La estética del psicoanálisis, ¿existe?

Durante el verano, distintas situaciones nos llevaron a reflexionar acerca de la belleza, la estética, la fealdad, la ética. Nuestras tertulias vía mail fueron envalentonándose con apreciaciones que arrojaban luz sobre preguntas que hasta ese momento no sabíamos que nos interesaban.

¿Cómo se sabe de la estética en un escritor?, ¿es importante?, ¿para qué?, ¿por qué? 

Golding y Amado hablan de temas parecidos en sus respectivos libros El señor de las moscas y Capitanes de la arena, en ambos textos una banda de niños desamparados es protagonista y refleja la naturaleza humana, pero la manera de presentar la situación es muy distinta. 
Comenzamos a querer saber si las peculiaridades que hacen tan único a un escritor son cuestiones estéticas, o si son de estilo, ¿cuál sería la diferencia entre ambos términos? 

¿Sería la estética el fenómeno grupal, que en el estilo se hace marca particular? 

¿Cómo se “construye” una estética? ¿Cómo se “hace” un estilo? ¿Dónde y cuándo se enlazan a la ética estos asuntos?

¿Detrás de toda estética hay una ética? 

Por estos derroteros andábamos cuando apareció la pregunta que nos permitiría recortar el tema, ¿la estética del psicoanálisis, existe?

¿Un análisis persigue cierta estética?, ¿o será que sin buscarla la encuentra?, ¿cómo la encuentra?, ¿ligada a qué estaría la estética en análisis? 
¿Hay una estética a construirse del lado del analizante?, ¿hay una estética peculiar del lado de cada analista?, ¿importa?, ¿por qué?, ¿para qué?, ¿podemos hablar de una estética del psicoanálisis del mismo modo en que hablamos de su ética?
¿Cuáles serían los elementos a partir de los cuales se conformarían esas estéticas?

Los invitamos a intercambiar preguntas, inquietudes, ideas, y de tener, ¡también respuestas! Vamos a estar pensando sobre estos asuntos los meses próximos.  

Sean ustedes bienvenidos al tema Estética y psicoanálisis en Langue Lengue.

Licenciado Lapsus Linguae: Susanita al diván


 Mayra Nebril

"Los pobres son pobres porque quieren. ¿No te das cuenta de que si encima de ser pobres, invierten en artículos de mala calidad, siempre van a ser pobres?" Susanita - Quino

Susanita se resistió a consultar con el Licenciado Lapsus Linguae durante muchos meses con argumentos clásicos: Yo puedo sola, No voy a hablar intimidades con un extraño, Es triste tener que pagarle a alguien para que te escuche, y Todos los psicólogos están locos.  Pero se decidió, cuando percibió que sus amigas tendían a esquivarla y que su madre no siempre le atendía el teléfono, lo cual la puso también a llorar hasta la deshidratación.  
Estaba tan llena de prejuicios, que cuando se abrió la puerta, alcanzó con que la estampa del Licenciado fuera humanamente armoniosa para que cambiara de idea, y sintiera agrado por el consultorio, la pipa, y el hombre. 

-        Hola, Licenciado.  Es un gusto conocerlo. – dijo parpadeando y sonriendo ampliamente.
-        Hola, Susana. – respondió el licenciado, que a pesar de que no se ganó un 0 km, reparó en que esta mujer se parecía a la otra, su pelo, su vestimenta, su maquillaje.
-        Ya lo sé – acotó ella adivinando el pensamiento de Lapsus – A todos les pasa.- y meneó la cabeza susurrando SSSHHHOOOCK.

“Esta mujer sabe dar espectáculos”, pensó el Licenciado “Será difícil dejarla saber quién es.”

-        Estoy muuuy angustiada, Licenciado, sino jamás estaría aquí con usted.  El mundo es un lugar injusto, usted ya lo sabe, ¿verdad?  El mundo es un agujero infecto – la mujer sonrió –... estoy aprendiendo palabras nuevas que me asaltan de repente.

