El corazón en la boca

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Tengo un vómito. Necesito largarlo antes de dormirme, si no, es posible que me ahogue en mi propio líquido mientras procure descansar. Me levanto de la silla, me dirijo al espejo del baño, abro la boca y saco la lengua, la miro: sus colores, sus gustos sus decires impropios, miro la saliva que moja estas palabras ahora. La saliva empieza a escurrirse por los bordes de los labios. Al menos no es bilis: me conformo. Siempre puede haber algo peor, repito el lugar común como si fuera un descubrimiento. Boca con boca, todo se desboca. El que tiene boca se equivoca. O, verbigracia, en boca cerrada no entran moscas. Dejo caer mi trivial hallazgo con la saliva que ahora moja la mesada de mármol. La saliva forma un pequeño charco donde se pueden ver los restos de aquel torpe naufragio verbal: llanto, tristeza, sartén, estresado, desidia, picaflor, potpurrí, luz de bengala y tigre de Bengala. Hago una mueca con mi boca, juego a cortar mi lengua con los dientes, aprieto, aprieto un poco más fuerte, aprieto otra vez pero ya no me gusta este juego de sutiles sadismos y masoquismos, este filo de diente que quiere cortar palabras como cuchillo, distante o aguafiestas. Un imprevisto NO aparece remando un botecito hacia la mesada. Lo rema. Lo remo. Tantas veces tengo que remar el No.
Entre dimes y diretes, me brotan una serie de palabras oblongas como indecisión, individualismo, Canal de Panamá, antigüilla, columna vertebral, saltar la cuerda, escalera al cielo, Hollywood, estrella fugaz, cerbatana y palito de brochet.
Cierro un poco la boca e intento formar un pequeño círculo, acompañar el No con un cero. Emito un sonido muy parecido a la O pero más etéreo, entonces se me ocurre observarme la punta de la lengua. Por más que he visto videos e inclusive personas que en vivo y en directo logran tocarse la punta de la nariz con la propia lengua, yo confirmo que eso es imposible. Porque la punta de la lengua no existe, porque la lengua no tiene punta porque es más bien redondeada. Además de redondeada, la lengua es maleable, eso es lo que hace que todavía existan rey, copa, privilegiados y populacho, que exista che, vo y va pa`í. No le echemos la culpa a las malas o a las buenas costumbres.
Palabras que hasta hace un segundo eran perfectas, como paciencia, ciencia, paz, empatía, risa, alegría, felicidad, ternura, luna de Cúneo, macachines, pies de bebé, cosquillas y algodón de azúcar… ¡Qué poco conocen del éxito y de la fama! Palabras efímeras, como aburrimiento, lento, vacío, incienso y necio, no tardan en morir boquiabiertas una vez que son atrapadas por las redes marineras de mi discurso. Ese que las mete en una misma bolsa, ese que las echa al vacío rápidamente, las espeta las agrieta las vocifera. Esa boca de ese jarro. Expalabras que alguna vez supieron vivir en grupos y saborear el todo: manantial de agua pura, recolección de frutos, flora silvestre; son un menjunje que alguna vez también, si sabemos respetar los tiempos del compost y de la tierra, serán palabras de vuelta y se multiplicarán junto con los panes, por todos lados.
De pronto el espejo se empaña con los fluidos de mi respiración buconasal. Adivino algunas letras que se agitan en el caldo y que condensan palabras exquisitas como miríada, esdrújula, diapasón, lector avezado y manual de cocina hindú. Se me hace agua la boca con el Capítulo 7 de Rayuela. Las gotas escurren, haciendo un recorrido único cada una, hacia el mármol del final.
Cierro la boca ahora. Juego al cíclope conmigo misma en el espejo. Le echo la lengua a mi cíclope siamés, que se choca contra el frío plateado y me hace resbalar. Y aprovecho para que me resbalen autocrítica, vergüenza, prejuicios, pudor, inhibiciones, represiones y temores, al menos por un rato. Nuevamente las palabras son peces desesperados por conocer cómo funcionan un par de branquias en plena orilla marmolada. Por lograr captar ese cachito de oxígeno que les permita respirar una vez más: “respiro por la próxima vez”, se desespera pensando un ilustre marisco. Y yo no puedo parar de acordarme del tipo de aquel cuento que siempre brindaba por la próxima vez con sus amigos. ¡Pero esta circunstancia es tan distinta, tan atroz! ¡Suicidamos miles de palabras por día en la más devastada soledad o, peor aún, ahogándolas en el mar del vómito que se aplacó con un omeprazol! Sin embargo, ¿no nos preocupa encontrar una cura para estos seres agonizantes?!... ¿Qué será de payana, tentempié, bochinche, miriñaque, cajita de música a cuerda con pianito, zapatitos de charol, palangana, sopetón, yeito, falleba, gofio y mate con cascarilla? ¡El pez solo por la boca muere! ¡Contaminamos el lecho de sus ríos y no tenemos la sensibilidad de preocuparnos un poco por las haches y las eses! ¡Humildad es una palabra que viene de las raíces de la tierra! ¡No lo olvidemos! ¡No podemos olvidar hoy y hay, haber y habrá, hipocampo, hesitación, heterónimo y humanidad, si queremos que nuestros hijos crezcan en el cariño y en el amor! ¡Cuidado, decidores y decidoras! Asistimos a la fundición de las lenguas romances, al auge del español estándar, a la globalización del antiácido de la metáfora, al  sinsentido de la posmodernidad!
Tengo una inevitable verborragia ahora… Escupo al vacío un elocuente trabalenguas que me sirve de consuelo: Cuando cuentes cuentos cuenta cuántos cuentos cuentas, porque quien no cuenta cuántos cuentos cuenta, nunca sabrá cuántos cuentos puede contar. Las palabras caen como cascada dentro de la pileta. Abro la canilla y nadan diccionario, solidaridad, sueños y risueño. Flotan un rato Vivaldi y Los girasoles, corren por la orilla sol estival, collar de caracoles, diario íntimo, colibrí, cometas y poema, y tierna infancia se apresura para llegar antes al solapado resumidero de mi pileta. Pobres palabras, porque creen que van camino de regreso al útero materno y, sin embargo, algunos metros más allá, acabarán siendo tragadas por una indecente boca de tormenta.

