Mesa de luz de Elianna

Coexisten, aterciopelados frente al ventilador, libros de las más diversas índoles y de los más coloridos formatos. Así por ejemplo, hay libros con un perfume intenso, que vale la pena retomar cada tanto, Madame Bovary de Flaubert; libros con curiosas y divertidas texturas, Cuentos completos de Julio Cortázar; libros preparados para sobrevivir al diluvio universal, impermeables al olvido como no a las lágrimas, El Pozo de Juan Carlos Onetti y Poesía Completa de Idea Vilariño -me gusta decirlos así, juntos-; libros endurecidos por dentro y por fuera, aptos para resistir mordidas balbucientes, ruedas de andadores y otras intrincadas pruebas de fuerza humana, sueños de poesía exquisita, Los cantos de Maldoror de Isidoro Ducasse; libros de sensibilidades extremas, retazos de la microhistoria, Serás mía o de nadie, la verdadera muerte de Delmira Agustini de Diego Fischer.
Conviven, aún preparándose para la playa, aún sobre mi mesa de luz, un montón de sensaciones humanas que van desde la más suave y tierna infancia hasta lo propio y áspero de la adultez.

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