El licenciado supo que hablaría poco en aquella entrevista, se arrellanó en la suave gamuza del sillón para continuar escuchando.

-        Resulta que recién a esta altura de mi vida vengo a descubrir qué horrible sitio es el universo.  Estoy que reviento de desolación e incredulidad.  ¿Y qué sentido tiene aprenderlo ahora? – frente al silencio atento de su espectador, continuó - ¡Ninguno! Pero ya no hay vuelta atrás.
-        ¿De qué no hay vuelta atrás, Susana? – agregó el Licenciado para sacudirse el pasmo de liebre encandilada que la mujer ocasionaba, pero parecía un guión, y su pregunta formaba parte del libreto.
-        Me divorcié hace dos años y mi vida cambió. Mis hijos son grandes, están encaminados. Mi situación económica es estable. Pero empecé a cuestionarme qué hacer de aquí en más. La gimnasia y las damas violetas no alcanzaban. Decidí, entonces, estudiar para ayudar a los carenciados.  Comencé la carrera de educadora social - la mujer cruzó las piernas, se acomodó el escote, y esperó la reacción de su interlocutor frente a esa exhibición; nada, ni siquiera un parpadeo, Lapsus sabe lo que hace - Mis compañeras eran tan desaliñadas, tan poco femeninas. Entonces surgió la posibilidad de hacer una pasantía en el I.N.A.U.  Tomé el desafío.  Pero fui a dar al lugar más espantoso que pueda imaginarse.

Se hizo un silencio.  Ella esperaba una intervención del Licenciado, quería estar segura de que él había mordido el anzuelo; que al menos su discurso era la tanza que tironeaba de su interés.

- Hice una crisis nerviosa hace un mes y no sé si le hará bien a mi salud mental regresar a ese antro. Quiero decidirlo hoy con usted.
- ¿Al I.N.A.U? - Susanita asintió- ¿Qué fue lo que le sucedió en esa pasantía?

- Una tarde me dije si estoy acá es porque tengo una misión que cumplir. Entonces junté a cuatro muchachas, internas privadas de libertad, y en el comedor les propuse realizar una actividad distendida.  Primero les enseñé algunas palabras en inglés, colores, animales, y tuve que acceder a traducir un par de malas palabras.  Ellas son así, Licenciado, tuve que negociar. ¡Eso las divertía! Después, cuando la atención decayó, les propuse hablar de cómo se vestían para una cita.  ¡Ay Licenciado no se imagina lo mal encaminadas que estaban esas adolescentes!  Analfabetas de la moda.  Me interrumpieron con los insultos que yo misma les había enseñado, pero uno debe ser comprensivo ¿no? Decidí entonces darles una clase de maquillaje. Me acerqué demasiado. Me agarraron entre las cuatro. Me desvistieron y me pusieron ropa de ellas. Un asco. Me imitaban y se carcajeaban. Les prometí regalarles ropa buena. Mía. Peor. Nada les alcanzaba. Luego la más grosera me maquilló, era tan desagradable su aliento que le pregunté si tenía gastritis. La catarata de insultos parecía interminable. Después me robaron la cartera y se fugaron.  Usaron mis tacos aguja como arma para amedrentar a los demás funcionarios.  Encima mis compañeros de trabajo, que nunca me aguantaron, me iniciaron en ese mismo momento un sumario. “Te dijimos que no podías tener tu cartera, y que tenías que venir con vestimenta cómoda”  Hice una crisis nerviosa y el psiquiatra me indicó licencia. 
- ¿Y entonces porqué volvería?
- Le explico, Lapsus, el asunto es que yo creía en el marido, los hijos, el perro y la estufa a leña. Y los tuve. Pero eran imágenes de cartón, ajenas, no sentía nada. ¿Entiende? Yo viví para recrear escenas de películas. Vi la Familia Ingalls y le pedí a mi marido una chacra marítima en José Ignacio. Los primeros dos meses hice dulces y conservas (por supuesto que con ayuda, obvio!!!) pero no fui feliz, ni cuando reía. ¿Me sigue? Después vi Ghost, me compré el torno y usaba la camisa de mi marido con bombachas igualitas a las que usó Demi Moore, pero ni cerca en sentimiento y tampoco aprendía a hacer cerámica; podría seguir y seguir, ¿comprende? Ahora mismo, con usted, estoy en un thriller con mi psicoanalista esperando el desenlace de la escena.  Por eso cuando me divorcié dije “Susanita, ahora sí, el mundo real”.  Y en el INAU la realidad está, existe, y eso en algún punto me es necesario. Pero tengo terror de volver.

