Esto es una escritura (no una pipa)

por Cecilia Fernández Costa


Pensando en estos días sobre qué aspecto de la escritura tomar para pensar aquí, terminaba siempre atorada. ¿Tomo la literatura como sinónimo de escritura  y entonces, por ejemplo,  me dispongo a sintetizar las reflexiones en torno a la problemática de definir qué es literatura y qué no lo es, mostrando por qué autores como Eagleton, de manera para mí convincente, sostienen que no es un verdadero objeto de estudio de una "ciencia de la literatura", pues no tiene características intrínsecas que lo puedan diferenciar de otros tipos de discurso?  (*)

¿O, por ejemplo,  me inclino por pensar la escritura en términos del sujeto que escribe porque todos escribimos (literal o metafóricamente) aunque no sea dejando marcas sobre un papel?  (Por supuesto, también podría elegir hablar de la textualidad, o de la recepción, o de cualquier otro aspecto vinculado a la literatura como discurso)

Pero si elijo esta opción, y me enfoco en el escritor, no puedo evitar meterme en un conflicto. La “ciencia de la literatura” comúnmente despreció los enfoques que denomina “psicologicistas” y ese desprecio llega hasta quienes nos formamos en esto a modo de una verdad incuestionable. O al menos, así me ha llegado a mí. Me pregunto por qué.  Tengo tan sólo algunas hipótesis, y varias entrevisiones y de ningún modo una posición. En principio, no veo por qué estudiar la relación de un escritor con sus producciones desde un punto de vista psicoanalítico no sea válido, como sí parece serlo enfocarse exclusivamente en el texto, o en la recepción. Y no porque importe el escritor en tanto sujeto, sino más bien como función. Por tanto, lo que intentaré en este artículo, será poner sobre la mesa algunas posiciones para dejar planteado el conflicto como a mí me llega y poder pensarlo. Y a lo mejor llegar a la misma conclusión (la no pertinencia de esos estudios), pero esta vez, como una verdad cuestionable, producto de una interrogación.

Es claro que psicoanalizar al escritor como si fuera una persona de carne y hueso que se desparrama en un diván, es un poco indefendible, por decir lo menos. 

Pero analizar la relación de un escritor y su escritura, el modo particular en el que pudo apropiarse del lenguaje por el que todos estamos atravesados, para hacerlo hablar a cuenta de su subjetividad,  pudiendo crear  y mostrar su singularidad y que en ese hecho resida el efecto en los lectores, ¿por qué habría de interesar sólo al psicoanálisis? ¿Por qué habría de desdeñarse desde una "ciencia" de la literatura, si afecta a la recepción, porque la forma en que llega un texto tiene que ver con lo que allí se puso en juego, a través del lenguaje? 

Si bien estoy en buena medida de acuerdo con Barthes en “La muerte del autor”:
“[...] la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que van a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaban por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe”. 
“[...] en cuanto un hecho pasa a ser relatado con fines intransitivos y no con la finalidad de actuar directamente sobre lo real, [...] se produce esa ruptura, la voz pierde su origen, el autor entra en su propia muerte, comienza la escritura”. 
¿Es “el lenguaje y no el autor el que habla”? Creo que ni una cosa ni la otra, sino ambas, y en todo caso depende (del autor y del texto).

En la interrogación acerca de la relación de un escritor con su escritura, está la mía (¿la de todo lector?). La de mi relación con mi escritura (pero no únicamente la literal), la de cómo hacer para enhebrar con palabras mi carne gozante y acercarme a una verdad sobre mi deseo y crear; y que sea un hacer, una performance, que me permita decir quién soy, y que de paso, en esa despersonalización que adquiero al escribir, en esa libertad, cuando no importan los datos precisos de mi biografía ni de la realidad "objetiva", otro (que “¿me?” lea) encuentre preguntas, espacios vacíos que lo cuestionen acerca de su deseo y lo prendan a mi texto, que aunque no siento que es del todo mío, también lo es. Todos somos escritores, o intento de escritores, aunque sea de nuestras propia novela de vida. 