Cuento recitado

Mayra Nebril


-Cuando te vi, me enamoré. Y tú sonreíste porque lo sabías.
-Shakespeare,- respondió ella con la mirada sorprendida.

Su compañero de presentación en la mesa redonda “Los azarosos saberes: literatura, psicoanálisis y filosofía hoy”, al que había conocido en el mismo momento de entrar a la sala y tomar asiento detrás del largo escritorio, hacía tan solo dos horas,-el que estaba en el medio de los otros dos,- ese hombre la  invitaba a tomar un café en la cantina de la universidad, un lugar emblemático que describió con las tres frases siguientes, oraciones de un preciosismo en la  adjetivación y una erudición histórica, Cuando tomamos café, las ideas marchan como un ejército, insistió él frente a los  momentos de dubitación de ella.

-Balzac, -volvió a acertar la mujer, mientras buscaba en su memoria reciente el tópico acerca del que había hablado él en su ponencia.- Acepto la invitación, pero necesitaríamos desarmar el ejército, ¿no le parece?, lo que está hecho, hecho está y lo que no-al menos por hoy- no será,- tomó aliento y con un tono de voz en el que las palabras parecían cobrar otro peso dijo- La resignación es un suicidio cotidiano, -esperó, pero era claro que él no sabía de quién era la cita, -Honoré Balzac, ¿vamos?

Caminaron por el ancho pasillo que giraba alrededor del patio central, las paredes de piedra se recortaron en ocho puertas dobles, en seis ventanales que abiertos matizaban el olor a humedad; se escuchaba, solamente, el sonido de los tacos contra el mármol.

Ella logró recordar que él había disertado sobre la contingencia, el azar, las sincronicidades, las casualidades, cuestiones que parecían tan amenas, tan próximas, pero lo había hecho de un modo extremadamente teórico, hermético incluso, ¿le había resultado interesante?, no lo sabía, la verdad era que había dejado de prestar atención a los dos o tres minutos. 

-Es el azar quien rige la vida, no la prudencia.