“Burdo – pensó Lapsus – y ridículamente tierno.”

- En principio vamos a tener que ampliar su gama de filmes, ¿le parece?, para que acceda al menos artificialmente a otra gama de afectos. Podría probar con González Iñarritu, Quentin Tarantino o los hermanos Coen, incluso anímese a Almodóvar. La veo la semana próxima y me cuenta. – dijo el Licenciado poniéndose de pie antes de que la mujer pudiera anticiparlo.  

Susanita sonrió, le gustaba que su psicoanalista estuviera decidido a salirse del guión. 
Eran buenas las películas de final abierto, pensó, por fortuna en su videoclub las cuponeras anuales estaban de oferta.

Licenciado Lapsus Linguae: Mafalda al diván


Mayra Nebril

“¡Sonamos muchachos! ¡Resulta que si uno no se apura a cambiar el mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno!”  Mafalda, Quino.

Mafalda fue la primera paciente a la que el Licenciado accedió a llamar por su apodo.

Si bien fue difícil que se flexibilizara, ya que seguir las reglas suele ser camino seguro, percibió que de seguir llamándola por su nombre de pila se quedaría sin conocer a esa mujer tan peculiar.

“Dígame Mafalda y tutéeme. No podría contarte lo más íntimo de mi vida y escucharte preguntarme: ¿Y usted qué piensa María de los Socorros?, ¿entiende?”

El Licenciado hizo la asociación pertinente, sonrió, y tomó la decisión en voz alta.
“Mi nombre es Licenciado Lapsus Linguae y no Armiño Cande, así que la llamaré Mafalda; pero sobre el tuteo, tengo que evaluarlo con más tiempo. ¿Sabe lo que quiere decir ortodoxo? Orto –Recta, Doxa -Opinión, opinión recta, opinión asumida en la repetición, opinión naturalizada. Es así porque sí, es así porque es obvio que tiene que ser así, cuando se hace algo sin saber los motivos por los que se lo hace, eso es la ortodoxia. ¿Me sigue? Y en ese punto, me reconozco ortodoxo, Mafalda, y por lo tanto aun no me quedaría cómodo tutearla, debo pensarlo.”

Y tras una breve pausa ensayó:

-        Mafalda, dígame, ¿qué la trae a analizarse?

Mafalda sonrió, le dio ternura la negociación realizada con tanta honestidad, no le gustaba la ortodoxia, pero el acto de sinceridad mitigaba la impresión de rigidez acerca del Licenciado.  Además la mujer había hecho anteriormente dos entrevistas con psicólogos en las que no se había sentido cómoda. Mafalda recordó al psicólogo que la convidaba con mate, fumaba en sesión y no sólo la tuteó sino que le contó su vida con voracidad, ¡pobre hombre si ustedes supieran todo lo que le pasaba!; y la querible psicóloga a la que se le llenaron los ojos de lágrimas apenas Mafalda empezó a contar de su tristeza, y la invitó a hacer un “viaje” a sus vidas pasadas o a tirarse los buzios para espantar envidias. 

“Difícil el mercado psicológico”, pensó Mafalda, “Lapsus es una buena elección”. Decidió quedarse y creer. 