Sin duda, estamos hechos de lengua, estamos armados por el Otro. Somos un concierto de voces otras, en las que tantas veces es difícil reconocer una como propia.  Pero algunas escrituras consiguen que quien las performa tome el toro por las guampas, y se apropie de esa lengua que lo habla, y consiga hablarla él, y crear algo nuevo y romper una esclavitud.

En “Sobre la lectura”, Barthes aporta esta linda idea, que no puedo evitar asociar con Borges:
“la lectura es buena conductora del Deseo de escribir [...]; no es que queramos escribir forzosamente como el autor cuya lectura nos complace; lo que deseamos es tan sólo el deseo de escribir que el escritor ha tenido, es más: deseamos el deseo que el autor ha tenido del lector mientras escribía, deseamos ese ámame que reside en toda escritura”. “…cada lectura vale por la escritura que engendra, y así hasta el infinito”. 
Me vuelvo a preguntar, entonces, por qué circula cierto desprecio por los enfoques que atienden cierta psicología del escritor en relación a su discurso. Es cierto que no interesarían mayormente los traumas vividos, los datos empíricos de su existencia vital, como si se fracturó una pierna de niño, o tuvo una relación conflictiva con su madre (pero ¿por qué sí importan hechos de su vida política o histórica que lo vinculan a la “realidad”?)... a menos  que de allí pueda extraerse alguna información acerca del efecto de la escritura en él, cómo la anudó a su carne, y cómo aparece una singularidad en sus textos, recibida por nosotros los lectores, que sin importarnos los datos precisos de su biografía, respiramos un sujeto deseante/gozante entre sus palabras, entremezclado con los personajes, en el puro discurso, que nos cuestiona, nos conmueve, nos hace identificarnos, bordea nuestras preguntas, a veces sin saber que las teníamos. En definitiva, algo que nos puede permitir pensar la relación de todo sujeto con el discurso, con la forma en que utiliza la textualidad, con la forma de esa textualidad, con los efectos que esa textualidad concreta produce en escritor, en lector, en sociedad.

Escribir y psicoanalizar: dos maneras de buscar.


por Mayra Nebril


La afirmación de Barthes, “La historia de un escritor es la historia de un tema y sus variaciones”, fue un nuevo comienzo para pensar los enlaces entre escritura y psicoanálisis, ya que enseguida de leer esa frase me pregunté, pero, ¿elige un escritor sus temas?
No lo creo, ¿no? Y no, como tampoco elige sus síntomas, ni sus sueños, ¿o sí?

A ver qué nos dicen algunos escritores acerca de por qué escriben, cuál es la motivación que los impulsa a escribir ficción:

Onetti: “¿Que si escribir ayuda a vivir?  Sí, sin duda.  Siempre he tenido la sensación de que escribiendo uno está agarrado a la cola de la vida.”

Auster: “Yo hago lo que hago por necesidad, guiado por el deseo, por un impulso que tiene que ver con mis obsesiones.”

Cortázar: “En todo cuento memorable hay una especie de desprendimiento catártico de parte del autor.” Y en otra entrevista dice que hay síntomas de los que se liberaba  escribiendo, por ejemplo el relato Circe lo cura de un asco que le impedía comer, confiesa también que se negaba a psicoanalizarse a pesar de gustar de la escritura de Freud, por temor a curarse y dejar entonces de escribir como lo hacía.

Felisberto Hernández en una carta a Superville dice: “Tal vez no pueda ser más un escritor, pues he encontrado la felicidad”. Y a su mujer le confiesa que no se quiere curar ya que es esa la fuente de sus creaciones.

Levrero: “La gente incluso suele decirme: “Ahí tiene un argumento para una de sus novelas”, como si yo anduviera a la pesca de argumentos para novelas y no a la pesca de mí mismo”.