-Cicerón. ¿Eso crees?-El hombre caminaba más lento que ella, llevaba, aun queriendo acompasarse, dos pasos de atraso.

-Acá estamos, usted y yo, ¿de qué otro modo explicarlo?- La diferencia de edad era notoria, pero mucho más evidente era la de velocidad.

-Azar es una palabra vacía de sentido, nada puede existir sin causa,- habían llegado a la cafetería, él abrió la puerta de vidrio y la dejó pasar, ella agradeció y entró en aquel espacio que parecía una cueva, sin aberturas –salvo la entrada- y sin más adornos que una redonda bombita pendiendo sobre cada mesa. Dos estaban ocupadas con gente que había escuchado  la disertación, todos sonrieron, ella buscó la mesa más alejada de ambos grupos, contra la pared de piedra del fondo, frente al mostrador.

-Qué estoico este lugar,- dijo mientras los movimientos de sus cuerpos arrojaban sombras repentinas dentro del círculo que los encerraba.

-O quizás lo hagamos epicúreo, de nosotros depende-, subrayó él buscándole los ojos que estaban entretenidos paseando por la habitación.
-La vida es una especie de juego de azar, donde todo el mundo piensa que el de al lado sabe qué está pasando- la mujer demoraba las palabras, quería imitar el aplomo que él exudaba-Francisco de Quevedo.- Los ojos por primera vez se encontraron con intención.- ¿No cree en el azar?

-La filosofía cree poco en el azar, en la casualidad, …la literatura es más romántica en ese sentido. 

-Librar todas las cosas de la servidumbre de un fin. En las cosas encuentro yo esta seguridad bienaventurada: Que todas bailan con los pies del azar. La frase es de Nietzsche, hay unos cuantos filósofos que estarían en desacuerdo.

 -Lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria del azar. Jorge Luis Borges. Hay filósofos románticos, claro que sí y escritores escépticos. Por suerte nosotros somos ambos de la misma especie, ¿verdad?- Volvió a mirarla. Ella parió una carcajada que retumbó en la caverna, estaba tentada, y le costaba dejar de reírse. En cambio él ni siquiera asomaba sus dientes.-Séneca nos puede sacar del dilema. Existe el destino, la fatalidad y el azar; lo imprevisible, y por otro lado, lo que ya está determinado. Entonces como hay azar y hay destino, filosofemos.

-Me parece bien…¿acerca de qué?,- preguntó la mujer cuando se recompuso de la carcajada.

-Del amor, por supuesto. Cuando te vi, me enamoré. Y tú sonreíste porque lo sabías. Fue un poco más que una sonrisa, a decir verdad, -él tenía dientes pequeños, simpáticos.-Me gustó el desarrollo que propusiste en torno a la literatura y el azaroso enfoque con el que trabajaste el amor. –A ella le fastidió la actitud de maestro con libreta de calificaciones en mano; él creyó que estaba haciendo un bondadoso elogio, al borde de la exageración.

-Pero amar es dar lo que no se tiene, al que no es, quizás sea la de Jaques Lacan la más triste y verdadera definición de ese malentendido.- Tenía un gesto desafiante, las cejas arqueadas, los ojos bien abiertos, el mentón levantado.

-Dicen que la frase es un invento del que transcribió el seminario, parece que Lacan llegó a decir amar es dar lo que no se tiene, pero quizás pueda uno dárselo al que sí es, ¿sabías?- A ella le causó una gran impresión esta aclaración. Lo miró. Se rascó la punta de la nariz. Su mano se apoyó sobre la mesa, humedeció a penas la piel de la pinotea, los dedos se abrieron, extendidos se ofrecían, se entregaban, cinco puntos buscaban un interlocutor. Las manos de él no estaban a la vista, pero quizás algo captó porque a con las mejillas sonrojadas llamó al mozo y antes de que éste viniera dijo - Siempre hay algo de locura en el amor, pero también hay siempre una cierta razón en la locura, Nietzsche otra vez. ¿Qué te gustaría tomar?

-La mayor declaración de amor es la que no se hace; el hombre que siente mucho habla poco, y te retruco con uno que es de los tuyos, Platón- qué alegría le daba que las frases le llegaran a la boca, y que de modo natural lo había empezado a tutear.- ¿Qué se puede tomar?, ¿alguna especialidad para recomendar?