-        Hace dos meses cumplí cuarenta años y estoy sumergida en una crisis que me tiene a medio bajarme de este mundo, Licenciado. Es tan patético cumplir cuarenta.  Uno se siente taaaaan vulgar.  La misma crisis tonta de todos.  Uy, qué horror las arrugas, qué feas las várices, qué hago con la ley de gravedad, pasé por una obra y ni chistaron.  Ridículo decir lo que dicen todos, ¿no? Somos como un ejemplar más de la serie, una cuarentona en crisis, una gran estupidez. Y entonces se viene al psicólogo, uno que tenga más de cuarenta, porque es bueno ir al psicoanalista. ¡Otro cliché!

“Esta mujer va a lograr deprimirme” sentenció Lapsus en su silencio, pero aun así le interesaba escucharla; asunto a analizar con tiempo y espacio, el masoquismo implícito en la profesión de psicoanalista.

-        Le voy a confesar algo muy tonto. Empecé a verme rara en el espejo. Mi imagen reflejaba una cierta extrañeza, como si hubiese cortado la intimidad conmigo, ¿sabe? Me preocupó, tal vez se trataba de una enfermedad, pero de pronto me di cuenta de que era otra cosa. Mis arrugas. No las podía integrar a mí. Ni este pelo que después de haber peleado con él durante treinta años, pierde su rebeldía y su terquedad y se pega a mi cara. Le conté a mi marido, pero ¿vio cómo son los hombres? Felipe es un buenazo, pero él me dice “Ta Gorda, es así la cosa.”  ¡Qué me viene a decir bobadas! Se acaba de poner brackets, y además arrancó a ir al gimnasio de Manolito, un amigo que después de cumplir el sueño del supermercado propio, puso una cadena de fitness, los Manolitics gym. ¡Otro con el viejazo! Es decadente, Licenciado, porque además yo nunca arranqué para lo físico, y ahora veo que no fue una buena manera de razonar. Con cuarenta años ¿no será una caída estrepitosa, ceder a esa trinchera que me ha protegido la vida entera? Si a los veinte alcanzaba con leer a Nietzsche y a los treinta con Schopenhauer y Spinoza, ¿por qué no será posible matar el abismo del envejecimiento con Proust, Barthes y Lacan? Me marchito, Licenciado, lo siento, lo sé y no lo soporto. 

Mafalda se largó a llorar con la fuerza con la que llora una niña cuando le arrebatan su chupachupa.

-        ¿Y no hubo ganancia con la edad? ¿Qué ha pasado con las cuestiones que le daban rumbo a su vida, Mafalda?
-        Sabe que termino dándole la razón a Susanita. Hemos sido amigas y contrincantes siempre, de esas personas con  la que uno se mide para fijar posición opuesta. Ella cultivó con esmero su belleza y esperó hasta encontrar un marido rico. Tuvo dos hijos con él, compró bienes y viajó, compró bienes más grandes. Ahora se divorció, se recauchutó, se puso lentes y empezó la facultad. Va a recibirse, ¿entiende? Supongo que me equivoqué de orden, pero ahora ya está.
-        ¿Y por qué no se opera?, ¿o va un spagimnasio?, ¿o a una buena peluquería?

En el rostro de Mafalda gobernó el desconcierto, pero no atinó a articular palabra.

-        ¿Tan rara le parece la sugerencia?, ¿es qué nunca se lo planteó realmente?, ¿existen alternativas para usted?

La mujer seguía con los ojos ensimismados, buscando en su interior una respuesta sensata, ella también había sido ortodoxa en ese punto, siempre dijo que no sería de esas mujeres, que estaba en contra de blablablá pero le faltaban argumentos ahora que el almanaque le cantó los cuarenta. 

-        Su silencio habla a los gritos, ¿no le parece? –dijo el Licenciado que se sentía satisfecho de haber logrado que Mafalda renovara sus preguntas, aun cuando la interrogante fuera un bumerang que lo sacudía también a él, de eso se trata su oficio y el Licenciado sabe prestarse al juego, juego que incluye conseguir cita para él mismo con un esteticista - Es hora de que ponga a hablar a sus certezas, Mafalda, y decida si vuelve a prestarles sentido o si en su lugar las cambia por otras. La ortodoxia después de los cuarenta nos sienta fatal, ¿a usted no le parece? 