Vargas Llosa: “Para mí, la vocación es como una adicción, no es sólo una profesión… Yo necesito escribir para funcionar.” “El qué escribe un novelista está visceralmente mezclado con el sobre qué: los demonios de su vida son los temas de su obra.”

Todo creador tiene una imagen del mundo que intenta transmitir, y transmite más allá de lo consciente. Lo cual no quiere decir que lo que está relatando sea autobiográfico, pero la manera de transmitir cómo huele el café o la sensación de erizarse al sentir frío, o de pensar en rojo, o de sentir pánico o de temer a los perros, será su manera de estar en el mundo, una forma única e intransferible.

El escribir en literatura tiene que ver con reconocerse en esa singularidad, habitar ese mundo subjetivo y permitirle al lector ser parte de él. El escritor gusta de su “locura” en tanto que manera peculiar de estar en la vida, en tanto que construcción de un mundo del cual lo escrito da cuenta, y es eso lo que nos dicen muchos escritores que desean preservar, ya que “curándose” dejarían de escribir de ese modo.

Pero el psicoanálisis como práctica, ¿no versa sobre lo mismo? ¿Acaso psicoanalizarse no tiene que ver con recuperar singularidad, peculiaridad, salir del rótulo diagnóstico, de las estandarizaciones, y cambiar la posición subjetiva? Justamente eso es lo que separa al psicoanálisis de las terapias que curan y llevan al paciente al camino de la norma. ¿De qué podría uno curarse en definitiva? ¿De ser uno mismo? ¡Cómo si ser uno mismo o saber lo que eso significa fuera sencillo!

Esa restauración de la singularidad de la que Lacan habla en el Seminario 24, ¿es homologable a la búsqueda y consolidación de un estilo por parte de un escritor? ¿De encontrar lo que le es más propio al sujeto?
Si bien los escritores dicen temerle a la “cura”, hay que pensar de qué tipo de cura están hablando y de qué se trata para el psicoanálisis.
Primero, encontrar el camino al sujeto del inconsciente pero aún ir más allá. Y por eso la desacomodación de sentido es algo que el psicoanalista busca, ya que a través de ese sinsentido es que se toca al sujeto en el goce en que está fijado. La interpretación estaría situada del lado de la poética, sería un pas de sens, paso de sentido, o sea un sinsentido para el Otro, y un paso de sentido para el sujeto, deja de estar absolutamente bajo el sentido del Otro, bajo el sentido que instituyó el Otro, y se inscribe un sentido que al sujeto lo representa.  Lacan habla del efecto de sentido en lo Real, hacerse un nombre, lograr una posición, un lugar diferente del que el Otro le otorgó.  Nos habla también de restar al Otro o extenuar al Otro en el fin de análisis, ir más allá de las formaciones del inconsciente, más allá de lo simbólico del inconsciente y hacer borde donde el inconsciente toca lo Real, lugar del que emerge la creación como posibilidad.
En el trabajo de análisis se sopla vida al lenguaje, se trabaja con lalengua, con  ese decir particular, esa locura particular de habitar las palabras que sostiene la singularidad a la hora de saborear las frutillas, observar el color amarillo, oler los jazmines en diciembre y emocionarse con una metáfora. ¿Escribirse?

Lacan, en ese maravilloso seminario, homologa el camino del arte y el camino de un análisis, utilizando la misma expresión para ambos casos: Saber hacer. Pero ¿saber hacer con qué? Saber hacer con el síntoma, dice, saber hacer con ese modo peculiar de estar en el mundo, saber hacer con uno mismo. Mientras que el inconsciente le viene del Otro, el síntoma es algo que el sujeto inventa. Es una creación del sujeto. Pero entonces, ¿se eligen los temas a escribir, se eligen los sueños, se eligen los síntomas? Aun no arriesgo una respuesta. Mas sí me atrevo a decir que aprender a hacer con eso, de eso se trata al final del análisis.
Por una parte, tenemos lo Real, y también las marcas que le vienen del Otro, y, así se constituye el sujeto, y así solemos decir que esas marcas son destino, pero a la vez hay algo a crear, a inventar, algo que hace a las maniobras posibles con lo dado, algo que solo ese sujeto puede hacer, algo del orden de lo único e impredecible, algo del orden de la creación y del invento. De eso trata nuestro oficio, de dirigir la cura hacia esos inventos, de presenciar el encuentro de lo único en el analizante, de las maniobras posibles para cada quien.  