-La cerveza artesanal que probé me gustó. ¿Es muy temprano para alcoholizarnos?...-La mujer dudó, la mano caminó como una araña en retirada dos pequeños pasos, dejó el rastro húmedo. Una de las manos del hombre subió a la mesa, seca y gruesa intimidaba a la otra, se acercó, las separaba un servilletero y un pequeño abismo.- Beber aparta lo obvio y tal vez, si lo obvio está suficientemente lejos, no seremos tan obvios para nosotros mismos, ¿si le hacemos caso a Bukowski?
-Bebo para hacer interesantes a las otras personas, Groucho Marx. ¡Hagámosnos el bien mutuamente!

El hombre le hizo al mozo el pedido. Habitaba con comodidad el silencio. Observaba al trabajador empujar las manijas y llenar las jarras. Su mano estaba tiesa sobre la mesa, tocaba el metal frío, no avanzaba. Ella había puesto la suya bien abierta un poco más acá de la línea del medio, disponible. Las bebidas fueron –después del primer sorbo- el impulso para retomar la conversación.

-El corazón si pudiera pensar, se pararía, Fernando Pessoa, ¡qué dura frase, y nos acaba de golpear fuerte!-ella sintió un ardor en la lengua, la movió, se lamió el paladar superior, sintió cosquillas, apretó y empujó el pedazo de carne contra los dientes, se mordió hasta el primer latigazo de dolor, y todo lo hizo sin abrir la boca. Observó al hombre, sus rasgos tenían la fealdad y la contundencia de los eruditos. Le gustaba. Lo miró buscándole el alma, o algo más adentro, él observaba las sombras que se movían sin causa aparente, y pensaba en el estado en el que había dejado su cuarto de hotel.

-Como todos los soñadores confundió el desencanto con la verdad, eso podría responderle Sartre a Pessoa, o también la Libertad es lo que haces con lo que te han hecho. Siempre me pareció que Pessoa y su desasosiego tenían algo de impostado, pretende dejarte desahuciado, y además es tan vehemente que habla él y ya nadie más puede decir nada.

-Puede ser, pero no más que cualquier otro. –Para ser exactos, ella se dijo No más que vos.

- La verdad tiene una sola cara: la de la contradicción violenta, ¡esa cita abre!, siempre Bataille abre, o mejor aún También la verdad se inventa, de Machado, ¡no todas las frases son iguales, querida!- Él intuyó que ese modo de nombrarla pudo resultar excesivo, detestaba los excesos y casi siempre los sabía evitar.

-Es verdad, ¡estoy de acuerdo!,-ella no recordaba el nombre del hombre y se preguntaba si él sabría el suyo- Estoy tan de acuerdo que me sorprende. ¿Entonces crees en el azar?-Otra vez estaba buscándolo, ahora él lo notaba, y resistía. Ella sacaba pecho, él metía barriga; el ritual del encantamiento, también encontraba sus formas.

-Se trata de esa única especie de curiosidad que vale la pena practicar con cierta obstinación. No la que busca asimilar lo que conviene conocer, sino la que permite alejarse de uno mismo, Foucault y yo te respondemos que estamos dispuestos a ir contigo para que nos muestres lo que es posible descubrir, ¿adónde vamos para buscar azarosamente?

-La cuestión de saber si se puede pensar distinto de como se piensa y percibir distinto de como se ve es indispensable para seguir pensando o reflexionando, es la continuación de tu cita, ¡esto sólo podemos atribuírselo al destino!

-Ya te dije que estoy dispuesto a darte todo el crédito, ¿adónde nos lleva este encuentro fortuito y muy afortunado?- El hombre también descubrió que no recordaba el nombre de ella, y casi casi la llama linda, pero se contuvo justo antes de que se le escapara semejante vulgaridad.

-El sexo sin amor es una experiencia vacía, -sentenció la mujer después de beber de un sorbo lo que quedaba en su jarra- pero como experiencia vacía es una de las mejores.

-Woody Allen, ¡qué cineasta! El sexo es lo más divertido que se puede hacer sin reír. ¿Dónde te estás quedando?, ¿vamos?-El hombre sintió latir su corazón en las sienes, dentro de la boca y en el centro de su entrepierna.

