Todopoderoso al contemplar esa manifestación de lectores acercándose con sus libros bajo el brazo a las puertas del paraíso, sentencia: Al paraíso…¡Noooo! ¡Al infierno!, ¡allí es donde pertenecen! 

Se dirigen hacia el infierno, sin pesar y al llegar se encuentran con los escritores y los analistas…entre otros.

Virginia Woolf sentada en un vetusto sillón naranja mira rebotar y saltar palabras inglesas, Lacan con Justine a sus pies trenza y anuda, Freud escribe sentado ante su escritorio, reluce su elegante anillo negro. De pronto, Mrs. Woolf se levanta y deambulando masculla “but words…they are the wildest, freest, most irresponsible, most un-teachable of all things”. Se producen diversas señales de aprobación respecto de ese punto. Freud interrumpe la escritura para preguntar a los recién llegados qué libros han traído bajo el brazo.

El trabajo con las palabras es un trabajo endemoniado. Tras la fachada conocida y cotidiana, que las vuelven -nos creemos- inofensivas, vibra y pulsa su poder. Las palabras tienen temperatura y siempre mantendrán, por más que nos empeñemos en lo contrario, cierta extrañeza. Algo las torna inmanejables, indomeñables.

Las palabras se dicen algunas veces a pesar nuestro y otras desaparecen dejándonos boquiabiertos y mudos, con los ojos desorbitados y agitando la manos como si al batirlas las palabras pudieran acudir.

Las experiencias que nos marcan como seres humanos (la vida, la muerte, el sexo, el pensamiento…) son inexplicables, inenarrables…imposibles de abarcar por la palabra, sin embargo vivimos a diario el penoso trabajo de intentarlo.

En ese ejercicio se gana y se pierde. Se pierde, puesto que, cuando alguien habla se separa y se ve conminado a elegir qué, cómo y con qué hablar de eso (allí es donde supura la pluma,  diría Virginia Woolf).

Descubre en ese mismo acto, que las posibilidades no son infinitas; que no todo puede decirse. Descubre también que lo perdido no vuelve, sin embargo habla ignorando qué efectos producirá eso que al volver en palabras ya no es lo mismo.

Descubre también que su habla tiene una forma particular, le guste o no, tiene una forma propia, en la que se resume la historia de todos quienes han hablado con él y para él.

El lenguaje nos intima a construir dentro de determinadas estructuras y de esta manera estructura el pensamiento y le da forma a nuestra voz.

Así, aunque hablamos el mismo idioma, no decimos igual, no decimos lo mismo. Eso no nos dice igual, eso no nos dice lo mismo.

La lengua es de lo singular. Entre los intersticios de la sintaxis algo aletea, susurra.

Me imagino, algunas veces mientras leo, que es el alma del escritor lo que uno roza al leer.

Es el alma del escritor lo que le hace a uno pensar o decir algo, en ese instante solitario en que levanta la vista del texto para dirigirla hacia la ventana o el perro que ya conoce esa pausa en la que su amo se ensueña.

Imagen: “Muchacha leyendo con doguillo” de Charles Burton Barber, 1879.

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