En el Seminario 24, L’insu, Lacan se pregunta: “¿A qué se identifica uno al final de un análisis? Al inconsciente –no porque el inconsciente está en el Otro, portador de los significantes. ¿Sería identificarse entonces a su síntoma, synthome? El síntoma es lo que se conoce, incluso lo que se conoce mejor.  Saber hacer con el síntoma, ese el fin del análisis, saber desembrollarlo, saber en qué se está embrollado, saber hacer en él.”

Imagen: René Magritte - Esto no es una pipa


Las conversadoras


por Paola Menta

«Watch your thoughts, for they become words.
Watch your words, for they become actions.
Watch your actions, for they become habits.
Watch your habits, for they become your character.
And watch your character, for it becomes your destiny.
What we think, we become.»
The Iron Lady.


Es miércoles. Son las 14:00 hs de una tarde de invierno. La lluvia, arremete contra el ventanal impulsada por un viento que anula toda esperanza de cobijo bajo el paraguas. Dentro, la lámpara de pie dibuja un círculo de luz, que destaca los sillones y la pequeña mesa sobre la que humea el mate.

Suena el timbre, luego los pasos rápidos en la escalera. El ruido de la llave al girar en la cerradura es el último obstáculo. Se abre la puerta y las conversadoras se encuentran, como todos los miércoles desde hace un año. 

El parloteo sobre cuestiones cotidianas, más bien domésticas, se agota, mientras recorren el corto pasillo que une la sala de estar con la sala de conversar.
Al cerrarse la puerta de la sala de conversar —en la que permanecerán durante una hora y media— se abre otra dimensión. De pronto esa habitación se instala en otro lugar, se habita allí otro tiempo. 

Las conversadoras saben que para invocar la conversación hay temas que deben abandonar. El psicoanálisis las mueve a conversar. Están tocadas por él.  

Comienzan a hablar, la incertidumbre es grande. La conversación arranca despacio como si una mano con una pequeña linterna fuera iluminando diferentes espacios, diferentes rincones. La luz recorre, deja ver, muestra… Dónde decidirán detenerse, nadie lo sabe; ellas tampoco. 
Dónde la mano que mueve la linterna se detendrá, dependerá únicamente de las pulsaciones que la conversación produzca al  recortar e investigar una zona. 

Las ocurrencias comienzan a surgir y así el pensamiento se suelta, se aligera. Las conversadoras viven, así, el primer momento de emoción al experimentar que eso se mueve, se sacude, aletea, pide vías de expresión. No hay mejor señal de que la conversación prospera que sentir a los pensamientos revolverse en eso que por comodidad llamamos mente.  Revoltijo que también se expresa en el estómago. ¡Hay conexión entre el pensamiento y el estómago! 
Con los primeros aleteos, la conversación adquiere ritmo y exige a las conversadoras tensar, agudizar, precisar las palabras, acorralar las preguntas. La agitación de este momento es proporcional al intento de perseguir con lalengua, eso que sienten armarse allí y que a su vez pierden al hablar. Por eso se las ve revolverse en los sillones, gesticular exageradamente entre silencios y carcajadas.