Mafalda y el Licenciado se amalgamaron en una fresca y espontanea carcajada que selló el comienzo de un análisis que pretende embellecerlos con cierta ortodoxia.

Julio Cortázar en Langue Lengue


Julio Cortázar, nacido accidentalente en Bruselas en 1914, es uno de los escritores argentinos más importantes de todos los tiempos. Creador de los excepcionales libros Rayuela, Historias de cronopios y famas, Bestiario, sólo por mencionar algunos; pero si decidimos pedirle que nos visitara en este tiempo estival que nos impone un nuevo ritmo fue por otro motivo. Cortázar es de esos autores que una vez que le damos cabida sabe acompañarnos a lo largo de la vida, como un buen amigo, que reconforta con esclarecedoras palabras, tiene y presta divertidas, bellas ideas que incluso se contagian. Los autonautas de la cosmopista o Un viaje atemporal París-Marsella, es un texto escrito a cuatro manos junto a su mujer Carol Dunlop, tierno e inspirador, cuya lectura es ideal para enamorarse de la vida.

Les dejamos unos pedacitos del libro para que se zambullan en su lectura, o lo que sería parecido, en busca de alguna "interminable fiesta de la vida" como ellos mismos describen la aventura, ya que sería mucho lograr, ver lo que tenemos tan cerca de un nuevo modo...




De cómo escribimos una carta que no por insólita dejaba de merecer respuesta, cosa que no aconteció, y de cómo en vista de ello los expedicionarios decidieron ignorar tan incalificable conducta y llevar a buen término lo que en ella se explicaba de la manera más galana y detallada


París, 9 de mayo de 1982

Señor Director de la

Sociedad de las Autopistas,

41 bis, Avenue Bosquet,

75007 PARÍS



Señor Director:

Me dirijo ahora a usted para solicitarle una autorización de naturaleza muy diferente. Junto con mi esposa Carol Dunlop, igualmente escritora, estudiamos la posibilidad de una "expedición" un tanto alocada y bastante surrealista, que consistiría en recorrer la autopista entre París y Marsella a bordo de nuestro Volkswagen Combi, equipado con todo lo necesario, deteniéndonos en los 65 paraderos de la autopista a razón de dos por día, es decir empleando algo más de un mes para cumplir el trayecto París-Marsella sin salir jamás de la autopista.

Aparte de la pequeña aventura que esto representa, tenemos la intención de escribir paralelamente al viaje un libro que contaría en forma literaria, poética y humorística las etapas, acoontecimientos y experiencias diversas que sin dudas nos ofrecerá tan extraña expedición. Dicho libro se llamará París Marsella en pequeñas etapas, y está claro que la autopista será un protagonista principal.

...


El único problema está en que, según creemos saber, un vehículo no puede permanecer más de dos días en la autopista, y por esa razón nos dirigimos a usted para pedirle la autorización que, llegado el momento, nos evitaría tener dificultades en los diferentes peajes....
Julio Cortázar




Autobautismo

Esta autopista paralela que buscamos sólo existe acaso en la imaginación de quienes sueñan con ella; pero si existe (es demasiado pronto para hacer afirmaciones categóricas, y sin embargo se diría que estamos ahí desde hace veinticuatro horas; que el lector excéptico piense, antes de negar la realidad a esta nueva vía eliminando el "acaso" de la frase, que tal vez desapareceremos con él; que tenga pues paciencia, que espere al menos que hayamos podido reunir pruebas), no sólo comporta un espacio físico diferente sino también otro tiempo. Cosmonautas de la autopista, a la manera de los viajeros interplanetarios que observan de lejos el rápido envejecimiento de aquellos que sigeun sometidos a las leyes del tiempo terrestre, ¿qué vamos a descubrir al entrar en un ritmo de camellos después de tantos viajes en avión, metro, tren? ... Autonautas de la cosmopista, dice Julio. El otro camino, que sin embargo es el mismo.