-El sexo es el consuelo de los que ya no tienen amor, pobres de nosotros, García Marquez se apiada de nosotros,- la cara de ella hizo una mueca de tristeza, que él no supo decodificar. La mujer le pedía con un par de ojos intensos que respondiera rápido, era un duelo de caliente verba y él estaba malherido, probablemente sin saberlo.

-Para curar un amor platónico, una follada homérica. Le diría Kac a Marquez.- La boca entreabierta de ella, con la lengua visible y los labios gordos, era el lugar donde él tenía puesta la vista. La mano no se atrevía a salir del escondite, ni siquiera cuando los cinco dedos femeninos se arquearon y lo rozaron al volver a despatarrarse.

-La fe es la pasión de lo posible y la prisa es la pasión de los necios, Kierkegaard y Pascal- la respuesta de la mujer le molestó, ¿estaba jugando con él?, sí, por supuesto, ¡estaban grandes, ambos!

-Prefiero morir de pasión que de aburrimiento, una de las mejores frases de Van Gogh-exclamó él con cierta soberbia.

¡Qué imbécil!, pensó ella, no puede ni tocarme la mano y cacarea.

-Un pene educado es aquel que se levanta para que una mujer se siente, dicho popular anónimo- 
Medio litro de cerveza envalentona a cualquier garganta. El hombre quedó desconcertado. Claramente no entendía, y empezaba a ponerse ansioso.

-Una orgía real nunca excita tanto como un libro pornográfico, -usó a Huxley para encausar la conversación hacia los modales requeridos para la que creía la altura intelectual de los contendientes.

Ella le hizo una seña al mozo, y le preguntó al hombre si iba a tomar algo más.

-Otra,- dijo- ¿Vos?
-También.- Le sorprendió que no pidiera la cuenta, que aún quisiera quedarse.

Ella dudó si seguir descolocándolo hasta el knock out, o si volver al cuadrilátero en el que ambos sabían defenderse con amabilidades.

-Si el sexo no fuese la cosa más importante de la vida, el Génesis no empezaría por ahí. ¿Qué pensás de esa frase de Pavese?- dijo ella concediendo. Lo miraba. Lo buscaba. Lo esperaba. 

La mano de él montó a la de ella, dejó caer todo el peso sobre la suavidad de la otra piel, la apretó, los huesos se juntaron, los dedos abiertos se cerraron. La mano giró, así ofreció la palma, su humedad. Otra mano se metió debajo del amasijo de carne,  acarició, y frotó lento su resequedad.

-El sexo aquí es una obsesión, en otras partes es un hecho, ¿vamos Marlene Dietrich? Te invito a mi hotel.- Él de a momentos vestía un tono de Paul Newman, propenso al disfraz.

-Sin prohibiciones no hay erotismo, mi vuelo sale en cuatro horas, hoy no va a ser posible.

-Eres la manera que tiene el mundo de decirme qué bonita que es la vida… ¡Estoy dispuesto a rever mi visión teórica acerca del destino!...No puede ser que estemos aquí para no poder ser. ¡Cortázar tiene que ser capaz de convencerte!

Las manos tocaban los antebrazos, los codos, querían llegar al cuello a la boca.

-Un intelectual es una persona que ha encontrado algo más interesante que el sexo, eso lo asegura Huxley, y en esta oportunidad podemos darle la razón, linda conversación hemos tenido, el sexo es de lo más vulgar. Pidamos la cuenta que tengo que irme.

Él se ofreció a pagar, ella prometió invitarlo la próxima vez, ella lo besó en la comisura de los labios-porque después de la cita de Huxley no podía dar rienda suelta al lengüetazo que tenía en mente-, aun así le acarició con las yemas empapadas el cuello, el lóbulo de la oreja, le guiñó el ojo, y giró con teatralidad- como para ser mirada-, lo logró.
Él quedó sentado, sorbiendo el fondo de su jarra, revisando lo dicho, ¡cuánta originalidad!


-Y sí, ya estaba dicho, no hay relación sexual- en esa oportunidad no tuvo que aclarar de quién era la frase porque sólo la estaba citando para sí.

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