La ansiedad da paso al vértigo, porque pensamiento y palabra pertenecen a órdenes distintos, lalengua exige estructuras determinadas, las palabras se vuelven torpes, y entonces farfullan, tartamudean, cloquean desesperadas, sin otro remedio que asumir de un golpe que todo no se puede decir; que necesariamente algo hay que perder, para relanzar la conversación y no morir atragantadas.

Pasado el vértigo, la conversación era ya un acontecimiento de pleno derecho. Igual que cuando encima de la bicicleta fija se logran atravesar los primeros diez sofocantes minutos luego de los cuales el cuerpo pedalea solo, las preguntas a esas alturas fluían sin esfuerzo. El foco se colocaba ahora en la concatenación de los pensamientos, en cómo se relacionaba esto con aquello.

Así, hasta que el reloj las devolvió al tiempo en el que debían regresar a sus respectivos trabajos. Con cierta torpeza, se enfundaron en las gabardinas, colgaron de sus hombros las carteras, empuñaron los paraguas. Se chocaron al intentar pasar ambas al mismo tiempo por la puerta. Las actividades cotidianas implican una coreografía precisa y difícil de seguir cuando se está en otra parte, como era el caso.

Una vez en la calle,  bajo los paraguas –por suerte el viento había amainado, no así la lluvia-  se despidieron. 
¿Dónde se encontraban los pensamientos que se les iban ocurriendo en cada conversación?, ¿es que estaban ya armados pero silenciados y  la ocasión de la conversación los iluminaba?, se preguntó una de las conversadoras, mientras le extendía al guarda del 116 los diecinueve pesos del boleto.  Con el primer barquinazo del ómnibus se incrustó en el asiento, aún le era difícil coordinar. Al retomar el ómnibus su marcha, volvió a sus pensamientos.

Ella sabía que algo peculiar sucedía cada miércoles. Se divertía pensando en lo ridículo de la expresión “yo pienso que…” puesto que si los pensamientos y las preguntas que lograban abrirse paso cada miércoles eran producto de ese acto ¿de qué yo se trataba? ¿a quién le pertenecían?. Llevaba incluso las cosas hasta el extremo ¿pertenecían los pensamientos a quién los enunciaba? 
Sacó de la cartera la libreta negra, quiso escribir las preguntas en las que estaba pensando. No logró escribirlas con la claridad con que se le habían presentado segundos antes. 
¿Por qué es tan difícil escribir directamente sobre ciertos temas? fue la pregunta que finalmente se escribió. Bueno –pensó- este es un tema para otra conversación. 

A verso converso: ¿solos en la madrugada?

por Cecilia Fernández

¿Qué es conversar? -me parezco a la hija de Paola con sus preguntas legañosas de recién despertada; sólo que yo no tengo la taza de café con leche dejándome bigotes, sino un mate humeante de mitad de tarde soleada y no tengo a mi madre delante sino a mi sola imaginación jugando de contraparte, pensándote a vos, lector, leyendo estas líneas improvisadas. ¿Llegarás hasta el final de lo que escriba, que aún no existe para mí, pero para vos ya será materialidad neta? ¿Estarás de buen humor, o triste, o angustiado? ¿Qué punto de contacto encontrarás entre las huellas que pueda yo dejar en este texto y tu sentir? ¿Podrás conversar conmigo? ¿O el hecho de que no haya nada material de nuestro cuerpo encontrándose y percibiéndose por cada uno en este acto, lo hace un imposible? ¿No hay nada de nuestro cuerpo aquí y ahora? Aunque mi aquí y ahora difiera en el tiempo, de los tuyos. ¿No hay encuentro? Pero yo tengo la esperanza de que algo llegue y algo vuelva, y que los dos nos conmovamos un poquito. Escribo para que algo llegue, claro. Pero no me gusta escribir al vacío. Así que siempre espero que algo vuelva también, y que alguien, vos por ejemplo, un buen día me digas, “me pasó algo con esto que escribiste” y ese contacto pueda hacer que a mí también me pase algo a partir de ti, y quién sabe qué sismos se produzcan, el milagro de la vida a cada vuelta de la esquina.