De la fauna entomológica en los paraderos y otras consideraciones ecológicas, así como de las posibilidades (escasas) de establecer una cartología de su flora arborescente

...

Mi árbol de esta tarde no tiene nombre, como casi todos mis árboles; nunca he aprendido a distinguirlos fuera de tres o cuatro, sauce, álamo, plátano, roble y pare de contar. Mediano y ancho, lanza sus cinco o seis pisos de ramas mayores y se esponja en una vasta cúpula poco discernible desde mi asiento al pie del tronco. La brisa mueve apenas las anchas hojas; se lo siente solo en su individualidad, bastándose a sí mismo. Pero no está solo, lo ire aprendiendo poco a poco y mi primera lección me la da una cosquilla en la nariz donde acaba de instalarse un gusanito que ha tendido su escala de seda desde alguna hoja con finalidades que se me escapan. Apenas he cortado el hilo de seda para ponerlo en tierra y que se vaya a fastidiar a ortro lado, veo muchos otros gusanos empeñados en la misma operación que tiene algo de angélico, sus escalas casi imperceptibles dejándolos bajar del árbol al suelo; un ciclo ha empezado, una metamorfosis se avecina, los gusanos abandonan su moviente cielo verde para aventurarse en la terrosa aventura que los espera abajo. A su vez el tronco, lo descubro ahora que miro más de cerca , es como un Ygdrassil en el que extraños pasajes se operan entre lo alto y lo bajo; por un lado una fila de grandes hormigas negras sube hasta perderse en la primera rama de la izquierda, mientras otra fila menos disciplinada desciende después de un viaje que no parece haberle proporcionado víveres, salvo que se los hayan comido allí donde se encontraban. ¿Y qué intención guía a este escarabajo azul que avanza en una lentísima espiral como un monje budista en el viaje de la revelación? Desaparece detrás del tronco para reaparecer unos centímetros más arriba, a ese ritmo llegará a lo alto dentro de dos horas y acaso hallará la iluminación. Una libélula acaba de descubrir un juego apasionante: sale del aire libre para meterse en el follaje salvando los obstáculos, desviándose a un lado y a otro mientras asciende y desciende entre los planos de las hojas, divirtiéndose en multiplicar un itinerario que no parece tener otra finalidad que la de obligarla a no equivocarse jamás en su cálculo de distancias. ¿Solo, ese árbol? Me han bastado diez minutos para descubrir que es como un universo vibrante de vidas...

¡Cuánto con tan poco! Lo mismo, lo simple, es tan nuevo, ¡ojalá de eso se trate el verano!

Mesa de luz de Elianna

Coexisten, aterciopelados frente al ventilador, libros de las más diversas índoles y de los más coloridos formatos. Así por ejemplo, hay libros con un perfume intenso, que vale la pena retomar cada tanto, Madame Bovary de Flaubert; libros con curiosas y divertidas texturas, Cuentos completos de Julio Cortázar; libros preparados para sobrevivir al diluvio universal, impermeables al olvido como no a las lágrimas, El Pozo de Juan Carlos Onetti y Poesía Completa de Idea Vilariño -me gusta decirlos así, juntos-; libros endurecidos por dentro y por fuera, aptos para resistir mordidas balbucientes, ruedas de andadores y otras intrincadas pruebas de fuerza humana, sueños de poesía exquisita, Los cantos de Maldoror de Isidoro Ducasse; libros de sensibilidades extremas, retazos de la microhistoria, Serás mía o de nadie, la verdadera muerte de Delmira Agustini de Diego Fischer.
Conviven, aún preparándose para la playa, aún sobre mi mesa de luz, un montón de sensaciones humanas que van desde la más suave y tierna infancia hasta lo propio y áspero de la adultez.

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