Desde que principió este tema en nuestro horizonte, me lo vengo preguntando. ¿Qué es conversar como experiencia que deja marca? Ya en aquella reunión que mantuvimos las languelengues para dar algún cuerpo a este nuevo tema que iniciábamos, aparecieron los signos de interrogación. Y en patota. Por eso decidimos preguntarte a vos, nuestro deseado lector, en cuanto nos dimos cuenta de que cada una estaba pensando borrosos alcances diferentes y que no era tan fácil de delimitar el asunto, como podría esperarse.

Así es que le pedí a Elianna que buscara en su diccionario etimológico esta palabreja que hoy me pone acá a pensar. Resulta que viene del latín conversare , cuyos significados tienen que ver con hacer girar en todos los sentidos, dar vueltas repetidamente, presentar en distintas formas, cambiar. Como curiosidad, el sustantivo verso, pariente, en latín significaba: surco que da la vuelta, línea, hilera, línea de la escritura. También parece que conversar fue usada por primera vez en español en 1495 y se cree que proviene, por otra vía, del latín conversari “vivir, habitar en compañía”.

Tras toda esta pesquisa etimológica, la conversación se me dibuja –retomo a Mayra en su texto, a Pao, y a Eli en los suyos- como algo que sucede entre por lo menos dos (acompañándose), que hace girar los sentidos de cada uno, los mueve, los conmueve, los cambia, deja surcos que dan la vuelta, como un tirabuzón, y les permite descubrirse diferentes de lo que creían que eran. Habitar su cuerpo de nuevas formas.

¿Y esto de mí que aparece en este intercambio con fulano? ¿Esto era mío? ¿De dónde salió? ¿Qué tiene fulano que me produce esto? ¿Qué tengo yo, para que fulano tenga esto para mí, que me hace tener esto para fulano?

¿Cuántas veces te pasó de estar en compañía de alguien, y que de pronto ciertas emociones sin sentido afloraran, y te sintieras distinto y te saliera un tono de voz diferente del habitual, y un lenguaje extraño emergiera, y una conmoción hiciera acto de presencia, y no pudieras explicar nada de nada, testigo pasmado de algo que sucede en tu cuerpo, pero de lo que no podés dar cuenta, que habla sin que puedas decir “esta boca es mía”, y que sabés fue originado en algo del otro? Y no hablo sólo de conmociones agradables, ni grandilocuentes. Sentirte un tono de voz agudo espantoso, o una cadencia preciosa, escucharte decir algo y tras cartón sentirte un completo imbécil, o pensar ¿esto tan lindo lo dije yo?, llegar a reflexiones que nunca hubieras tenido sin el otro, o a gestos, o a acciones o a sentimientos. ¿Conversar es hacer lazo? (¿y a veces querer salir corriendo?)

¿Puedo decir que acabo de sostener una conversación, cuando en el encuentro con las palabras de alguien, con su cuerpo (el pulsional), percibo efectos de conmoción en mí? (Cuando digo, “su cuerpo” puede ser una sinédcoque de “su voz”, como cuando Cerdá nos cuenta de las conversaciones telefónicas que sostenía los domingos con su entrañable José Donoso. O puede serlo de su mirada, o de sus oídos, o de sus demás agujeros. O de su cuerpo todo. ¿Puede serlo de sus palabras escritas, las que salieron de la punta de sus dedos dirigidas a mí, cuando puedo restituirles la voz, los gestos, lo material del cuerpo del que provienen?)

Y, ¿tiene que ser recíproco? ¿El otro también tiene que haber sentido que algo le alteró el discurrir a partir del encuentro con mis palabras y mi cuerpo? ¿Tiene que darse esa simultaneidad? Ese plus del que hablaba Mayra en su artículo, ese lugar que no es exactamente de uno ni del otro, sino una zona “entre” ambos.

¿Y qué pasa si yo siento que conversé pero el otro no lo siente? ¿Estoy delirando, fantaseando, o es el otro el distraído que no se dio cuenta de eso que nació en nuestro entrecuerpo?

Extremando esa línea, para llegar a donde ahora me doy cuenta que también quiero, paseando un poco por los márgenes: ¿es indispensable que el otro me reconozca, para poder tener una conversación? ¿Me tiene que estar dirigida la palabra? A mí, con mi cuerpo, en singular.

Si no es indispensable, ¿puedo conversar con un texto? ¿Podés vos, en este rato que hace que estás leyendo estas palabras, haber conversado con el sujeto (o la sujeta) que ves emerger de este entramado, que te imaginás de alguna manera, vaya uno a saber cuál?

Como todo buen lector sabe, los textos son capaces de conmover. Pero ahora pienso que es una conmoción solitaria, cuando no soy reconocido en mi singularidad material, por el otro. No es una conmoción en compañía. Las palabras, por plenas que sean, no lo son todo. Tienen que traer cierta carne. Y si no estoy yo, o no estás vos, los yo y vos corporales, con sus historias y sus dolores, no hay milagro.

Si conversar es versar en compañía, hacer surco en el encuentro con la materialidad del otro, al que reconozco y me reconoce, podremos producir malas mímesis facebookeando todo el día, twitteando, teniendo charlas de ascensor aunque nos sentemos por horas frente a frente intercambiando palabras vacías, sin gracia, que no nos conmueven, o pasándonos la vida recluidos en el mundo inmaterial de los libros, las películas, la televisión, pero seguiremos solos en la madrugada, escapándole a la vida que está, además, ahí afuera, en el otro, en los otros, cuerpos latientes deseantes y temerosos del encuentro, como nosotros.

Entreveo que en este texto, contradictorio e inseguro, se entremezclan las voces de mis languelengueras, a partir de sus respectivos textos. ¿Será que acaso estuvimos conversando? Les escucho la voz, mientras las leo. Y siguen apareciendo los signos de interrogación por todas partes. Y releo mi texto, y pienso que debería reescribir tal pasaje, porque se contradice con tal otro -creo haber descubierto que para conversar hacen falta por lo menos dos-, y decido no hacerlo, como en una buena conversación que pega la vuelta. Y  dije "como". 

Para terminar (la tarde se hizo noche, y de mi mate ya no queda más que yerba lavada) quisiera acompañarme del imperdible monólogo final de esta famosa película protagonizada por José Sacristán, que dejó marca afectiva en mi joven cuerpito infantil de aquel entonces. Conversemos más, salgamos a la vida con el otro. No estemos tan solos en la madrugada.




Conversaciones sobre capas de lasagna

      por Elianna Pascual

 “Hablar es entrar en relación dialógica con esos discursos ajenos que habitan las palabras y es en ese proceso –que escucha y acoge, con o sin reticencia, cada palabra en función de lo que resuena en ella de voces extranjeras– que el discurso toma cuerpo." J. AUTHIER-REVOUZ



La comunicación existe cuando hay producción de significados entre los interlocutores; en tal sentido la conversación es, quizás, la manera más antigua y legítima de fundar cada vez este encuentro, esta creación intelectual.
Nos apropiamos de palabras, de enunciados enteros, los procesamos con nuestro pensamiento y los relanzamos al mundo; y ese acto nos pone nuevamente en el lugar de emisores: somos emisores y receptores de mensajes que permanentemente se entrecruzan, se encuentran o se desencuentran, se enamoran, se reproducen, se olvidan, se retoman, se mejoran, se cambian, se distancian y se acercan con otros enunciados, en una marea dialéctica que puede llegar a no tener fronteras espaciales ni temporales.

En un fragmento de su artículo sobre la conversación, Mayra se refiere a las palabras que dejamos ir al pronunciar y ser escuchadas transformándose en ajenas. Esta idea disparó en mí algunas reflexiones y me llevó a releer un artículo de Jacqueline Authier–Revouz, La representación del discurso ajeno: un campo múltiplemente heterogéneo, traducido al español por Alma Bolón, que a su vez dialoga con textos de Bajtín y Benveniste, entre otros. Si bien el artículo de Authier–Revouz no refiere estrictamente al plano de la conversación, creo interesante tomar sus apreciaciones acerca de la enunciación puesto que le dan contenido, organización y sabores diversos a los campos del discurso.
El lenguaje humano tiene una doble posibilidad: referir al mundo o referir a sí mismo. Cuando refiere a sí mismo decimos que es autorreflexivo.
Bajtín dice que en todo enunciado aparecen –necesariamente– ecos de otros enunciados: “Todo enunciado “dialoga”, por encima del tiempo y del espacio, con otros enunciados.” En este sentido, podemos decir que, más allá de si el discurso es ajeno o no, el discurso siempre es referido porque representa un discurso previo.
El campo del discurso es, según Bajtín, heterogéneo e inabarcable. A medida que el discurso es proferido en una conversación, pienso que estas características se multiplican diametralmente.

Intentaré ahora transmitirles una imagen tomada, claro está, de discursos ajenos. Me imagino que las palabras son a la conversación lo que las filloas a la lasagna: le dan al alimento la posibilidad de que un potencial engrudo de carne o verduras y salsa blanca se transforme en una interesante variación culinaria. Particularmente, nunca he cocinado ni tampoco probado dos lasagnas exactamente iguales… ¿Será por esto que decimos, que tan bien dice Mayra, de la combinación de palabras y de oradores, únicas y únicos y con posibilidades infinitas, cada vez? (Me pregunto, así conversando, si quienes leen esto ahora tendrán luego ganas de contarme la comparación que se les ocurra a propósito del vínculo entre las palabras y la conversación...)

Ocurre una manera de conversación exquisita cuando dialogamos con un buen texto. A Mayra le debo las preguntas que se propiciaron en mí mientras leía su artículo. Y también le debo la posibilidad de haber interactuado, hace pocos meses, con el texto de Carlos Cerdá dedicado a José Donoso. A su vez, leer el artículo de Cerdá me llenó de ganas de escribir sobre mi querida amiga Karina Pizzorno. Cuando uno pierde a un interlocutor que también es un amigo entrañable, el duelo no sólo es uno ni doble, sino además –justo al revés de lo que ocurre con el discurso cuando nos comunicamos– múltiple e inabarcable. “Cada conversación es única", dice Cerdá, y yo no hago más que evocar aquellas profusas conversaciones sobre literatura con Karina, y después pensar en la memoria, en la importancia subjetiva del recordar empecinadamente a los que ya no están para que de alguna manera sigan viviendo, en la nostalgia adelantada por las conversaciones que ya no serán...
(¿Serán significativos de aquella intensa amistad los magros recuerdos que esta perfectible memoria pueda conservar? Y los que se pierdan, ¿parte de qué serán? ¿En qué lugar quedan las conversaciones que ya no tendremos, los significados que ya no se podrán producir, aquellos discursos ajenos que ya no tendremos oportunidad de apropiarnos y hacer dialogar hasta generar nuevos e irrepetibles infinitos?)

La conversación es, cual capas de la lasagna, un espacio donde el lenguaje muestra una diversidad de ingredientes provenientes de distintos lugares y cocinados en otros tiempos, sin la presencia de cada uno de los cuales el alimento no sería tal; estrechos lazos que dan al mejunje de los enunciados la posibilidad de una inteligibilidad y una construcción de significados nuevos.
Sin Karina, aquellos ricos entretejidos se han quedado detenidos en la memoria. Dedico a ella esta breve y desordenada disertación que busca conversar con los amigos preexistentes, los existentes y también, ojalá, con los próximos.

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